Sebastián Castella

La espada deja a medias una interesante actuación de Castella con seis adolfos

Una buena corrida con matices entendida por el francés, que toreó muy bien al gran segundo y templado al quinto y tuvo paciencia con cuarto y sexto, no la redondeó el matador en la suerte suprema, cortando sólo dos orejas.

Castella y sus asistentes antes de la corrida de Nimes.

Castella y sus asistentes antes de la corrida de Nimes. EFE

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La tarde de San Isidro con Adolfo Martín espoleó a Sebastián Castella para tomar la decisión de torear una corrida de este hierro en solitario. Aquel día hubo naturales muy despacio. El francés los tomó como una premonición. En su tierra sería. El coliseo romano de Nimes lo esperaba rebosante. El ruedo elíptico crece hacia arriba en una muralla de piedra blanca. Esta vez era todo carne. 14.000 personas aguardaban en la claridad. Del túnel salió Castella con tres pasos: una explosión de palmas lo recibió, en pie todos. Agradecidos. Por delante seis grises, nublados cornipasos. Los compatriotas volvieron a transmitirle su confianza, un gramo más de presión, con una nueva ovación que recogió Castella antes de encontrarse con 'Baratero'.

Apareció el adolfo con el mítico nombre a cuestas. Bajo, fuerte, los kilos para redondear las hechuras. Hondo. Soplaba el viento. Las verónicas levantaron polvo. Llevaron hacia delante al toro, cogiendo importancia lance a lance hasta el desarme. El toro salió de los dos puyazos con las fuerzas en el límite. Calidad para acometer al capote del subalterno. No tenía base para desarrollarla. Y Castella lo intentó por las dos manos. El toro esperó, apagándose, consumiéndose en sus buenas intenciones. La ceniza ganó la partida. El francés porfió sin lucimiento. Algún momento de apuro pasó el matador, quedándose el toro debajo. Lo salvó la falta de poder. Pinchó a la primera, enfangado en la lucha de sostener la muleta volandera.

Las puntas del segundo se escondían. El pitón giraba hacia la derecha y atrás. Cinco años en el guarismo. La personalidad de la expresión lo cantaba. 'Carpintero' de nombre. Al caballo acudió desde la otra punta del óvalo. Exactamente desde donde lo dejó Castella con el capote, empujándolo.

Se apoyó en las tablas para iniciar la faena. Cuatro muletazos en un centímetro, sostenidos desde la quietud. Prendieron las primeras llamas. Asentado, dejado caer en la madera el francés. No bajó la faena desde entonces. 'Carpintero' embestía con la testuz fija, el tranco suave, con transmisión. Los pitones vueltos como bengalas en la oscuridad. Al natural se desplegó el francés, a toda vela. Qué relajado. Un buen cambio de mano lo anunció; así de despacio después. Más encajado con la derecha. Con el hocico empujaba el toro, roto a embestir. Hubo momentos muy buenos, a gran nivel los dos. El intercambio fue diálogo. Se atrancó en la suerte suprema, quedando reducida la faena a una oreja.

Otro 'Baratero' pisó la arena. Éste se fue directo a las tablas. Con limpieza se elevó sobre ellas, cayendo a plomo sobre las cuatro patas en el callejón. Una centrifugadora de hombres, despedidos al ruedo a la vez que completaba el giro por dentro. El toro limpió los burladeros.

Castella brindó a Palomo Linares. 'Baratero' resultó bronco. Pesaban las embestidas. Revoloteaban las miradas. Concentrado el toro, tanto en las hechuras como en las intenciones. Estuvo Castella serio con él. Algún muletazo largo se desprendió de la mano derecha. Más incertidumbre al natural. También el viento, puñetero. De nuevo, la espada aterrizó en hueso.

Rompió la música en Nimes. Era el tercio de varas. Con los focos ya encendidos, el cuarto galopó tres veces al peto. Una maravilla ver acudir al bravo a esa distancia con ese punto de luz en este siglo de simplificaciones. El paraíso del aficionado en ese instante, como en otras tardes. El picador Gavin majó los tres puyazos arriba. La tríada en el mismo lugar. En una perra gorda. La sangre relucía milagrosa, como un manantial rojo y confortable: lo justo, toda la ventaja para el gris. Muy bien por Castella, dándole el protagonismo al toro.

