LOS CASOS SIN RESOLVER DE EL CASO (XVII)

El gran misterio del crimen de los Urquijo: un suicidio, un huido y una fusión bancaria

Treinta y seis años después del asesinato de los marqueses, existen muchas dudas. El condenado, Escobedo, se quitó la vida en la cárcel. Su amigo, Anastasio, sostiene desde Brasil que fue obra de un profesional, con la absorción del Banco Urquijo por el Hispano Americano como móvil.

Javier Anastasio abandona la cárcel acompañado de su abogado García de Pablos.

Javier Anastasio abandona la cárcel acompañado de su abogado García de Pablos.

  1. El Caso
  2. Sucesos y Acontecimientos
  3. Asesinatos
  4. Banca

Ha sido el crimen más sonoro desde la llegada de la democracia. Las víctimas poseían una gran fortuna, con participación en destacados negocios. Inicialmente se creyó que se trataba de un ajuste de cuentas, perpetrado por profesionales en el marco del gran mundo de las finanzas y las altas intrigas. Después las sospechas giraron hacia el círculo próximo a la familia.

Manuel de la Sierra y Torres, de 55 años, y María Lourdes Urquijo Morenés, de 45, marquesa y grande de España, formaban un matrimonio muy relacionado socialmente. Se habían casado en 1954, y fueron apadrinados por los condes de Barcelona.

LLAMARON ANTES A 'EL CASO' QUE A LA POLICÍA     

Tres sonoras campanadas. Tres disparos mortales. Tres sombras que huían. Tres coches que arrancaban. Una romería criminal se perdía en la oscuridad. Después, silencio. La negra silueta de la lujosa mansión se perfilaba contra el horizonte, envuelta en el reflejo de la luna solitaria.

A las pocas horas tres timbrazos de teléfono sonaban en la redacción de El Caso.

–Verá, es que ha habido un crimen en el chalé de los Urquijo. Acudan a Somosaguas.

Madrid había despertado vacío. Era 1 de agosto de 1980 y, además, viernes. Día en que salía al mercado el semanario de sucesos. Por ello siempre un periodista montaba guardia desde primera hora de la mañana por si surgía algún problema en la imprenta. El viejo reloj de la redacción señalaba las nueve y cuarto.

No había tiempo que perder. Al poco, dado el escaso tráfico existente, un par de reporteros llegaban a Pozuelo de Alarcón. Una vez dentro de la urbanización aparcaron delante del inmueble. Tras las verjas, el personal de servicio se movía inquieto. El único que permanecía fuera, al lado del coche, era el chófer.

María Lourdes Urquijo y Manuel de la Sierra.

María Lourdes Urquijo y Manuel de la Sierra.

–¿Qué ha pasado? –le preguntaron tras saludarle.

Trató de mantenerse callado. Pero, ante los comentarios que procedían del jardín, se dio cuenta de que era inútil proseguir con su actitud.

–Vimos roto el cristal de la puerta de la piscina. Después, que alguien había subido a las habitaciones de los señores. Tras encontrar los cadáveres, cada uno en su cama, avisamos a la Policía, que aún no ha llegado.

Ésta aparecía un rato más tarde junto al juez de Navalcarnero, Dámaso Ruiz-Jarabo. Comenzaba la inspección ocular del lugar de los hechos. El fiscal, José Antonio Zarzalejos, se demoraba un par de horas por un despiste de su chófer.

Mientras los funcionarios desarrollaban sus labores de rigor fueron acudiendo empleados y familiares. La nota discordante se produjo cuando llegó el yerno, Rafi Escobedo. Su mujer, Myriam de la Sierra, se dirigió a él y le preguntó con gesto adusto: "¿Quién te ha mandado venir aquí?". Quedaba claro que su presencia sobraba. Se habían casado un par de años antes y llevaban un tiempo separados. Ella había presentado solicitud de nulidad eclesiástica.

También llamó la atención que el administrador de los marqueses, Diego Martínez Herrera, apareciera vestido de luto riguroso pese a que desconocía lo que había sucedido. Detalle que no pasó desapercibido, sobre todo tras las extrañas decisiones que tomó casi de inmediato, como ordenar que se lavaran los cadáveres y se destruyeran documentos de la caja fuerte.  

