La tribuna

El carisma, ese gran conocido

David Jiménez Torres
El carisma, ese gran conocido

Ilustración

No nos engañemos: nuestra época está hambrienta de carisma. Lo está como lo ha estado cada una de las anteriores zancadas del ciego y convulso andar de la Humanidad. Hoy en día lo llamamos con otros nombres (“liderazgo”, “magnetismo”, “ser mediático”) pero acaba siendo lo que siempre ha sido: la propensión a seguir a un individuo, a desarbolar la capacidad crítica y aceptar la visión que nos propone el otro, en base al atractivo que logra transmitirnos. El “yo creo en esta persona”. El “yo seguiré a este desconocido”.

Nuestra propensión al liderazgo carismático se debe, en parte, a ciertos factores inmutables del ser humano (como la dulce distensión existencial que supone engancharse a un líder o a un proyecto) pero también por la entronización que hace nuestra sociedad de la “experiencia”. Es la otra cara de la moneda del hedonismo posmoderno: cuando hasta los nuevos lavabos de pago de la estación de Atocha se describen como “una experiencia única”, entendemos que vivimos en un mundo que prima la sensación sobre el raciocinio.

Y esto, que por un lado conduce a un saludable optimismo, también tiene sus contrapartidas. Porque existen pocas experiencias tan poderosas, tan capaces de justificarse por sí solas debido a su intensidad, como la interacción con un individuo carismático.

Hoy Obama, mañana Blair

Un ejemplo personal: en 2008 asistí a un mitin de Barack Obama, quien por entonces todavía disputaba a Hillary Clinton la nominación presidencial del partido Demócrata. Yo por entonces no comulgaba con las ideas del futuro presidente, e iba con toda mi arrogancia de veinteañero dispuesto a torcer el gesto y negar con la cabeza ante este fenómeno de masas que tanto entusiasmaba a mis compañeros de universidad.

No pensaba darle a ese invento de los medios (pensaba por aquel entonces) ni un mísero aplauso. Dos horas de impecable oratoria y carisma a raudales después, daban igual las ideas: lo importante era el misterioso ritmo, como de aguas que se juntan tras el paso de un barco, de las frases de aquel monigote lejano; sus facciones resueltas que colmaban las pantallas del auditorio, la calidez de la entrega, la sencillez del fervor. Fue uno de los subidones de mi vida. Cuando al final Obama desapareció entre bambalinas estuve a punto de gritar “¡ooootra, ooootra!”; y por supuesto que me dolían las manos de tanto aplaudir.

El carisma puede ser tanto un factor a favor como un factor en contra, puesto que su llegada es tan impredecible como lo es su abandono

Este hambre de carisma de nuestro tiempo introduce una variable imprevisible en las expectativas de las dos nuevas fuerzas de la política española: Ciudadanos y Podemos. Resulta evidente que las fortunas de ambos partidos han dependido, y dependerán durante los próximos meses, del carisma de sus respectivos líderes. Se dirá que estas fuerzas son producto de la crisis institucional y económica que vivimos, pero eso no desmiente la importancia del carisma en su ascenso: es precisamente en tiempos de crisis cuando más propensos nos volvemos al liderazgo carismático. Y esto se puede notar en cualquier conversación: ¿cuándo fue la última vez que hablamos de cualquiera de estos dos partidos sin comentar la impresión personal que nos provocaba su líder?

Pero el carisma puede ser tanto un factor a favor como un factor en contra, puesto que su llegada es tan impredecible como lo es su abandono. Los cementerios políticos están llenos de líderes que un día despertaron y sólo vieron la huella en la almohada de esa fuerza promiscua y caprichosa. Uno de los mejores ejemplos contemporáneos es Tony Blair: hubo un momento a finales de los 90 cuando Blair parecía el trasunto contemporáneo del flautista de Hamelín.

Este verano, sin embargo, cada una de las admoniciones de Blair a su partido para que no eligiera al izquierdista Jeremy Corbyn como secretario general sólo sirvió para reforzar la candidatura de éste; el comentario más habitual en las redes sociales era: “si Tony Blair te dice que algo está mal es que probablemente está bien”. Y es que el amor arbitrario, injusto e insuperable del carisma sólo se puede sustituir por un rencor y una indiferencia igualmente arbitrarios, igualmente injustos, igualmente insuperables.

Una política sin carisma

Es posible, por tanto, que un día la musa abandone a Iglesias y a Rivera, y que las expectativas de sus partidos se desvanezcan en el éter junto a ella. Al fin y al cabo el carisma depende en gran parte de la sensación de novedad que sea capaz de transmitir el que lo ostenta; una experiencia “única” deja de serlo cuando… deja de serlo. Quizá es algo que ya empezamos a ver con Iglesias, quien se desgañita por encontrar el gesto, la mirada, la consigna que le saque del punto muerto en el que parece haberse atascado el proyecto Podemos. No es casualidad que se haya tenido que parapetar en recientes envites electorales tras candidatos que, por más nuevos, pueden ser más carismáticos (o, en este caso, carismáticas).

Y es probable (esto lo sentiré bastante más) que suceda algo parecido con Albert Rivera a lo largo del dilatado invierno electoral que se nos avecina. Muchos acabarán cansándose de sus buenos modales, de su cándida franqueza; encontrarán odioso todo lo que antes les parecía atractivo, le dejarán de hacer caso sólo porque antes le hacían caso.Sería una verdadera lástima que la posible renovación de la política española se quedara en un chasco por las veleidades del carisma. Pero quizá es mejor que nos vayamos preparando para desterrar el carisma como variable electoral; quizá eso suponga en sí mismo una renovación. Por utópico que resulte en la democracia de masas, cuanto menos nos centremos en la pirotecnia de los debates televisivos y más discutamos la prosa apretada de los programas electorales, más serio será el país que emerja del 20 de diciembre.

***David Jiménez Torres es doctor por la Universidad de Cambridge y profesor en la Universidad Camilo José Cela.