Zona de confort

El adversario del 'seny'

A estas alturas, con la aceleración del delirio independentista en la recta final de la campaña electoral catalana (que más que recta parece montaña rusa), podemos definir el nacionalismo catalán como un proceso de demolición del seny.

Debe de ser fastidioso para un nacionalismo -que, en tanto nacionalismo, es un coágulo de irracionalidad- que la virtud característica de la "nación" que enarbola tenga que ver con la cordura. Sólo había dos maneras de salvar el obstáculo: la transacción con la realidad (es decir, con España) o el autoengaño.

Mientras estuvo gobernando un político astuto como Jordi Pujol, se impuso el juego de las transacciones (algunas, todo hay que decirlo, en beneficio personal). Una fórmula que parecía la expresión misma del seny. Su problema es que requería habilidad. Con Artur Mas, de avezada torpeza, solo cabía lo más fácil: el autoengaño.

Hace tiempo que no se oye hablar del seny a ningún nacionalista. Esto es sintomático. Pero su empeño en negar la realidad, en afirmar que su locura es razonable, nos hace pensar que aún se consideran henchidos de seny. Han encontrado el método perfecto para acabar con ese obstáculo: demolerlo en la práctica, pero con la conciencia de que actúan de acuerdo con él.

No es de extrañar la agresividad que exhiben contra quienes intentan pincharles la burbuja. Se lo juegan todo en preservarla. Lo más escalofriante es comprobar cuántos hay ya, del president Mas para abajo, que dependen del delirio. Fuera de él no son nada, carecen de lugar. La intensificación del frenesí, hasta los extremos patológicos a que estamos asistiendo (alucinantes en una democracia europea), sólo se explica por la desesperación. No tienen ya otra salida que acelerar contra el muro.

Me recuerdan, sobre todo Artur Mas, a Jean-Claude Romand, el hombre sobre el que Emmanuel Carrère escribió El adversario. En un momento dado de su vida mintió y esa mentira le hizo entrar en una vía muerta. Durante veinte años fingió que salía de casa para ir a trabajar. Pero no iba a ningún sitio. Cuando regresaba, su familia pensaba "que venía de otro escenario donde interpretaba un papel distinto, el del hombre importante. Pero no existía otro escenario, no existía otro público ante el cual interpretar otro personaje. Fuera, se encontraba desnudo. Volvía a la ausencia, al vacío, al blanco, que no eran un percance de ruta sino la única experiencia de su vida". El final de la novela no lo digo. Aunque muchos lo sabrán.