Las preguntas de la semana

¿Rajoy, vencerás pero no convencerás?

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Sí. Supongamos que hoy es 24 de junio. Quedan sólo dos jornadas para el “cansinismo” de tener que votar de nuevo. Es el día de san Juan Bautista, el santo que perdió la cabeza, aunque en esta fecha quienes estamos a punto de perderla somos los españoles. “Me-estoy-volviendo-loco-poco-a-poco-voto-a-voto…”. Como la canción. Mariano Rajoy asiste a un mitin en Salamanca. Hoy hará doblete. Primero en la capital charra y, luego, en Madrid, donde cerrará campaña. Serán dos de los pocos grandes actos electorales que el PP celebró con vistas al 26-J. El partido en el gobierno (medio año en funciones, se dice pronto) ha variado la táctica en esta campaña. El objetivo era dejarse ver poco. Del “cuanto peor, mejor” como táctica de gobierno se pasó al “cuanto menos nos vean, mejor”. Porque remover la memoria de los votantes, hasta el borde de pútridos recuerdos de corrupción, perjudica las expectativas electorales.

Volvamos a Salamanca. Muy cerca del Paraninfo Universitario, el alcalde de Béjar, un tío con muchos riñones (se apellida Riñones) se dirige a los asistentes y destaca que sólo el PP, en esta España amenazada por la disgregación, asegura las esencias de la patria. Interviene ahora el presidente de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, siempre cáustico y últimamente crítico con el líder “acarismático”. Herrera, en un acto de sublime disimulo, interviene para alentar a los militantes: “Muchachos del partido, hagamos cada uno en cada pecho un alcázar de las siglas del PP”.

Después, toma el estrado, las cámaras, los focos, el micrófono, todo, Mariano Rajoy. Cuando apenas ha pronunciado dos palabras, “queridos amigos”, se levanta de su asiento un distinguido señor de nariz afilada sobre la que cabalgan unos anteojos de carey. Y exclama: “Vencerás pero no convencerás. Vencerás porque tienes sobrada fuerza bruta, pero no convencerás, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitas algo que te falta: razón y derecho en la lucha”.

El salón de actos, primero, se queda en silencio y, a continuación, sordo, de gritos vociferando un “fuera, fuera” contra el elegante señor que interrumpió al candidato del PP a la presidencia del Gobierno… La mayoría de los avezados lectores habrán identificado el episodio histórico inspirador, cambiando el nombre de los actores, algún tiempo verbal y, por supuesto, la época. Aquel 12 de octubre de 1936 se celebraba el Día de la Raza en una Salamanca rendida a Franco. En el Paraninfo de la Universidad intervinieron, entre otros, el dominico Beltrán Heredia y el escritor José María Pemán. Justo al acabar éste, tomó la palabra el rector, Miguel de Unamuno, decisivo en la llegada de la República en 1931 y protagonista cinco años después de un inesperado y breve apoyo a los golpistas que la derribaron. Tras un breve preámbulo, don Miguel dijo aquello de “Venceréis pero no convenceréis…”.

Unamuno, acosado por los falangistas, a la salida de la Universidad tras el enfrentamiento con Astray.

Unamuno, acosado por los falangistas, a la salida de la Universidad tras el enfrentamiento con Astray.

El atrevimiento de Unamuno a punto estuvo de costarle la integridad física. El general Millán-Astray, fundador de la Legión, fue quien interrumpió el discurso del rector gritando “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!”, mientras militares y falangistas blandían sus pistolas. Carmen Polo de Franco, presente en la sala, cubrió con sus collares y sus pieles al intelectual y le sacó sano y salvo del recinto.

Es verdad que eran otros tiempos y otros sujetos, de mayor calibre en lo bueno y en lo malo. Pero algunos males permanecen, como la amenaza de ruptura de España. Hoy, como hace 80 años, Cataluña sigue empeñada en separarse, el País Vasco está en situación de espera gracias al bálsamo del concierto económico y en Galicia crecen las mareas nacionalistas. En términos democráticos sí que hay una diferencia abismal entre aquella España de 1936 y ésta de 2016. Entonces Franco estaba en vías de triturar el régimen legítimo republicano, que tantos errores había cometido en tan poco tiempo, en solo cinco años de existencia, y hoy afortunadamente gozamos de paz, de una Ley Magna democrática y de un sistema partitocrático… donde no hay democracia interna.