En Madrid, cuando se conoció la noticia, la conmoción fue tremenda. A todos los niveles. La casa se convirtió en cita de lo más granado de la sociedad. Por allí desfiló una serie interminable de personajes. Uno de los primeros en acudir fue el embajador de EEUU, Terence Todman.

Por la tarde, el enviado de El Caso, Carlos Aguilera, recaba información por un lado y otro mientras su compañero, el fotógrafo Nicolás Canterero, trataba de mantener distraído al personal. Situación que el periodista aprovechó para hurgar en el cubo de la basura. Tras revolver un poco observó, bajo el intenso sol del ecuador estival, un fuerte brillo. Con rapidez de prestidigitador extrajo un pequeño objeto metálico que ocultó en su bolsillo.

En efecto, era lo que creía. Un casquillo de bala. Comenzaba el misterio.

UN SOLO CONDENADO

José Romero Tamaral, inspector de segunda clase y estudiante de Derecho, ajeno al grupo de la Brigada Regional de la Policial Judicial encargado de las investigaciones, se incorporó voluntariamente a la unidad operativa. Al poco detenía a Rafi Escobedo, yerno de los marqueses, tras descubrir en una finca perteneciente a su familia, en Moncalvillo de Huete (Cuenca), 215 casquillos, muchos de ellos similares a los que habían acabado con la vida de sus suegros. Los expertos en balística confirmaron que habían sido disparados con la pistola asesina.

El sospechoso fue conducido a los calabozos de la DGS (Dirección General de Seguridad). Para irlo preparando concienzudamente, lo desnudaron –le permitieron que continuara con las botas– y le obligaron a realizar flexiones, ante las risas y comentarios jocosos de cuantos funcionarios pasaban por allí. Trataban de quebrarlo psicológicamente mediante procedimientos poco ortodoxos.

Pese a la tortura siciliana negó cualquier implicación en la trama, tanto a Romero, que hacía de policía bueno, como al inspector Cayetano Cordero, que era el malo en el interrogatorio. Fue al día siguiente cuando no pudo continuar resistiendo el tercer grado. Se desmoronó al ver a través de un cristal polarizado unidireccional a su padre, con los grilletes en las muñecas, y con la amenaza de que también iban a detener a su madre. Maniobra con la que consiguieron ablandarlo. “Yo soy culpable de la muerte de mis suegros, los marqueses de Urquijo. Firmado: Rafael Escobedo”.

El juicio, celebrado casi tres años después, estuvo rodeado de gran expectación. Numeroso público formaba largas colas ante la Audiencia Nacional para ver de cerca a los protagonistas del llamado crimen del siglo. A su lado, abundantes profesionales con cámaras fotográficas y de televisión. Todo un espectáculo mediático.  

Rafi Escobedo se llevó a la tumba el secreto de lo que ocurrió aquella noche.

Rafi Escobedo se llevó a la tumba el secreto de lo que ocurrió aquella noche.

Durante la vista Escobedo se declaró inocente, alegando que la confesión que firmó fue consecuencia de un pacto con la Policía. De no haberse extraviado dicho escrito, la caligrafía de su confesión podía haber aclarado su estado de ánimo, sobre todo si se encontraba coaccionado.

La galería de testigos que desfiló por el estrado respondió ampliamente a las expectativas folletinescas de buena parte del público. Las declaraciones fueron contradictorias y para todos los gustos, incluidas las del mayordomo, como en toda buena novela de intriga.

Acusaciones, amenazas y una serie de irregularidades causadas por la desaparición de cantidad de pruebas materiales incriminatorias. La autoinculpación y dos escritos más ampliándola se perdieron en las dependencias policiales; unos falsos inspectores se llevaron de los juzgados 269 casquillos de bala; la pistola se esfumó de otra dependencia oficial; y un largo etcétera de misteriosos extravíos. Todo parecía haberse convertido en humo.  

Al final, veredicto: 53 años de condena para Escobedo como autor del doble asesinato “que cometió solo o en compañía de otros”.

Ahí quedaba una gran duda para siempre. El fiscal, José Antonio Zarzalejos, que pidió la pena máxima para Rafi, pronunció unas palabras que sonaron aplastantes. “Quizá en estos momentos otros implicados se estén riendo, al ver que se han librado de la justicia”.

