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Entre los nómadas del valle de Orkhon

Hay lugares que sólo se parecen a sí mismos, como este valle Patrimonio de la Humanidad donde se preserva la forma de vida de los nómadas.

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La ecuación inquieta: un territorio que triplica el tamaño de España, emparedado entre vecinos tan peliagudos como Rusia y China y poblado por tres millones de almas de los cuales un tercio se hacina en la capital y otro sigue siendo nómada. Hay tantos caballos como humanos y la ley les garantiza a unos y otros el uso de sus infinitas praderas.

Mongolia sólo se parece a sí misma

En este descomunal “vacío” en el mapa de Asia Central la globalización, lejos de unificar, parece haber cobrado vida propia. Si al calor del boom del cobre hoy coexisten en Ulan Bator karaokes y centrales térmicas de aire apocalíptico, rascacielos y barriadas de gers –las tiendas blancas y circulares que de siempre han servido de morada en las estepas–, fuera de la capital se preserva una forma de vida aún más singular. Sobre todo en su Valle de Orkhon, el escenario donde Gengis Kan armara uno de los imperios más temibles de la historia, Patrimonio de la Humanidad por conservar como ningún otro la tradición de los nómadas mongoles.

Desde Ulan Bator podrá conducirse durante horas sin cruzarse con otro coche y sin que asome un solo asentamiento. Muy de vez en cuando, entre una vastedad y un silencio que no parecen de este mundo, afinando bien la vista logrará distinguirse a los pies de las colinas un manojo de gers bien agarrado a la tierra para no salir por los aires de un golpe de viento. Siempre cerca, los rebaños de cabras, ovejas, caballos y yaks de los que siguen viviendo estas gentes de piel curtida como el cuero. Con cada estación, sin rechistar, levantarán el campamento en busca de nuevos pastos con sus enseres a cuestas.

Entonces las yurtas o gers, donde sin pared ni intimidad alguna convive toda la familia alrededor de una estufa, se desmontan en un abrir de ojos. Dentro de estas tiendas desperdigadas en mitad de la nada resisten tanto a los cuarenta grados del verano como a los cuarenta bajo cero de sus meses más heladores. Poco ha cambiado en siglos para estos nómadas salvo que ahora, además de a caballo, también puede vérseles pastoreando a lomos de una moto. O porque algunos gastan móvil y a veces una placa solar les surte de electricidad, permitiéndoles el lujo de hipnotizarse frente a la pantalla mientras a la noche apuran sus tazones de leche fermentada ante el culebrón coreano que pasan por televisión.

El territorio nómada del Gran Kan

Mantener este estilo de vida por estos parajes de aislamiento casi total y clima extremo se diría una temeridad. Tras la caída de la Unión Soviética, en la que fueron obligados a sedentarizarse, muchos regresaron a los espacios libres de sus ancestros, aunque la bonanza de las últimas décadas vuelve a atraerlos a la gran ciudad. Con los que resisten por las estepas no es fácil comunicarse, a menos que se hable ruso o mongol. Habrá pues que echar mano del lenguaje no verbal, mientras ellos lo harán de las galletas de yogur de yak con las que agasajan a los pocos extranjeros que se llegan hasta tan lejos.

Una lástima no poder preguntarles por los dioses que habitan cada cima y a los que les piden lluvia en verano y un invierno clemente; por las fechas propicias para sus rituales o, también, por esa costumbre tan chocante de pitar tres veces cada vez que se pasa delante de un ovoo, los templetes de piedras y telas azules que se yerguen en cada cruce de caminos para calmar a los espíritus. Lo suyo sería detenerse a honrarlo dándole tres vueltas en sentido del reloj pero, si no hay tiempo, aseguran que uno queda cumplido saludándolo con el cláxon. Se ve que las prisas también apremian en estos horizontes diáfanos por los que avanzar hasta Karakorum, la capital donde el hoy de nuevo venerado Gengis Kan levantara la capital de su imperio. Ya no es sombra de lo que fue. Pero alcanzarla a través de unos paisajes en cinemascope por los que van trenzándose desnudas praderas y cumbres nevadas con templos budistas y dunas, hace que el camino sólo pueda paladearse con emoción y respeto.

Guía práctica

Cómo llegar

A partir de unos 650 € ida y vuelta puede volarse con Turkish Airlines desde varios aeropuertos de España, vía Estambul, a Ulan Bator. La especialista en rutas de aventura Tuareg propone distintos recorridos por el país: a la medida, a bordo del Transmongoliano o el Transiberiano, así como varias salidas en grupos pequeños durante el verano de entre 15 y 19 días, desde 2.650 € incluyendo el vuelo. La del 8 de julio coincide con el Naadam, el festival más importante en el que se exhiben tradiciones de Mongolia como las carreras de caballos o la lucha.

Visado

Además del pasaporte con validez mínima de seis meses, habrá que tramitarse con la suficiente antelación el visado desde el Consulado en España.

Mejor época

Fuera de los meses que van de mayo a octubre resulta muy complicado viajar. Incluso en pleno verano habrá que llevar buena equipación de invierno. Los nómadas aseguran que en Mongolia pueden vivirse las cuatro estaciones en un solo día, y realmente lo hace.

Idioma

El mongol, que desde los tiempos soviéticos se escribe con caracteres cirílicos para complicar aún más la cosa. El inglés será de ayuda sólo en ciertos entornos turísticos.

Alojamiento

Salvo en la capital y un puñado de lodges de lujo esparcidos por el país, los servicios son básicos y escasos. Por las estepas el alojamiento habitual son los campamentos de yurtas o gers, con camas dentro de las tiendas, una estufa de leña por toda calefacción, aseos comunitarios y un restaurante donde se hacen todas las comidas, pues puede que no haya muchas más opciones en muchísimos kilómetros a la redonda.

Más información

Turismo de Mongolia, con direcciones, consejos y muy buena información –en inglés– para programar el viaje.