El periodista y escritor alicantino, Mariano Sánchez Soler, sobre la imagen más icónica del 23-F.

El periodista y escritor alicantino, Mariano Sánchez Soler, sobre la imagen más icónica del 23-F.

Alicante

Sánchez Soler: "En España los papeles desaparecen; banalizar el 23-F es olvidar que pudo cambiar la historia"

Sánchez Soler recuerda el ruido de sables posterior al 23-F, la “brigada anti-golpe” del primer Gobierno socialista y la violencia que sufrió la calle mientras los despachos negociaban la salida a la crisis.

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Mariano Sánchez Soler, periodista y escritor alicantino (Alicante, 1954), fue uno de los reporteros que se jugó el tipo en la Transición siguiendo de cerca las cloacas políticas y policiales del Estado, primero en el Grupo Z y después en la revista Tiempo, donde dirigió el equipo de investigación y se especializó en el legado franquista, la extrema derecha y las tramas militares y de inteligencia que marcaron el 23-F y los años posteriores.

Las investigaciones del ahora novelista del género "negro" sobre el golpismo, la trama civil y el ruido de sables de los años ochenta le convirtieron en una de las voces más incómodas y documentadas sobre la cara oscura de la democracia naciente.

La desclasificación de los documentos del 23-F le ha pillado ya jubilado y sin grandes expectativas. Celebra que los historiadores ganen en detalle, pero advierte de que los papeles llegan tarde, incompletos y sin capacidad para despejar las grandes incógnitas sobre el papel de la Casa Real, el CESID y la trama civil del golpe.

“Está muy bien para los historiadores porque así entras en detalles, pero yo no esperaba nada, no profundiza más”, resume Sánchez Soler sobre unos documentos que, a su juicio, confirman más bien la falta de archivos decisivos y el carácter estructural del ocultamiento en los servicios de inteligencia y el Ejército.

Sánchez Soler ha recibido la noticia de la desclasificación con una mezcla de escepticismo y fatiga histórica. “Yo no tenía ninguna esperanza previa aunque se encontraran papeles que realmente resolvieran las grandes preguntas del tema”, admite, y lo justifica en una constatación que arrastra desde los ochenta: “Este es un país donde los papeles desaparecen, donde los archivos se borran. Cuando cambia de gobierno, cambia quien manda”.

Los nuevos documentos, que el Gobierno ha puesto a disposición del público en la web de Moncloa tras desclasificar 153 unidades documentales sobre el intento de golpe, sirven, según él, para afinar el relato, pero no para reescribirlo. “Hombre, está muy bien saber todo lo del Consejo de Guerra, tener esas transcripciones que estaban en secreto y muchos detalles que valen la pena”, concede, pero subraya que lo que sale ahora al BOE llega desde un CESID que “estaba perdido en el golpe” y que jamás iba a desvelar más de lo que le convenía.

El CESID dentro del golpe

La publicación de informes que admiten la implicación de seis agentes del servicio secreto en la trama del 23-F confirma, en parte, la imagen que Sánchez Soler ya manejó en sus investigaciones periodísticas. “Había seis agentes del CESID entre los militares golpistas”, recuerda, citando al general San Martín y al coronel José Luis Cortina como ejemplo de esa frontera difusa entre el Estado y la conspiración. “El CESID no participó, claro que no. Participaron agentes del CESID. Aquí es como se dice, el ejército no participó. Bueno, pero era el capitán general el que sacaba los tanques”, ironiza sobre las coartadas institucionales.

La nueva documentación del servicio secreto, que reconoce que una parte de la unidad conocía el golpe con antelación o preparó apoyos operativos y luego trató de encubrir su participación, encaja con esa visión de unas cloacas donde la obediencia corporativa pesa más que la transparencia. “Tú le estás pidiendo a alguien que está implicado por la carrera militar, por la propia organización interna del ejército, que sean ellos los que te cuenten la verdad. Es una contradicción absoluta”, zanja.

