Adolescentes conflictivos

Reformatorio para ricos, reformatorio para pobres

En Brea de Tajo, un centro para jóvenes que agreden a sus padres y otro para menores que han delinquido comparten recinto.

Uno de los centros para menores de Brea de Tajo.

Uno de los centros para menores de Brea de Tajo.

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En la Comunidad de Madrid, a los jóvenes que se portan mal los mandan a Las Vegas. No a la “ciudad-casino” de Estados Unidos, sino a la comarca homónima situada a casi una hora de la capital. Allí se encuentra Brea de Tajo, un pequeño pueblo de poco más de 500 habitantes que cuenta con una particularidad: alberga dos centros de internamiento para menores conflictivos en un mismo recinto. “Casi tenemos más reformatorios que bares”, bromea uno de los vecinos que pasea por las solitarias calles del municipio.

El pueblo marca la frontera entre la Comunidad de Madrid y Castilla-La Mancha y no coge de camino para ir a ningún sitio. Para llegar hay que desviarse a propósito y está rodeado de grandes extensiones de campo. “Los chicos no se escaparán de aquí porque no hay ningún sitio cerca al que puedan ir… aunque tampoco lo intentan”, cuenta uno de los responsables de estos centros.

Una extensa valla cierra los casi 80 mil metros cuadrados que comprenden este recinto en las afueras del pueblo. Allí están ubicados el Teresa de Calcuta y el Recurra-Ginso. Ambos centros albergan a casi un centenar de jóvenes de entre 14 y 21 años y están gestionados por la misma entidad: Ginso. Sin embargo, las diferencias entre ambos son notables.

El primero es un centro público de ejecución de medidas judiciales. Lo que siempre se ha conocido como “reformatorio”. La Fiscalía de Menores envía allí a jóvenes que han cometido delitos de todo tipo, algunos de ellos muy graves, como violaciones, asesinato o terrorismo, y pueden pasar allí dentro entre uno y ocho años.

El segundo en cambio es un recurso terapéutico residencial para jóvenes. Es un centro privado de ingreso voluntario que cuesta 4.100 euros al mes (para los jóvenes que no están becados) y está especializado en adolescentes que ejercen violencia filio-parental. Es decir, hijos que agreden a sus padres. Allí no hay nadie que tenga asuntos penales pendientes. La estancia media es de un año y es siempre voluntaria. “No tiene nada que ver un centro con el otro”, coinciden los directores de ambos centros.

No obstante, antes eran el mismo.

Aprovechar las instalaciones 

El Teresa de Calcuta funciona desde septiembre de 2006. Antes llegó a tener 218 plazas para jóvenes a los que el Tribunal de Menores les había impuesto medidas judiciales. La ley obligó a reducir el número y ahora solo hay 93. El cambio supuso que parte del equipamiento quedase vacío y sin uso. Para 2011, Ginso proyectó allí un centro terapéutico privado para niños con problemas de violencia familiar. Así se pudieron aprovechar las estructuras que se habían quedado sin uso.

Ginso le propuso el proyecto a Javier Urra, psicólogo, escritor y forense en la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y Juzgado de Menores desde 1985. Lleva ya más de 30 años trabajando con adolescentes conflictivos. “Dije que sí de inmediato, porque sabía que éste es un problema creciente y que íbamos a contar con demanda. Y no me equivoqué. Empezamos con 40 alumnos y ya vamos por 96”, cuenta Urra.

Así es una de las habitaciones del centro Recurra-Ginso.

Así es una de las habitaciones del centro Recurra-Ginso.

El psicólogo sostiene que si los jóvenes conflictivos pasasen por el Recurra-Ginso, muchos se reconducirían y no pasarían nunca por el reformatorio. Pero el acceso cuesta. “El coste mensual es de 4.100 euros, aunque la mayoría están becados por el Ministerio de Sanidad y sólo pagan 1.700 euros mensuales”. Aún así, sigue siendo un precio demasiado elevado para familias con pocos recursos.

Urra asume que es un centro caro. "Pero intentamos conseguir becas oficiales. Incluso hemos llegado a becar íntegramente con nuestros propios recursos a jóvenes que creemos que pueden mejorar mucho en nuestro centro. Y sí, es un centro caro… pero mantener a un joven en un centro de reforma de medidas judiciales puede llegar a costar 8 mil euros al mes. Al final sale más caro”, explica

Los padres piden subvenciones

Los padres que han enviado a sus hijos al Recurra-Ginso comparten esta teoría. Marta tiene un hijo en el centro: “Su paso por este equipamiento ha sido lo mejor que nos ha pasado, pero debería estar totalmente subvencionado para que todo el mundo tuviese la posibilidad de reconducir el comportamiento de sus hijos”.

Marta es profesora. Su hijo Juan es adoptado, como el 28% de los jóvenes que llegan a este centro. Ahora tiene 16 años. Nació en el este de Europa y empezó a mostrar problemas graves hace dos años. “Nunca me llegó a pegar pero la convivencia era insoportable. Empezó a relacionarse con quien no debía, su comportamiento hacia mí era muy hostil y cometió algunos pequeños hurtos. Internarlo en Recurra-Ginso fue lo más duro que me pasó en la vida y eso que he tenido cinco abortos espontáneos”. Juan mejoró su comportamiento tras el primer mes. “Ahora hablamos como una familia, nos miramos a los ojos y nos tenemos respeto”.

Otro caso similar es el de Jonathan. Sólo tiene 15 años pero ya está acostumbrado a que su madre tenga que llamar a la policía para contener sus ataques de ira. Las amenazas, los gritos y los golpes eran parte de su comportamiento habitual. La última vez que empezó una pelea, su madre volvió a llamar a una patrulla. Él se atrincheró en su habitación, agarró una espada que había en su casa y decidió que no iba a salir de ahí. “Les dije que si entraban los rajaba a todos”, recuerda.