Portada de El Caso donde inicialmente se apuntaba a la mafia como autora del crimen.

Portada de El Caso donde inicialmente se apuntaba a la mafia como autora del crimen.

ASESINATO MUY BIEN PREPARADO

El tribunal parecía darse por satisfecho. La versión de los hechos quedaba asentada en que el único acusado y los supuestos acompañantes penetraron en el chalé saltando la valla de apenas un metro y medio de seto y alambre. Tras desactivar la alarma rompieron con sumo cuidado la puerta de cristal de la piscina olímpica cubierta. Pegaron unas tiras de esparadrapo en forma de triángulo y golpearon con un martillo, evitando el crack de los trozos de vidrio al fracturarse y caer al suelo convertidos en añicos. Abrieron sin dificultad, dado que la llave estaba puesta. Después forzaron una de las ventanas de la planta superior, que no tenía rejas.

Ya en el interior del recinto se dirigieron hacia una puerta corredera de madera. Con un soplete, acoplado a una pequeña bombona de butano, dirigieron la llama junto al marco. El siseo del fuego sobre el aglomerado dio paso en pocos minutos a un boquete que permitía deslizar el brazo dentro y levantar el pestillo. Las cenizas quedaron esparcidas por el suelo. Una vez dentro del vestíbulo  subieron las escaleras. Las alfombras, que cubrían los suelos, ahogaban el ruido de las pisadas.

“Escobedo, solo o en unión de otros, marchó directamente al cuarto donde dormía su suegro, alumbrándole en la oscuridad con una linterna, a quien disparó un tiro en la nuca”, rezaba la sentencia. La muerte fue instantánea.

A continuación, los asaltantes, que se disponían a marchar una vez cumplido su objetivo, chocaron entre sí. Quizá porque uno de ellos tropezó con la silla, que había junto a la cama, y se escapó un tiro. La bala se alojó en el interior de un armario que estaba abierto.

El ruido despertó a María Lourdes, que dormía en la habitación contigua. Un rayo de luz traspasó el umbral. “¿Quién anda por ahí?”, preguntó asustada.

No dio tiempo a más. Le pegaron un tiro a quemarropa, a una distancia inferior a diez centímetros. El primer balazo le entró por la boca, rompiéndole un diente. Al no lesionar centros vitales, la víctima no murió. El agresor le sujetó el cuello con el brazo derecho, mientras que con la mano izquierda apretaba el gatillo a cañón tocante. El plomo impactó en la cavidad craneal y la sangre brotó como una fuentecilla, salpicando la pared y produciendo un gran reguero en el suelo. La marquesa cayó inerte en el lecho. Una segunda víctima que no estaba escrita en el guión.

El doble crimen fue realizado con una pistola Star olímpica, con silenciador, del calibre 22, que sólo es mortal a distancias muy cortas. Cuatro casquillos fue el cookie que dejaron los asesinos. Las balas, que carecían de camisa, habían sido previamente estriadas para que produjeran mayores lesiones óseas.

De inmediato abandonaron la estancia. Nadie oyó nada. Todo el personal había librado esa noche, para preparar el equipaje, porque al día siguiente los marqueses bajaban de vacaciones a su finca gaditana en Sotogrande. Tan solo permanecía la cocinera dominicana, Florentina Dishmey Barrett, cuya habitación estaba situada debajo de la de los señores. Al parecer, cuando se acostaban éstos, abandonaba sigilosamente el chalé y entraba en el de enfrente, propiedad del banquero Claudio Boada, donde dormía con uno de los criados. Por la mañana, a primera hora, regresaba con puntualidad y discreción.

Así que no había nadie en la mansión, salvo las víctimas. Y el perro Boli, muy ladrador. Pero se mantuvo silencioso. Quizá moviendo el rabo porque conocía a algunos de los visitantes.

EXTRAÑO SUICIDO, EXTRAÑA FUGA

Todo investigador sabe que una cosa es capturar al ejecutor y otra llegar a conocer la verdad. Por ello, tras el juicio, Romero, incansable en sus pesquisas, siguió buscando más pruebas esenciales. Fruto de ello fue la detención de Mauricio López-Roberts, marqués de Torrehermosa, por encubridor, y de Javier Anastasio de Espona, como autor por cooperación necesaria. Se abrió un segundo sumario.  