Éste era también cinqueño. Los pitones hacia atrás. Con ellos buscó los muslos de Castella. Debajo de los flecos se quedaba a vivir. Algún tornillazo a la altura del vientre. Los embroques era su territorio, marcada la frontera con varias miradas. El toque suave, sin embargo, produjo la concordia. Entonces, era eso. La fiera se tranquilizaba.

Tres derechazos lo descorcharon así. Detrás se desprendió el bicho en un trago duro pero agradecido. Firme Castella, que le esperó mientras le descomponía la superficie en calma de la tela el viento. Mérito para no perder la paciencia. Dos series más mostraron la nueva vida de este adolfo, convertido Castella en especialista. Le apretó en el tercio, buscando lo anterior. Un desarme fue el remate para la última tanda. Ahora sí encontró diana a la primera.

Qué pechos tenía 'Madroño'. Humilló una barbaridad cuando dejó atrás al picador, sosteniéndose después de la pelea, el morrillo hundido en la arena. Castella lo ahormó por bajo. Dos doblones muy templados. Ahí estaba el ritmo de la faena. Después del segundo, este adolfo remontaba a sus hermanos. Descolgaba el toro, no sólo el cuello, en general. Un tobogán esperaba el cite. Castella encontró la llave avanzada un tramo y medio la faena. En el momento justo, una tanda de derechazos los reunió y ya no se bajó de allí el matador.

El toro mantenía también la humillación. También el temple. Se intuía el doble premio. Hubo movimientos de ajedrecista por parte de cada uno en la muerte suprema. Castella quería asegurar la estocada, el toro no se estaba quieto. De unos terrenos a otros. Las dudas de uno y otro no ponían fin a la faena alargando el reloj hasta el aviso. Se mascaba la tensión. Concentrado Castella sobre el morrillo, arrancó. Ay. El acero se agarró decepcionantemente a medias.

'Tomatillo' también parecía haber salido de los vestuarios de un gimnasio. Fuerte desde todos los puntos cardinales. Una geografía de accidentes limados en la que sobresalía el monte redondeado del morrillo. No le echó cuentas a los capotes nunca, andarín, de un lado para otro. Arrastraba la robusta culata, impulsado por las manos. Picarlo tampoco fue fácil, echando siempre la cara arriba. Hasta cinco veces rompió contra el peto en un berrinche.

Castella le andó al toro que estaba sin definir hacia fuera, con confianza. Un muletazo sentado en el estribo, el resto sobre las piernas, imponiéndose. El enorme adolfo embestía diferente cada vez. Frenado siempre. Dio tiempo Castella, sitio. Parecía que todo iba a quedar ahí. Con la izquierda hubo un atisbo. A su altura tiró de él despacio. Dos muletazos abrieron algo más el resquicio. Naturales, milímétricos, sopesados, a la vanguardia de la exploración. Vuelta a la derecha, se dormía el toro, que cargaba con los cinco encontronazos. Una nueva serie al natural lo despertó por última vez, tan despacio Castella. Se metió en sus terrenos y a punto estuvo de culminar un circular. Tampoco esta vez funcionó el acero, empujando lejos la inalcanzable ya Puerta de los Cónsules. Sin espada Castella, seis toros después, no redondeó una tarde interesante.

ADOLFO MARTÍN/ Sebastián Castella

Coliseo de Nimes. Sábado, 17 de septiembre de 2016. Segunda de feria. No hay billetes. Toros de Adolfo Martín, sin celo ni poder el 1º, 2º a más, un 3º complicado, 4º exigente, humilló el templado 5º, de mejor pitón izquierdo el 6º.

Sebastián Castella, de grosella y oro. Pinchazo y pinchazo hondo. Un descabello (silencio). En el segundo, espadazo trasero. Dos descabellos (oreja). En el tercero, pinchazo tendido y estocada trasera. Aviso (silencio). En el cuarto, espadazo casi entero. Un descabello. Aviso (saludos). En el quinto, estocada casi entera, agarrada y caída (oreja). En el sexto, pinchazo trasero, pinchazo caído.