Dos golpes en uno y la sombra del Rey

Para Sánchez Soler, la clave del 23-F nunca estuvo solo en el hemiciclo tomado por Tejero, sino en la pugna entre dos golpes que se cruzan en la misma noche. “Aquí se conjugaron dos golpes”, explica. “El de Armada, ese gobierno de concentración con un militar como presidente y la colaboración de todos los partidos, y el golpe duro que realmente quería Tejero”.

El príncipe Juan Carlos de Borbón fuma un cigarrillo acompañado de algunos de sus profesores. De izquierda a derecha: el comandante de Caballería Nicolás Cotoner; el de Infantería, Marqués de Valenzuela y el de Artillería, Alfonso Armada. EFE

El príncipe Juan Carlos de Borbón fuma un cigarrillo acompañado de algunos de sus profesores. De izquierda a derecha: el comandante de Caballería Nicolás Cotoner; el de Infantería, Marqués de Valenzuela y el de Artillería, Alfonso Armada. EFE

La tesis oficial que consagra al rey como salvador de la democracia le parece como mínimo incompleta. “Hay indicios por todos lados, declaraciones y datos que dicen que se sospecha que el rey alentó el golpe antes de que se produjera, lo alentó con reuniones con Milans del Bosch, con reuniones con militares”, apunta, recordando que el general valenciano era considerado “el más monárquico de todos los capitanes generales”. “La sospecha es que antes de que se diera el golpe, él lo alentó y luego cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando lo paró”, resume.

En ese contexto, la narrativa que repite que “el rey fue el que salvó a España del golpe” le parece más un relato político que una conclusión probada. “Una tesis es una hipótesis, habría que demostrarlo”, insiste, y recalca que los protagonistas clave “no han hablado claro nunca y se han llevado a la tumba su secreto”, lo que limita la capacidad de cualquier desclasificación para cerrar el caso.

Mientras el Gobierno defiende la desclasificación como un antídoto contra bulos, conspiraciones y la idealización del franquismo entre los jóvenes, Sánchez Soler recuerda que hay un agujero negro que ni los papeles recién publicados parecen cubrir: la trama civil. “No se ha explicado la trama civil”, denuncia. “Solo se ha procesado y condenado a los que fueron directamente autores del golpe, que estaban ahí hasta con fotos. García Carrés es el único que aparece ahí, pero había trama civil, había grupos preparados para hacer una limpia selectiva”.

Su experiencia en las redacciones de Madrid le permitió seguir de cerca ese otro subsuelo del 23-F, donde se cruzaban militares, empresarios y políticos de distinto signo. “Es que había un plan donde se ha llegado a escribir que alguien como Ramón Tamames, entonces miembro del Partido Comunista, estaba relacionado; Enrique Múgica, del Partido Socialista, estaba directamente relacionado con ese plan”, señala, aludiendo al llamado “gobierno de concentración” de Armada como un choque de trenes entre el golpismo duro y una solución de despacho bendecida en nombre del rey.

Investigaciones anteriores

Cuando Sánchez Soler se lanzó a investigar el 23-F ya había terminado la Transición, pero el acceso a documentación era escaso y condicionado. “Documentos, documentos, no había. Eran más denuncias de implicados y contradicciones en las versiones”, recuerda sobre su trabajo como reportero en el Grupo Z, El Periódico de Catalunya, Interviú y, más tarde, en Tiempo. Filtraciones de militares como Sánchez Valiente, papeles tangenciales y el malestar interno en los cuarteles marcaron el paisaje de unas pesquisas que apenas rozaban lo que realmente investigaba el CESID.

“Se investigaba, pero se investigaba de esa manera, con documentos tangenciales, con denuncias de algunos personajes que habían estado involucrados, algún papel que otro que aparecía, pero de ahí a lo que realmente investigaba el CESID… vamos, eso no”, admite. La ilusión con la que muchos esperaban que los papeles desclasificados dijeran “quién era cada cual, hasta dónde llegaba la responsabilidad de cada cual” choca, a su juicio, con la lógica de unos servicios que han protegido siempre su propio relato.

