GOLPE DE ESTADO EN TURQUÍA

Hablan los ‘soldados’ de Erdogan: “Así desenfundé mi espada por el Corán”

Incontables turcos tomaron las calles la noche del viernes para frenar el intento de los militares insurgentes por tomar el control del país, en una muestra de apoyo a su controvertido presidente.

Fahri se lanzó a la calle para frenar el golpe de Estado en Turquía.

Fahri se lanzó a la calle para frenar el golpe de Estado en Turquía.

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Eran las 12 de la noche, la hora más tensa del golpe de Estado, cuando Fahri Kiliçoglu plantó sus pies en la inmediaciones del Parlamento turco. Los militares estaban ahí, a unos cientos de metros, con sus fusiles de asalto en la mano. Las bombas caían, en ese mismo centenar de metros, haciendo temblar el suelo de Ankara.

Pero Fahri no se amedrentó. Resistió, estoico, y doce horas después seguía en el Parlamento, con una bandera turca, sin soldados a la vista, y ahora arropado por miles de islamistas que celebraban el triunfo de la democracia. Un triunfo en el que el pueblo turco jugó un importante papel. Y Fahri es el pueblo o, como dice, un nieto del conquistador de Estambul Fatih Sultan Mehmet, una expresión que el presidente, Recep Tayyip Erdogan, no deja de repetir.

En la noche más tensa que haya conocido Erdogan, miles de sus incondicionales salieron a las calles de Turquía para advertir que no abandonarían a su presidente. Fahri ni siquiera esperó a la llamada pública a la resistencia que hizo su líder. En cuanto el zumbido de los aviones F-16 llegó a su casa y vio a los uniformados cortar los puentes del estrecho del Bósforo, se cambió de ropa. Salió a la calle. Cogió un taxi. Y llegó al centro de Ankara. “Ya sabía yo que algo no iba bien. Entendemos de asonadas. Cuando llegué el Ejército nos atacó. Luego llegó la Policía -aliada del presidente-, y juntos vencimos a los militares”, rememora, bandera en mano, y aplaudiendo a los diputados que abandonan el área en coches oficiales.

Fahri, haciendo honor a su apellido, Kiliçoglu -hijo de la espada-, desenfundó rauda su pasión por Erdogan, un líder tan amado como odiado. Se jugó la vida por el hombre que ha incitado a los musulmanes a mostrar en público su credo con orgullo. Porque para Fahri la vida cobra sentido desde el Corán: “Es el ejemplo que debemos seguir. Un código de respeto a la humanidad. Te digo una cosa, y no me falles, cuando llegues a España tienes que hablar con tus amigos del Corán, mostrarles el verdadero camino”.

Para los musulmanes, mostrar lo que consideran como camino de la verdad no es una opción, es una obligación. Le comento que para extender el mensaje que él quiere primero hay creer. “Sería el hombre más feliz del mundo si al menos una persona conociese la verdad”, responde.

A sus 38 años, espigado, con barba de varios días, y sin dormir, recuerda el camino más noble que un ser humano puede llegar a tener: el de la yihad, que si bien hoy se usa para la guerra dirigida por ciertos grupos islamistas, su significado original es el de tener una vida lo más cercana a los preceptos de Alá. A Fahri le encantaría tener esa vida, pero, como reconoce, no siempre es fácil llegar a ella en la actual sociedad.

Fahri es una persona agradable, respetuosa, que parece ser todo menos un radical islamista. Pero al abandonar el tema religioso para hablar del golpe de Estado, de lo que se tiene que hacer con los golpistas, de la polarizada sociedad turca, su discurso cambia: “Corregiremos el comportamiento de todos los que se oponen a nosotros. Los kemalistas, los kurdos. El pueblo turco es noble y no se vende a esa gente que nos quiere destruir”.

Inicialmente, este giro de 180º, la agresividad que ahora brota de su boca, de dientes amarillentos pero bien alineados, puede reprocharse a la tensa noche, de intermitentes destellos anarajandos. Cuando más tarde dice que nunca perdonará a los soldados golpistas, que odia a Fethullah Gülen -considerado por Erdogan como autor intelectual de la asonada-, que “Erdogan se encargará de todo”, comienza a emerger qué sucede en realidad con él: el discurso violento que ahora pronuncia no es suyo, es una adaptación de las palabras del nuevo Recep Tayyip Erdogan.

El líder turco, en el poder desde 2002, no sólo ha sido la mayor revolución democrática en la historia de la República, sino también el ejemplo más evidente de los efectos secundarios del poder: de entregar derechos a las minorías, de buscar la inclusión en una sociedad que nació con el germen del rechazo a las diferencias, pasó a recordar el tú y el yo, a olvidar el nosotros, a insultar a los armenios, a potenciar el islamismo en detrimento de todo lo demás.