El primero afirmaba conocer la versión de los hechos, dado que Rafi frecuentaba su hogar. Implicaba a siete personas, que acudieron en tres coches al chalé, y también a Juan de la Sierra. Fue condenado a diez años y un día. En cuanto al segundo, Javier Anastasio de Espona, fue puesto en libertad condicional bajo fianza, tras permanecer encarcelado de forma preventiva durante tres años y dos meses.

–Rafi había quedado con Juan. No era la primera vez que yo lo acompañaba a casa de sus suegros a esas horas. Después me entregó una pistola y me dijo que la tirara. Me deshice de ella en el pantano de San Juan. Posteriormente me comentó que no tenía nada que ver, pero que era mejor que yo no hiciera preguntas.

Javier Anastasio manifestaba a El Caso que había pensado en fugarse. Medio año después huía.

Javier Anastasio manifestaba a El Caso que había pensado en fugarse. Medio año después huía.

Estas manifestaciones me las realizaba, nada más salir de prisión, en la sede de El Caso, en compañía de su abogado, Antonio García de Pablos. Apuntaba hacia otros autores materiales.

–Quienes mataron a los marqueses estaban en el interior de la mansión desde las ocho o las nueve de la tarde. Cuando comprobaron que dormían fueron a por ellos. Luego montarían una serie de pistas falsas.

Y un objetivo claro.

–El móvil de los asesinatos está basado en el dinero. Por ahí es por donde tienen que ir las investigaciones.

Al poco, en puertas de las Navidades de 1987, Javier Anastasio huía al extranjero. Faltaba un mes para que se iniciara el juicio en el que se le solicitaba como coautor de los asesinatos una condena de 60 años. “No le tendría miedo a un juicio que me ofreciera las garantías jurídicas necesarias. Pero éste, donde sistemáticamente se me niegan pruebas, testigos y otros medios de defensa sin razón aparente, no me ofrece más que la sensación de una sentencia prejuzgada de antemano”, explicaba en una carta de despedida a su letrado.

Un año más tarde su amigo Rafi Escobedo era encontrado muerto en su celda de la prisión de El Dueso (Cantabria). Aparentemente se había suicidado.  

“Murió antes de ser ahorcado. En el estómago, que nos lo enviaron lavado a Madrid, no se pudo precisar la cantidad de veneno... Pero en los pulmones se detectaron 14 miligramos residuales de cianuro potásico por kilo, así como cantidades inferiores en el riñón, hígado, etc. Lo ingirió por vía aérea”, dictaminó el decano de los forenses, José Antonio García-Andrade.

Tanto para este eminente doctor, como para su colega Pérez Folguera, en el cadáver no existían puntos de signos vitales: ni sangre en el cerebro, ni marcas en el cuello, ni óxido en las manos de los barrotes de la ventana. Algo habitual si hubiera estado vivo cuando se suspendió de la sábana. Tampoco profusión de las órbitas de los ojos, pene erecto, eyaculación, lengua mordida y fuera de la cavidad bucal, etc.

“Con tal dosis residual de cianuro, capaz de matar a un elefante, cayó de inmediato”, confirmaba García-Andrade. Según esto, lo colgaron para simular un suicidio. Y tapar la boca del único acusado del doble crimen, tras la huida del otro. Se llevó a la tumba el secreto –los nombres de los instigadores y cómplices– de unos los casos más controvertidos de la historia judicial española”.     

Pedro Costa, exreportero de El Caso y productor de la exitosa serie La huella del crimen (TVE), hizo un telefilme sobre tan controvertido tema. “Es un retrato de la historia de España, donde el poder judicial estaba y está en la actualidad sometido a otro tipo de poderes. Estoy seguro de que los espectadores están a favor de Escobedo, que fue víctima de un tinglado muy siniestro. Se llevó a la tumba el secreto de quienes habían sido sus instigadores y cómplices. Hubo una cortina, un tapón”.

Marcos García Montes, abogado y amigo de Escobedo, lo tiene claro. “Fue una víctima del sistema. La Ley de Enjuiciamiento Criminal dice que un juicio no se puede realizar sin pruebas de convicción. Lo condenaron sin pruebas materiales porque habían volado. Sólo por una firma de confesión que también se perdió. No se probó su culpabilidad. De ser juzgado ahora hubiera resultado absuelto”.

