Zona de confort

La embarazada

Dejo a los terroristas islámicos con su fanatismo y sus crímenes y su achicamiento de Alá, y a nuestra pseudoizquierda con sus minutos de silencio escandaloso y sus pisarelladasy sus “pero” en el segundo renglón. Ya habrá tiempo de volver sobre ellos, porque van a seguir. De hecho, no han parado. Pero (¡yo también tengo un pero!) hoy me quedo con la embarazada, que ya está a salvo de los tiros y del balcón; aunque no del resto de la vida. Esta es precaria siempre: una de las tensiones que el nihilismo no soporta.

En estos días de tristeza y rabia (y de alucinamiento con nuestros alienígenas) he llegado al final de En busca del tiempo perdido, que empecé antes del verano. Han sido meses franceses y parisinos, de manera que puede decirse que los atentados me han pillado allí. Mental y vitalmente. La visión de Proust es compleja, conflictiva: la vida aparece con todo, lo bueno y lo malo, el amor y el odio, la virtud y el vicio, el placer y el sufrimiento; y todo sujeto al tiempo que pasa y destruye y renueva y se pierde. Mucho lío para las cabezas dogmáticas, sean del Islam o de la escolástica marxista.

En las últimas páginas, cuando Marcel ha alcanzado la comprensión que le decide a emprender la obra, se siente embarazado. No utiliza esta palabra, pero escribe: “Ahora, sentirme portador de una obra hacía para mí más temible un accidente que me costara la vida, lo hacía hasta absurdo (en la medida en que esta obra me parecía necesaria y duradera)”. Nietzsche sí empleó la palabra en este fragmento póstumo: “En estado de embarazo nos escondemos y somos miedosos: pues sentimos que, si nos defendemos, perjudicaremos a aquello que amamos más que a nosotros mismos”.

La mujer fue cobarde y valiente, se escondió en el peligro (huyendo de otro peligro), fue ayudada, se salvó. No es una metáfora: fue una vida colgando, con otra dentro; mientras abajo unos mataban y otros morían o huían entre disparos. Arcadi Espada escribió el martes: “André Glucksmann ha muerto sin demostrar que el terrorismo islamista fuera un nihilismo. Cuando a lo que más se asemeja es a un contrato entre la vida arrebatada y el más allá”. Pero si algo desenmascaró Nietzsche fue el nihilismo que late en esos “contratos” con el más allá, con el trasmundo. Los terroristas son nihilistas. La mujer que intenta salvar su vida y la vida que lleva dentro, la vida futura, es justo lo contrario.

Se habla de lo temibles que son los asesinos islamistas, porque no les importa morir. En realidad están cagados con la vida: no soportan su inestabilidad, su ambigüedad, su complejidad, sus tensiones proustianas. Más temibles (aunque también más vulnerables) son aquellos a los que sí les importa vivir.