La columna

La gramática de la carne

Todavía quedan hombres que conservan intacta la utopía y aspiran a convertir el agua del mar en limonada. Son los que más peligro corren, pues las muelas empastadas de la Historia acechan en cada momento, dispuestas a triturar la utopía hasta dejarla hecha un trapo; una bandera rota.

La utopía de la justicia social es el resultado de una suma de emociones. Sucede cuando el colectivo se hace orgánico. Entonces la alquimia del verbo funciona y la parte más popular representa “el todo” en nombre de la hegemonía. Cuando un grupo de profesores alumbraron su discurso con los soles del kilómetro cero, la #SpanishRevolution se articuló como respuesta a esa provocación que fue el miedo al vacío tras la muerte de Franco.

Ante tal conquista hegemónica, la reacción no se hizo esperar. Los bien-pensantes se pusieron a señalar manchas rojas en las corbatas de aquellos profes. Señalando manchas ajenas, ocultaban las propias, del mismo color que deja el miedo en los calzoncillos.

La otra noche, algunos de estos profesores cenaron en un restaurante de Madrid con Antonio G. Ferreras, un hombre que informa, porque es periodista, y que además pagó la cena. Hablaron de la política, esa vieja puta que Maquiavelo desvirgó en nombre de la ciencia. Convirtieron la sangre en vino y el agua mineral en limonada. Sobre el mantel de la riqueza denunciaron la miseria a sabiendas de que las hambres hacen al hombre servil y las revoluciones se hacen con el estómago lleno. Alcanzaron la alquimia del verbo acercando un poquito más la lejanía. Porque en reuniones así, sólo los tecnócratas son neutrales y Antonio G. Ferreras es poco tecnócrata. Es un heterodoxo que ha comprendido a Gramsci y a Fourier. Además, de su memoria cuelgan las banderas rotas del ¡No pasarán! La herencia también cuenta.

Seguidamente, los reaccionarios aparecieron con su argumento anémico, como si cenar en un restaurante de postín fuera monopolio de las dentaduras de siempre; las que acechan con las muelas empastadas del franquismo, deseando triturar la utopía. Cuando empezó el jaleo tonto, Ana Pastor sacó las uñas. La sangre caliente saltaba a 140 para defender al hombre con el que comparte la gramática de la carne y del oficio. Ya puestos, me voy a tomar la osadía de contestar a su tweet con este otro: No, Ana, no. Eso tampoco ha de ser noticia. Noticia es que Rato se reúna con el Ministro del Interior para empastarse la muela del juicio.