Con todo lo que está sucediendo en la política nacional, como la imputación de la directora de la Guardia Civil o el DAO, supuestamente por entorpecer las investigaciones del propio cuerpo sobre los casos de corrupción en el seno del PSOE, no deja de sorprenderme la actitud de buena parte de la sociedad española que se empeña en sostener a un gobierno que se ha demostrado perjudicial para los intereses de todos, incluso para ellos mismos.

Muchas de las conversaciones que he mantenido en la última semana muestran el mismo patrón. Quienes desde la izquierda se empeñan en defender a los que consideran suyos (y digo consideran porque efectivamente los supuestos corruptos del Gobierno de Pedro Sánchez no han pensado en sus votantes, sino en sus propios intereses) y atacar a la única alternativa viable para devolver la dignidad a las altas instituciones del Estado.

La opción lógica, sobre todo si eres de izquierdas (como se ha concebido la izquierda históricamente, beligerante contra las desigualdades y la injusticia), sería arremeter contra quienes están manchando su ideología y sus valores. Sin embargo, la mayor parte de los militantes de partidos de izquierdas con los que coincido, o minusvaloran los supuestos casos de corrupción del Gobierno de Pedro Sánchez, o se agarran al clavo ardiendo de que la alternativa sería peor. De hecho, he tenido que escuchar varias veces la frase: "Si todos roban, al menos que roben los míos". Un pensamiento repugnante basado en una idea: la tribu.

¿Cuándo y por qué hemos llegado a esta situación? En 2011, cuando el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se mostró incapaz de gestionar la peor de las crisis económicas que hemos vivido en las últimas décadas, el votante de izquierdas se abstuvo para que llegase Mariano Rajoy a la Moncloa y empezase durísimas políticas económicas que con mucho sacrificio y víctimas colaterales comenzaron a levantar económicamente el país. Yo mismo he cambiado mi voto muchas veces ante lo que consideraba la mejor alternativa posible para gobernar la ciudad, la provincia, la comunidad o la nación. Es lo lógico.

Esta misma semana he terminado de leer La respuesta, del paleontólogo Juan Luis Arsuaga (Destino, 2026). Un recorrido por la evolución humana que incluye las últimas investigaciones y plantea más hipótesis que certezas sobre el recorrido que ha sufrido nuestra especie desde ser un pequeño primate indefenso a convertirnos en lo que somos hoy en día.

Arsuaga se define a sí mismo, literariamente, como "el viejo de la tribu". Y es precisamente ese concepto el que recorre el libro de modo subyacente cuando habla del tamaño de los cerebros, de los dedos prensiles o de la estatura y los genes. "La tribu" como advertencia, como aviso a navegantes sobre lo que posiblemente sea la peor de las invenciones humanas por las consecuencias que ha entrañado y entraña para nuestra especie.

Si nos referimos a los animales más parecidos a nuestros antecesores socialmente, los chimpancés, sostiene el autor, es curioso cómo surge el término comunidad. Un conjunto de individuos que se dividen en grupos que pueden vivir juntos sin agotar los recursos de la misma zona. La comunidad tiene alrededor de 35 individuos para que pueda ser sostenible. Y conforme se amplía, ha de ampliarse su hábitat y dividirse en nuevos grupos. Así es como el Homo sapiens emigró y terminó ocupando todo el planeta, en círculos concéntricos de comunidades.

Debemos extraer una enseñanza de lo que nos dice la ciencia. La miopía de "los míos frente a los otros" solo ha provocado guerras entre grupos humanos (políticas, religiosas, por raza, por territorios o por recursos). La cooperación y la diversidad (en este caso genética) es lo que ha permitido que como especie hayamos podido sobrevivir durante miles de años. Y con ellas, la razón, la lógica, desentrañar cuál es el camino hacia el bien común. Es hora de que dejemos de defender a los "nuestros" y atacar a los "otros".

Apliquémoslo a todo. Ya sea en geopolítica o incluso a escala nacional, autonómica o local. Si alguien hace algo mal y hay una alternativa mejor pongámonos las gafas de lejos y dejemos de mirarnos el ombligo.

"La muerte violenta está asociada, sobre todo, a una característica del ser humano que ha aparecido, creo yo, por evolución: el tribalismo", sostiene el investigador de Atapuerca. Y más adelante explica los comportamientos caníbales de la Gran Dolina, para asegurar: "Siempre hay guerras desde que existen tribus". Para concluir: "pienso que el tribalismo podría dejar de ser una amenaza, la peor amenaza, y la diversidad cultural de la especie podría convertirse en un patrimonio común". Así pues, pensemos en conjunto, aunque tengamos pocas esperanzas en que suceda.