EL AUGE DE ERDOGAN

El hoy presidente llegó al poder por el desgaste del kemalismo, el movimiento heredero de Mustafá Kemal Atatürk que negó la diversidad étnico-religiosa de Anatolia. El concepto una raza, una nación, una lengua, que ahora recupera Erdogan, estaba obsoleto. La corrupción, el clientelismo y el desencanto de los islamistas, rechazados por los kemalistas en la vida pública, fueron conformando el terreno para el triunfo de Erdogan.

Durante sus dos primeras legislaturas, dirigió el primer giro aperturista desde la fundación de la República. El genocidio armenio, la causa kurda o la composición social de Anatolia fueron llevados a la opinión pública, a la discusión de calle. Por eso muchos kurdos confiaron en él. Pero de ese líder, austero, cercano, ya poco queda.

El Erdogan de los últimos tiempos es una persona con una retórica cada vez más agresiva. Lo es porque los turcos aprecian a un líder con esas características. Gürkan, otra persona que anda por el centro de Ankara apoyándole, dice que “se gana el corazón de la gente porque cae simpático”. Oriundo de Malatya, en de la profunda Anatolia, Gürkan se olvida de que si bien la mitad del país moriría por él, como quedó demostrado en la noche del 15 de julio, la otra mitad querría acabar con él. Pero aún no saben cómo.

El gran éxito del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) ha sido escuchar a la profunda Anatolia. Decenas de Gobiernos apenas prestaron atención a esa población religiosa, amante de la tradición. Los proyectos en regiones como Malatya, Adiyaman o Elazig han creado empleo y desarrollo. Esto se traduce en votos, en apoyo el día del fallido golpe. Fahri, oriundo de Yozgat, a varias horas de Ankara, reconoce parte del éxito ahí, en escuchar al pueblo al que nadie prestó atención.

Un civil azota a militares involucrados en el golpe.

Un civil azota a militares involucrados en el golpe. Reuters

Pese a ello, Erdogan se ha olvidado de los otros: los kemalistas y kurdos. La sociedad turca, pese a la edulcorada muestra de unión que vive estos días, está hoy un poco más polarizada que antes de la asonada. El pueblo es algo más agresivo, tal y como parece su presidente. Los manifestantes cortaron la cabeza de al menos un militar. Uno de ellos, retratado en imágenes, fustigó a los soldados rendidos, arrodillados. En la calle, después de su victoria, algunos se encaran con los militares, y todos aplauden cuando pasa la Policía, el cuerpo de seguridad leal a Erdogan.

El líder religioso Fethullah Gülen y sus simpatizantes, conocidos como gülenistas, eran el gran blanco de las críticas. La gente olvidaba que durante una década Erdogan y Gülen, los dos nombres más influyentes de Anatolia, establecieron una interesada amistad para eliminar el poder del kemalismo. Pero ahora, en plena lucha de poder, son enemigos.

Mientras ando con una serie de manifestantes, todos ellos jóvenes, me recuerdan que estoy aquí para crear problemas, que soy un agente secreto. Me insultan e incluso hablan con un Policía para que me aleje de ellos. Uno, de 19 años y llamado Serkan, quiere ver a los golpistas colgados, recuperando una de las tradiciones turcas de las que hoy muchos se avergüenzan. Estos jóvenes islamistas, que parecen no comprender el mensaje del Corán, nacieron en la época de dominio del Partido Justicia y Desarrollo (AKP). Desconocen el significado de ser minoría en Turquía, lo más parecido a vivir en un infierno. Los kurdos pueden explicarlo con detalle.

Esta nueva generación es violenta, sobre todo aquellos obnubilados por Erdogan, aquellos que se benefician de su sistema clientelista, y ve a los demás como enemigos. Es la polarización, esa tradición turca que el presidente comenzó a borrar. Pero la goma se le acabó antes de tiempo para dibujar su nueva Turquía, bien parecida a la antigua que quiso derrocar.

Fahri no es tan joven, y pese a hablar como un forofo, pide que no cuelguen a ninguno de los 3.000 golpistas detenidos. Tampoco a los 3.000 jueces y fiscales encarcelados por ser cercanos a Gülen. Fahri conoció el significado de ser minoría en Anatolia, de ser despreciado en público por la élite clientelar derivada del kemalismo.

Nuestra conversación es interrumpida en varias ocasiones. Hay que corear el nombre de Erdogan, gritar con fuerza "Alá es grande". Fahri está feliz. Junto a él muchas personas. Todas con un discurso uniforme. Todas felices. Hay gente con barba, sin ella, mujeres con velo, sin él, con el takke -gorro musulmán-, sin él. Pero no hay kurdos, no hay kemalistas, en la fiesta del presidente que resistió al golpe de Estado. Como dice Fahri: “Ve a la gente que está aquí. Pues todos apoyan a Erdogan”.