Cuando se encontró con un agente delante suyo, le puso la espada en el cuello. "Yo no sé qué hubiese pasado ni hubiese intervenido mi abuelo”, cuenta desde el centro en el que se halla internado. “Me denunciaron por atentado a la autoridad y hubo un juicio. Podían haberme enviado a un reformatorio… pero acabé aquí y he mejorado mucho”, reconoce.

Violaciones, homicidios y terrorismo

Si este tipo de comportamientos acaban en denuncia, el Tribunal de Menores puede decidir el ingreso en un centro de menores infractores. “No digan reformatorio; es peyorativo y de otras épocas. Llámenlo centro de ejecución de medidas judiciales, es más respetuoso”, pide Javier Del Hierro, director del Teresa de Calcuta.

Los problemas de los jóvenes que allí tratan son mucho más complicados que en el Recurra-Ginso. Ya no se trata de niños que golpean a sus padres, sino de jóvenes que tienen delitos de sangre, homicidios, terrorismo... “En nuestro centro tenemos una unidad especializada en agresiones sexuales”, explica el director. La inmensa mayoría de jóvenes con medidas judiciales son hombres. De los 93 jóvenes en régimen de internamiento, sólo siete son chicas.

Las dos estructuras son muy distintas pero hay algunas cosas en común. Cuando un joven llega a cualquiera de los dos centros, se le despoja de su teléfono móvil, el tabaco y las drogas, que es uno de los problemas coincidentes entre los adolescentes de uno y otro centro. “El 90% de los jóvenes que recibimos han tenido problemas de consumo de drogas. Las principales son el alcohol y el cannabis, pero encontramos a muchos que aún siendo adolescentes ya consumen sustancias como cocaína y anfetaminas”, cuenta Del Hierro.

Los panaderos del pueblo

La estructura de ambos equipamientos también es parecida. Las habitaciones son individuales y los jóvenes deben dejar la suya ordenada antes de ir a desayunar. En ambos centros cuentan con rutinas de estudio y trabajo. La diferencia es que en el Recurra-Ginso se trabaja con una economía de fichas. Los jóvenes que se portan bien reciben “recus”, que son puntos que se otorgan por tener buen comportamiento.

En el Teresa de Calcuta, en cambio, algunos de los chicos perciben dinero por su trabajo. “Tenemos panadería propia. Varios chicos trabajan haciendo pan, no sólo para los jóvenes del centro, sino para el pueblo. Tenemos un convenio con el panadero de Brea de Tajo para que los chicos elaboren el pan y la bollería que luego se vende en el municipio. Por ello cobran 400 euros y este dinero suele servir para que paguen multas de responsabilidad civil, si la tienen”.

Chalets para unos, módulos para otros

Vistos desde fuera, la apariencia de ambos centros es diferente. Aunque ambos cuentan con piscinas y pistas deportivas, el Recurra-Ginso está conformado por cinco chalets (cada uno con el nombre de un continente) y el Teresa de Calcuta por tres edificios de mayores dimensiones. “Los jóvenes no están separados por edades, sino por perfiles y desarrollo”, cuenta su director.

Los jóvenes del centro Recurra-Ginso durante una de las clases.

Los jóvenes del centro Recurra-Ginso durante una de las clases.

El primer edificio alberga a los recién llegados y a los que aún no presentan una evolución palpable. Entran en la llamada fase terapéutica. Cuando el joven demuestra una mejora evidente pasa al segundo edificio, el de la fase de desarrollo. Si ha cumplido los objetivos establecidos por los educadores, pasa al tercer edificio. Éste es el de los llamados “finalistas”, que son los jóvenes que mejor han aprovechado el proceso de rehabilitación y gozan por ello de ventajas como un régimen abierto de salidas.

Para contribuir a esta mejora, el Teresa de Calcuta recurre a menudo a convenios con entidades referentes para los chicos. Lo explica Gregorio, un joven latino que ya es mayor de edad pero sigue internado en este centro de menores. Es un caso paradigmático de evolución positiva. No puede explicar el delito que le llevó a que el juez dictaminase su ingreso, ni el tiempo que lleva allí. “Son medidas judiciales, yo era menor y no lo puedo contar”, se disculpa. Pero muestra con orgullo los síntomas de su mejora. Con un físico privilegiado, Gregorio despunta en baloncesto. Para casos como el suyo, el centro tiene un convenio con el Real Madrid, que permite que los chicos entrenen en sus instalaciones y les invitan a ver partidos en el Palacio de los Deportes. “Yo le estoy muy agradecido al Real Madrid aunque en realidad soy del Barça”, ríe.

La cárcel no es la solución

El porcentaje de éxito del Recurra-Ginso (menores que no vuelven a caer en el ejercicio de la violencia contra sus padres) ronda el 75%, según Javier Urra. “En el resto de casos, el componente familiar es decisivo. No puedes pretender que tu hijo sea modélico y tú defraudes a Hacienda o vayas todo el día puesto de cocaína. Por eso hacemos terapia tanto con los hijos como con los padres”, relata. 

En el Teresa de Calcuta, el porcentaje de jóvenes que no vuelven a delinquir sube hasta el 90%. ¿Qué pasa cuando cumplen 18 y deben salir del centro? Javier Del Hierro cree que no es positivo mandarlos a la cárcel: "Aquí su mejora es palpable. Juegan, trabajan, no fuman y no se drogan. Si a esos chicos los mandamos a la cárcel cuando cumplan 18, entrarán en un entorno más hostil, empezarán a fumar y a relacionarse con malas influencias. No es la solución”.

Para los jóvenes que se portan mal es mucho más beneficioso quedarse en Las Vegas.