Reconoce implicaciones políticas, incluso, en el fallo judicial. Los contactos de Manuel de la Sierra -el marqués- con los dirigentes de los principales partidos eran muy estrechos. “Corrían tiempos de transición e inestabilidad. Estaban por llegar los dos 23–F: el de Tejero y la incautación de Rumasa. Varios jueces se excusaron para eludir el proceso contra Escobedo por indicación de Fraga Iribarne, que era amigo del finado”, me comentaba el mediático letrado.   

En cuanto a su muerte, “estaba a medio minuto de contar la verdad. Cuando apareció por televisión (el prófugo Javier Anastasio fue entrevistado en el programa de Jesús Quintero) los autores intelectuales percibieron claramente el mensaje”. Había firmado su sentencia de muerte.

A los casquillos que la Policía había encontrado en la finca de los Escobedo en Cuenca y en el chalé de los marqueses, con los que se habían hecho prácticas de tiro con anterioridad, todos desaparecidos después misteriosamente, estaba el que el reportero Aguilera se llevó a la redacción de El Caso. Hubo presiones para que dicha vaina se entregara a la autoridad, pero el fundador del semanario, Eugenio Suárez, negó tenerla. Fue la única prueba que permaneció porque jamás llegó a ningún centro oficial.

De todos modos, tampoco sirvió de nada, porque la excusa que dio el hijo de los marqueses es que estuvieron efectuando disparos en la finca para, en palabras de López-Roberts, “matar ratitas”. Y después echaron los casquillos a la basura.    

UN PRÓFUGO AL QUE NO QUIEREN CAPTURAR

Casi dos años después de su fuga encontré a Javier Anastasio en la playa brasileña de Copacabana. Estaba en compañía de su novia, Patricia, que se había trasladado desde Madrid para vivir con él en la capital carioca. La pareja, en camiseta y vaqueros, paseaba tranquilamente por una zona, con algún restaurante gallego, pródiga en turistas españoles.

–¿Sabes que continúas siendo un código rojo para Interpol? Extrema urgencia, busca y captura prioritaria para extradición –fueron mis primeras palabras, tras el saludo.

Se metió la mano en el bolsillo y me mostró el pasaporte con todos sus datos perfectamente reflejados: "Presentado en este Consulado General de España. Río de Janeiro. 25 de agosto de 1989. El cónsul general". Debajo, el sello y la firma del oficial de la cancillería, Pablo Muñoz. Y la numeración del documento, así como todos sus datos personales. No había duda.  

Precisamente había sido expedido cinco días antes de que desde España la justicia solicitara su deportación desde el país de la samba. Dilación judicial un tanto extraña.

Le recordé cuando, en mi despacho de El Caso, comentó que, si se fugaba, más de uno lo celebraría. Entonces su intención era dar la cara y dejar claro que fue encubridor, nunca coautor del asesinato.

Pasaporte que le renovaron a Javier Anastasio en el consulado de España en Río de Janeiro cuando estaba en busca y captura.

Pasaporte que le renovaron a Javier Anastasio en el consulado de España en Río de Janeiro cuando estaba en busca y captura.

–Hui porque mi juicio iba a ser una farsa.  

Insistía en que el crimen giraba en torno al dinero.

–Cuando salí de la cárcel te comenté que el móvil de la eliminación del marqués fue el dinero. Por ahí se debía haber buscado a los culpables. Pero no interesaba.

–A los meses moría en prisión tu amigo –le comenté.   

–Detrás había tramas muy fuertes y tengo miedo de que me maten. A Rafi pudieron cargárselo, porque en la cárcel se mata a mucha gente.  

–¿Quiénes liquidaron al matrimonio?  

Anastasio miraba al cielo infinito antes de contestar. Parecía que le costaba hacerlo, como si el suceso que ha marcado su vida le cansara, le empezara a hastiar. El creciente balanceo de las olas al besar la arena rompía el silencio del atardecer.

–La eliminación del marqués se decidió a causa de una cohesión de intereses. Unos fueron los autores intelectuales, que utilizaron un inductor para empujar a otros a apretar el gatillo.  

–¿Motivos?

