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Serafín Marín, el último matador catalán: “Deben ir a la cárcel los que se nieguen a cumplir la sentencia del TC”

El torero catalán describe su frustración por la actitud de los políticos y cómo han sido los seis años que han pasado desde la prohibición hasta la declaración de inconstitucionalidad.

El torero Serafín Marín sale a hombros por la Puerta Grande de Barcelona en 2011.

El torero Serafín Marín sale a hombros por la Puerta Grande de Barcelona en 2011. EFE

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“Soy el único matador de toros catalán que queda en activo”, resuella Serafín Marín. Esa frase es un socavón de años. El exilio lo ha dejado exhausto. Hace un lustro, cuando se arrastraba plácidamente la muerte del último toro que pisó Barcelona, convertida en ese instante en una ciudad callada, de ecos, él también tuvo que arrastrarse. “Para ejercer mi profesión, entrenar y todo, me he tenido que ir fuera. Tuve que trasladarme a vivir a Sevilla”. Dice que cuando volvía a casa entre todos juntaban las manos para no quedarse a oscuras. “En Barcelona, las veces que he vuelto, me refugiaba, y lo hago todavía, en mi gente, en algunos aficionados. Hablamos de toros. Las peñas taurinas, las federaciones, en todo este tiempo, no han dejado de hacer actos: se ha mantenido la llama viva”, explica como desde las catacumbas. La Barcelona underground huele a toro. Siempre con el aliento pegado a la nuca. “Lo tienen todo muy estudiado”, dice de los radicales antitoro. “Nunca han respetado. Han intentado boicotear todos los eventos. Y nadie hace nada. Luego si alzas la voz eres un violento. Un asco”, describe el ostracismo, la vida bajo el puente de una profesión legal. “En ese tiempo intentas buscar otras cosas, ver un poco más allá”. Imposible.

La palabra tiempo se repite como un trauma. El descuento acumulado desde 2010, cuando el parlamento catalán decidió prohibir las corridas de toros, norma que se hizo efectiva un año después, pesa. Los días, los meses y los años, segundo a segundo, como toneladas. “El debate en el Parlament lo recuerdo muy triste, amargo. Fue duro. Muy desagradable”, regurgita aquello. En el imaginario colectivo de la afición queda su cara tapada en la tribuna de invitados al bajar la guillotina. “De impotencia. Ves que por un grupo parlamentario se va todo al garete. Tu carrera. ¡Deciden por ti!”. Un frenazo de vida. “Las tres o cuatro tardes que toreaba en Barcelona me servían a lo mejor para hacer 15 o 16 corridas de toros fuera”. Este año ha toreado una en España. El resto lo ha repartido entre Perú y algunos festivales, festejos menores. ¿Va a reclamar a la Generalitat? “No creo. Lo mismo mañana me levanto y lo hago. Pero por ahora no lo tengo pensado”.

En estos seis años, Barcelona se ha quedado hueca. “De matadores en activo”, aclara, “quedo sólo yo. Luego hay algunos novilleros con caballos, otros becerristas y cinco o seis banderilleros”. “En realidad está bien para una ciudad que no tiene toros. Hay chavales con cualidades”. El saldo de la profesión se reúne lejos de los centros taurinos que convirtieron a Barcelona en el otro Madrid, si se habla de toros. “Hace diez o doce años se juntaban en Montjuic. Ahora lo hacemos en un frontón abandonado en mi pueblo. Nos subimos y entrenamos”, baja un poco la voz, por defecto.

“Todo eso es el resultado de una persecución contra el aficionado taurino que comienza desde la restauración de la democracia”. Habla Paco March, presidente de la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña, formada por un puñado de 15 asociaciones. El rescoldo de la afición. “Cada vez ha ido a peor. Hemos sido señalados y perseguidos con el discurso habitual de sanguinarios y torturadores al que hay que sumar aquí lo de fascistas y españolistas. Han creado la tormenta perfecta con el único fin de que te sientas incómodo en tu casa”, reflexiona. No ayudó tampoco la gestión de la Monumental durante los últimos años, desinflada como plaza de temporada, abarrotada y arrebatada en momentos puntuales, siempre en torno a la figura de José Tomás. “Es evidente. Ya pagábamos las consecuencias de esta manipulación. El cierre de las plazas portátiles, el silencio, las trabas, todo. Se fue creando un clima de desafección social. A muchos se les negó la emoción de una plaza de toros”.

Ahora, el Tribunal Constitucional, este jueves, ha anulado la prohibición, esa mochila de complejos. “Es una alegría. Hemos esperado mucho. La justicia nos devuelve lo que la democracia parlamentaria nos quitó”, afirma March. “Ya era hora de que la sacaran del cajón. Han esperado demasiado”, dice Marín. “El futuro es una mezcla de esperanza y escepticismo”. Desde Cataluña ya se han pronunciado: no importa lo que diga el intérprete último de la Constitución. “Bueno, no ha habido nada que nos haya sorprendido. Es su táctica habitual”, se resigna el portavoz de la afición catalana. “El TC sirve para unas cosas y para otras no. Además con el tema de los toros hay una especial virulencia. Es desagradable toda esa prepotencia. Fastidia mucho. Hablan de democracia y se dedican a cargársela”, crítica el aficionado y periodista.

“La verdad es que no lo entiendo”, salta Serafín Marín. “Cómo van a ir en contra de una decisión así. Deben ir a la cárcel”, lanza. “El Gobierno central debe actuar para que se acaten las sentencias. Es increíble que no tenga consecuencias”. La decisión del Constitucional la ha cogido con ganas. “Estoy contento y emocionado. Es un paso muy importante a nivel nacional”. Paco March se detiene en la ironía. “Cataluña ha servido para que los toros se blinden con esta decisión en el resto de España. Sienta jurisprudencia”.

Desde la Federación se recuerda el esfuerzo por lanzar la Iniciativa Legislativa Popular para proteger la tauromaquia justo después de la abolición. “Se ha quedado mucha gente en el camino. Esto va por ellos. Por nuestro añorado José María Gibert, que recogió aquí en Cataluña 180.000 firmas de las 600.000 recolectadas a nivel nacional. Brindo por ellos. Esta lucha va por ellos, por los que no verán más toros en la Monumental. Ojalá nos podamos reencontrar otros allí”. “Eso fue el símbolo de nuestra protesta, como las firmas recogidas y entregadas por la Fundación, otras 20.000, hace unas semanas”.

La pregunta termina por posarse: ¿volverá a haber toros en Barcelona? “No sé si los habrá de manera inmediata. Aquí nunca hubo corridas en el mes de octubre. Todo puede ser”, se relaja Serafín. “No he hablado con el propietario, pero sí con el empresario, Matilla, y tiene intención de dar toros. Esa es la intención. A ver qué ocurre”. “El jueves fue el primer gran día de esta labor de resistencia”, insiste March, “que luego tenga una transcendencia efectiva, es distinto”, resuelve pragmático. “Parece ser que hay voluntad empresarial”, coincide con el matador, “otra cosa será que se pueda materializar”, ataja. “De todas formas”, y parece sonreír al otro lado de la línea, agotado y aliviado, “esta victoria moral no nos la quita nadie”.