A unas horas de que se juegue la final del Mundial 2026 con España como máxima protagonista, creo que no seré el único que tiene sentimientos enfrentados. Los medios de comunicación, las redes sociales, las banderas, las camisetas de la selección parecen unánimes. Nos inundan de sentimientos patrios de unidad y orgullo en busca de un objetivo común, volver a ser campeones del mundo, sumar una estrella a nuestra equipación, certificar lo que ya hicieron nuestros compatriotas en otros muchos deportes y gestas históricas que han llevado nuestra bandera a lo más alto de los podios.

Pero al mismo tiempo soy incapaz de deshacerme de un sentimiento amargo que acompaña este anhelo, la desunión en todo lo demás. España está unida en lo deportivo pero está absolutamente rota, partida en dos, por la política como hemos observado antes de este fin de semana. Casos de corrupción en el entorno y el partido del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, graves ataques a las instituciones que han formado parte de los consensos esenciales de nuestra sociedad, entre otras a la judicatura y ahora a la Guardia Civil. Polarización y más polarización.

Quizás está bien que durante algunos días, al menos, podamos olvidarnos de todo lo que no sea fútbol. Pero con la resaca, el día después -sea cual sea el resultado-, volveremos a la realidad y a estar enfrentados todos y por todo. Llevamos dos décadas distanciándonos unos de otros, volviendo a aquellas "dos Españas" malditas de las que hablaba Machado y que terminaron como terminaron y solo un esfuerzo por parte de todos, quizás de otras dos décadas o más, consiga devolvernos esa unidad que forjamos definitivamente después del intento de Golpe de Estado de 1981 y que duró hasta inicios de este milenio.

Será un empeño vano mientras que algunos se beneficien de nuestra desunión, lo sé. Algunos se congratulan tanto en que seamos "tan diversos" que se olvidan de todo aquello que nos une. Podemos ser diversos y semejantes al mismo tiempo. Compartimos una historia, instituciones, valores y cultura común, pese a nuestras diferencias. No solo territoriales, sino también políticas, religiosas o sociales. ¿Es posible creer en una "ética común" que nos salve de nosotros mismos?

La editorial Ariel ha publicado este año La vacuna contra las adicciones. Inmunología mental para una especie vulnerable, del filósofo José Antonio Marina, uno de nuestros pensadores más ilustres. Es una segunda parte del magnífico ensayo La vacuna contra la insensatez, que centrado en la propensión humana a perder su libertad y voluntad a través de sustancias que alteran nuestro ánimo ( o incluso otras realidades como el sexo o las redes sociales), indaga sobre las "chapuzas evolutivas" de nuestros procesos mentales a la hora de solucionar los problemas que se nos plantean.

El caso es que al final del ensayo Marina extrapola esas "chapuzas mentales" individuales propias de nuestra especie a los problemas con los que se enfrentan las sociedades. Y la nuestra, la española (supongo que no será la única), queda claramente reflejada en varios síntomas: devaluación de la verdad, equiparación de todas las culturas, glorificación de la opinión personal y la imposibilidad de ponernos de acuerdo.

Marina apela a buscar "modelos éticos compartidos" en los ocho problemas fundamentales a los que se enfrentan las sociedades: el valor de la vida humana; la relación entre individuo y sociedad; el poder, su titularidad y sus límites, los bienes, la propiedad y su distribución; el sexo, la procreación y la familia, el trato a los indefensos; el trato a los extranjeros; y la relación con la muerte. ¿No estaría bien empezar a trabajar en esos modelos éticos compartidos antes de que todo se vaya definitivamente al garete?