Gustavo Petro y su vicepresidenta Francia Márquez.

Gustavo Petro y su vicepresidenta Francia Márquez. Reuters

LA TRIBUNA

La geopolítica y la sirenita colombiana

Los populismos como el de la nueva vicepresidenta colombiana, Francia Márquez, son un ejercicio de narcisismo ingenuo, de maniqueísmo divisivo y de adanismo ingrato.

23 junio, 2022 02:42

Como buen venezolano, durante un tiempo me dediqué a la geopolítica. Cada nueva elección presidencial en el mundo era la ocasión de sacar mi regla, mi telescopio, mis mapas y mi compás para calcular el impacto que el meteorito electoral podía tener en Venezuela. Después entendí que estas cosas no tienen ningún efecto. Ahí está el sistema solar cubano, por ejemplo.

El presidente de los EEUU Joe Biden y su vicepresidenta Kamala Harris.

El presidente de los EEUU Joe Biden y su vicepresidenta Kamala Harris. EFE

Después del furor geopolítico, me ganó una tristeza dominguera. Contemplaba con fascinación y envidia mal disimuladas el extraño fenómeno que mostraban las noticias. Personas que hacían largas colas para depositar un trozo de papel en unas cajas de cartón.

Luego, al final de la tarde, comenzaban a publicarse los resultados. Unos lloraban, otros se alegraban, pero esto no impedía que la parte más increíble del espectáculo se cumpliera: el mandatario en funciones felicitaba al ganador y en los meses siguientes le cedía el puesto. Gracias a ese mecanismo tan simple, los países cambiaban de presidente. Maravilloso.

A esta melancolía amarga le sobrevino, al fin, la sabia indiferencia. Como el resultado no iba a alterar la suerte de mi país, yo sencillamente me desentendía. Verificaba quién ganaba y quién perdía, comentaba noticias y escribía algunos tuits, pero lo hacía con la misma ligereza con que puedo hablar del último álbum de Rosalía o de la separación de Shakira y Piqué.

En ese estadio aún me encuentro. Lo que le ha otorgado a mis impresiones una perspectiva aérea, de dron, muy parecida a la de la geopolítica, salvo por un detalle importante: ya Venezuela no tiene una posición central.

"A pesar de que los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta en Colombia lucían como antagónicos, el tarjetón electoral mostraba dos opciones muy parecidas visualmente"

De hecho, no hay centro ni relieve en el paisaje que observo desde mi sabiduría socrática de desterrado. Como mucho, detecto algunos patrones. Son líneas, formas e ideas que se repiten y que hacen que mis cejas se arqueen o que se me dibuje en el rostro una sonrisa o una mueca de disgusto.

En las recientes elecciones presidenciales de Colombia identifiqué una o dos de estas recurrencias.

A pesar de que los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta lucían como antagónicos, el tarjetón electoral mostraba dos opciones muy parecidas. Visualmente, quiero decir.

A la izquierda aparecía el candidato Rodolfo Hernández. Lo identificaba el pedagógico símbolo de Pi, en colores LGBTI+, junto al acrónimo de LIGA, la Liga de Gobernantes Anticorrupción. Un nombre de ecos dialécticos para un candidato que está acusado, precisamente, de corrupción.

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A la derecha teníamos a Gustavo Petro por el Pacto Histórico, en letras diminutas su coalición, mientras su propio apellido llenaba la tarjeta. Como si PETRO, en mayúscula, fuese la palabra que explicaría todo bajo su gobierno. El logo y los nombres, al igual que los de Hernández, mostraban una gama de colores “inclusivos”.

No obstante, estos elementos no hubiesen bastado para que el dron de mi sabiduría socrática se detuviera. Lo que de verdad llamó mi atención fueron las dos mujeres que acompañaban a los hombres. Se trataba de las candidatas a la vicepresidencia. Marelen Castillo, por Hernández, y Francia Márquez Mina, por Petro.

La imagen del tarjetón muestra a dos mujeres negras, de mirada franca y buenas mozas. Todo el conjunto era muy parecido. Si a la afinidad fenotípica de los cuatro candidatos, además de la armonía cromática de sus logos, sumamos la dislexia espacial del tarjetón (pues el candidato de derechas estaba a la izquierda y el de izquierdas estaba a la derecha), no es improbable que más de algún miope, que olvidó ese día los lentes en casa, se haya equivocado al votar.

Por supuesto, la similitud con la estrategia del dúo Joe Biden y Kamala Harris es evidente. En Venezuela quisieron hacer otro tanto con Juan Guaidó, tratando de convertirlo en un Barack Obama del Caribe.

Siguiendo las trayectorias de Marelen Castillo y Francia Márquez, sin embargo, no pareciera que el asunto pudiera reducirse a una cuestión de casting, como el del autodenominado “negro de Vox” o, incluso, la nueva versión de La Sirenita.

Y menos si se trata de Márquez, que tiene una trayectoria como activista y una corta pero intensa carrera política que le valió ser la más votada en las elecciones internas de la coalición del Pacto Histórico para así optar al cargo que hoy ha conquistado como vicepresidenta.

"Francia Márquez reproduce la panoplia identitaria e interseccional sin la cual ninguna persona puede aspirar hoy a alguna posición de relevancia"

El problema es que, aun cuando las motivaciones no hayan sido las de imitar el modelo del Partido Demócrata o de Disney, la percepción se deja llevar por las similitudes y es, además, estimulada en este sentido por los protagonistas.

Una vez que su dupla con Petro ganó las elecciones, a Francia se la celebró y se celebró a sí misma con los mismos argumentos que a Harris: vicepresidenta, mujer, feminista y “afrodescendiente”.

La panoplia identitaria e interseccional sin la cual ninguna persona puede aspirar hoy a alguna posición de relevancia, bien sea en áreas tan decisivas como la política o en áreas tan específicas como la traducción de poesía (como lo demostró Amanda Gorman y los parámetros raciales y sexuales que exigió para poder traducir el patético panfleto en verso leído en la toma de posesión de Biden).

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Al conocerse los resultados, la ahora vicepresidente Márquez dijo a través de su cuenta de Twitter que: “Esta lucha no empezó con nosotros, empezó con nuestros ancestros”. Luego, en otro tuit, agregó: “Después de 200 años logramos un gobierno del pueblo. El gobierno de los nadies y las nadies de Colombia”.

Borrar de un plumazo la historia republicana de Colombia, como si hubiera sido un deleznable prólogo para la verdadera historia, la nueva historia que ella encarna, es un tic narcisista alarmante.

A la vez, inserta una división entre lo que ella considera el verdadero pueblo y el que no lo es, esos figurantes que sólo sirvieron como antagonistas o como premonición suya.

Este tipo de discurso es un patrón que está muy en boga. Forma parte del pensamiento mágico, infantil y perverso del populismo rampante de nuestros días, donde los malos y los buenos se enfrentan cíclicamente, en una eterna batalla, como en un cuento de Hans Christian Andersen.

*** Rodrigo Blanco Calderón es novelista. Su última novela es Simpatía (Alfaguara).

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