El ruido de sables que no terminó el 23-F

El 23-F no fue un episodio aislado, sino el momento más visible de un ruido de sables que arrancó antes y se prolongó después en forma de conspiraciones militares frustradas. “El ruido de sables estaba antes del golpe y siguió después”, subraya. Recuerda el llamado golpe del 27-O, que se fraguaba en víspera electoral ante la perspectiva de una victoria socialista, y la conocida como “operación de los coroneles”.

Para contener ese golpismo de baja intensidad, el primer Gobierno del PSOE creó una unidad policial específica. “El Gobierno socialista creó una brigada, con un comisario afín ideológicamente al Partido Socialista y un grupo de policías afines al Gobierno, y fueron los que fueron desmontando todas las tramas civiles y todas las tramas militares que estaban fraguándose durante esos años”, rememora, citando la popular “brigada anti-golpe” dirigida por Mariano Bani Andrés y después por otro comisario cuyo nombre admite haber olvidado. Esa labor, discreta y poco documentada, forma parte de la cara menos conocida de la consolidación democrática.

Imagen del golpe de Estado del 23F.

Imagen del golpe de Estado del 23F.

Más allá de las conspiraciones de despacho, la memoria que arrastra Sánchez Soler de aquellos años es la de una transición atravesada por la violencia: ETA, la extrema derecha, la represión policial y el miedo a una nueva guerra civil. “Parece que todo fue una obra de ingeniería selecta en grandes despachos de grandes hombres muy visionarios, pero luego los muertos los pusieron la juventud y la violencia la sufrieron los sectores más populares”, recuerda.

Evoca la noche del 23-F en Madrid como una experiencia física del miedo colectivo. “La ciudad se apagó”, dice. “O una guerra civil o una masacre selectiva como en Chile, eso es lo que se temía el 80% de la población”. Para explicar la dialéctica entre golpismo y terrorismo cita una fábula que leyó en un artículo de Vázquez Montalbán: “El león es el golpismo, la pulga es el terrorismo. El león de un zarpazo vierte toda la sangre; la pulga te la chupa gota a gota”.

Los nuevos papeles

La guía oficial y las primeras lecturas académicas coinciden en que los documentos no aportan revelaciones espectaculares, sino matices, transcripciones y detalles que ayudan a reconstruir el minuto a minuto del golpe, el papel del CESID y las amenazas al rey, así como órdenes dadas en el asalto a TVE. Sánchez Soler se sitúa en esa misma línea prudente. “Para los historiadores está bien lo que se ha hecho porque por lo menos se constatan dos cosas: una, la falta de documentos decisivos realmente; y luego que los detalles son muy importantes para reconstruir un hecho histórico”, afirma.

Alaba trabajos previos, como el documental de la serie Crónica de una generación de Pedro J. Ramírez, que ya utilizó en su día grabaciones directas de García Carrés con Tejero y Pardo Zancada para reconstruir los ritmos del golpe. “Muchos de esos materiales ya se conocían”, insiste, y pone como ejemplo que lo que hoy se revela sobre la implicación de agentes del CESID estaba, en parte, anunciado por investigaciones periodísticas y libros de los ochenta. Le preocupa, eso sí, que se banalice el 23-F como una “astracanada” o una “reunión de chapuzas”: “Me parece banalizar un acontecimiento que pudo cambiar la historia de este país. De hecho la cambió”, advierte.

Alejado ya de las redacciones, Sánchez Soler afronta la jubilación sin renunciar del todo a la escritura ni a la memoria incómoda. “Ahora estoy con una novela”, cuenta. “Después de publicar mis libros sobre las víctimas de la Transición y sobre Franco, me apetece una novela. Tengo un concepto y un esquema pequeñito para arrancar, pero estoy en ello”.

Completa su agenda con charlas, cursos y encuentros sobre novela negra y periodismo de investigación, un ámbito en el que sigue vinculado a la Universidad de Alicante y al festival Mayo Negro. “Yo era un aguerrido periodista en esa época, joven, aguerrido periodista”, bromea. “Luego ya nos vamos cansando… empiezan las lumbares a decir que uf, esto duele”, concede con ironía, antes de recordar que la calle “sufrió” una violencia que los papeles oficiales todavía no han terminado de contar.