–Se trata de un crimen dentro del mundo de las grandes finanzas y las altas intrigas familiares y sociales. Un crimen con muchas ramificaciones e implicados.

–Por ejemplo...

–Un banco precisaba absorber al Urquijo para ser el número uno... y el marqués no quería vender.

–Sí, el Hispano Americano –le concreté.

–También está el motivo de la venganza personal contra el marqués. Había empresas financieras sudamericanas no muy satisfechas con su proceder. Un clan al que casi arruinó en una arriesgada operación de divisas. Algún partido político, dada su oscura implicación económica...

–Entonces...

–Hubo beneficiarios por acción y beneficiarios por omisión. Gente de su círculo próximo que se dejó querer.

La mirada de Anastasio vagaba por el mosaico multicolor del reflejo crepuscular del sol en las azuladas aguas fraguando una paleta de colores. Un cierto aire de misterio imperaba en el ambiente.

–Quiénes dispararon contra los marqueses –insistí.

Movió los hombros en señal de desconocimiento.  

–Les empujaron a hacerlo –remató la conversación.     

Repetía que ni entró en el chalé aquella noche –“me quedé fuera esperando a Rafi”– ni éste le dio después explicaciones al respecto.  

Lo que estaba claro era que no había interés alguno por detenerle. Oficialmente se le buscó donde no estaba con el propósito de que teóricamente continuara ilocalizable. Si era extraditado su testimonio podría implicar a gente que gozaba de libertad y fortuna.

Cinco años más tarde fue retenido en Buenos Aires y posteriormente en Mar de Plata a consecuencia de un par de incidentes con los que no tenía nada que ver. Tras comprobar su pasaporte y ficha fue puesto en libertad de inmediato. "No querían detenerme. Todo formaba parte de la tapa de la olla. Mi registro en el consulado de Río, la renovación del pasaporte en ese mismo consulado (…) a los dos años, en México, mi paso por la Central de la Policía Federal…".

TEME REGRESAR A ESPAÑA

De Brasil marchó a vivir a Uruguay, Argentina, México...Después regresó a Argentina, instalándose en un pequeño pueblo de la Patagonia junto a su mujer y dos hijos. Desde allí concedió en 2010 una entrevista a Vanity Fair. Quería contar, por última vez, según sus palabras, lo que ocurrió aquella noche.

“Estoy absolutamente convencido de que Rafi no disparó. El autor material fue un profesional. El plan y la ejecución tuvieron que ver con un móvil económico a niveles muy altos: la fusión del Banco Urquijo con el Hispano Americano, que el marqués no quería que se llevara a cabo y sus hijos, sí. Y el agujero de miles de millones de pesetas que tenía el banco y que se descubrió más tarde. De ese dinero, que alguien se quedó, parte el armazón de todo esto”.

Sobre los culpables dijo no acusar a nadie. "Pero me parece que la coartada de Juan de la Sierra y del administrador es falsa, que no hubo interés en desmontarla y que, cuando mi abogado lo intentó, la justicia lo evitó. Creo que hubo una mano muy poderosa que los protegió".

Consideraba que los beneficiarios han sido muchos. En cuanto a su fuga a Brasil, aclaraba que "uno de los magistrados, un juez honesto y decente, que formaba parte del tribunal que me tenía que juzgar, me dijo que iban a condenarme, que la sentencia estaba firmada de antemano".

Su última manifestación, vía telefónica, ha sido que “no pude ayudar a Rafi a acabar con la vida de nadie porque él no lo hizo. Lo acusaron porque era el más conveniente, el más asequible. El autor material fue un profesional contratado. Esto fue una representación. Se me implica porque había que justificar lo de... en compañía de otros”.

Hace año y medio le fue expedido un pasaporte y cuatro meses después obtuvo el DNI en la embajada de España en Buenos Aires. Una vez prescrito el delito y, por tanto, libre ante la justicia podría volver a establecerse en España.

Continúa llevando vida de prófugo, por lo que periódicamente cambia de residencia. Sigue con temor. Tan sólo ha hecho alguna escapada furtiva a nuestro país, disfrazado por completo, para visitar a la familia. “Mi gran pesar ha sido no poder despedirme de mis padres. Murieron en Madrid sin ver cómo me convertía en un hombre libre. No pude decirles adiós”. Una rocambolesca y constante fuga.