No hay democracia interna en los partidos, no, lo cual no es una nadería en un sistema constitucional, con su división de poderes, sustentado sobre el pilar de los partidos políticos. Esta es la perversión democrática que viviremos el próximo 26 de junio. Por deber ciudadano y por compromiso democrático hay que acudir a votar aunque los candidatos serán los mismos fracasados del pasado 20 de diciembre de 2015.

Todos, absolutamente todos los partidos, obrarán de la misma manera 'antidemocrática': para evitar jaleos internos, tan nocivos electoralmente, calcarán las listas. Y como borregos, pese a ello, el rebaño ciudadano debe acudir a votar. ¡Habrase visto!

Pero, de entre todos, la demostración más ofensivamente evidente de desprecio por el interés del elector la protagoniza Mariano Rajoy. Las cosas, como son. Salpicado por casos de corrupciones en todos los niveles del partido que preside y del gobierno que dirige se negó a dar un paso atrás que, seguramente, habría evitado nuevas elecciones y posibilitado la formación de un gobierno del PP y de Ciudadanos con la participación activa o pasiva del PSOE.

Sencillamente, Rajoy pasó. ¿Por qué pudo hacerlo? Porque en esta democracia edificada sobre los partidos no hay democracia interna en la base. Obedeces o no entras en las listas. El que se mueve no sale en la foto, amenazaba ya en los 80 Alfonso Guerra.

“Al llegar al final de la cuerda, haz un nudo y aguanta”, escribió el presidente Roosevelt. Es el que se ha hecho Rajoy sin tener en cuenta que el nudo ciñe el cuello y ánimo de los españoles. Ganarás pero no convencerás.

Hace unos días, en un pueblo de Guadalajara, un militante de base del PP y el jefe local del partido mantenían este intercambio verbal: “Me pregunto yo que si el 26 de junio se repiten los resultados y nadie quiere pactar con el nuestro, ¿qué coño vamos a hacer?”. “Pues se repiten las elecciones hasta que nos salgan bien”.

Muy cerca de esta localidad, en el verano de 1936, aparecieron dos camiones con militantes de la FAI para fusilar a los fascistas del pueblo. Como no los encontraron, fusilaron a otros. “Los hemos fusilado porque después de los fascistas, eran los peores”, se justificaba el jefe de la escuadra al regresar a Madrid. Era la obcecación por matar. Ochenta años después, la obcecación es por presentarse. Es otra manera de fusilar, anímicamente. Y, sin embargo, habrá que votar a los Hunos o a los Otros, como escribía precisamente Miguel de Unamuno.

¿El bebé de Bescansa?

Bescansa, con su bebé, en el hemiciclo.

Bescansa, con su bebé, en el hemiciclo.

Sí. ¿Quién nos iba a decir el pasado 13 de enero de 2016, al contemplar el espectáculo variopinto de la constitución de las nuevas Cortes, que lo único que quedaría de todo aquello sería el bebé de Carolina Bescansa? Diego, así se llama la criatura de la dirigente de Podemos, estará a punto de cumplir su primer añito cuando su madre vuelva al hemiciclo en otra sesión inaugural. El bebé habrá cambiado y todo seguirá igual. El bebé habrá progresado “más que toda la cámara junta”, como admite la madre orgullosa. La criatura ya se pone de pie y balbucea sus primeras sílabas. Ma-ma. Pac-to. A ver si aprenden de Dieguito los padres y las madres de la patria.

¿Salvar al soldado Sánchez?

No. Pedro Sánchez es la malquerida de la política española. Quien le quiere, es para abusar de él, como la obra de Benavente. Verbigracia: Pablo Iglesias. Estaba dispuesto a ser su vicepresidente y ahora, tan devaluado lo ve, que él le ofrece ser su vicepresidente. En el PSOE, Susana Díaz, la lozana andaluza, también le quiere, pero de “toy boy”, de chico de los recados. Todos han actuado contra él, principalmente los votantes. La puerta que tiene más cerca no es la del Congreso ni la de la Moncloa, sino la del Inem.

¿Bertín se pasa?

Carlos Herrera cocina en la casa de Bertín Osborne.

Carlos Herrera cocina en la casa de Bertín Osborne.

Sí. Es cierto que hay gustos para todos, pero la escenita de la cocina debería suprimirla de una vez, en tu casa o en la de quien sea. No saber encender la placa y presumir de ello puede demostrar tres cosas: que se es tonto, que se es un pijo redomado o que se es machista. Juntas o por separado no son buenas ninguna para el gran Bertín.