Hablando sobre España

Fuentes: "El riesgo es que doña Letizia suponga una sobredosis de lo que necesita la monarquía"

"El PP quiso forzarle la mano al rey y el rey no se dejó. Hay una herida entre la derecha y la Corona" / "Pablo Iglesias es un Felipe González muy pequeñito. Esperemos que crezca y que no acabe siendo el Peter Pan de la política española"/ "En el dilema entre prudencia y audacia, Felipe VI tendrá que tomar la iniciativa".

Fuentes, en la puerta del Palacio Real.

Fuentes, en la puerta del Palacio Real.

Tiene 60 años y nació y se crió en Barcelona. A los 25 ya estaba todo hecho: la carrera de Historia, la mili, el matrimonio (“mi mujer es el gran éxito de mi vida”) y la vida en París, donde se doctoró con una tesis que acabó siendo la biografía política e intelectual de José Marchena. Quedó “abducido” por el político liberal y afrancesado, y de esa fascinación temprana por el intrépido pensador andaluz data un “estilo narrativo” propio que convierte a Juan Francisco Fuentes en un historiador español cuyos libros se leen como novelas.

“Efectivamente, Marchena está en el origen de todo: es un personaje que pasa de la Ilustración al liberalismo, que vive en España y Francia, que participa, celebra y sufre la Revolución Francesa en un momento inaugural del mundo contemporáneo, y a partir de ahí empieza una historia que a mi me embarca en una aventura del conocimiento que me ha llevado hasta el final”, explica Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid. “Una historia que yo quiero saber cómo acaba, que es la historia del mundo contemporáneo. Obviamente, no puedo saber cómo acaba, pero por lo menos puedo ir enterándome de los sucesivos capítulos”.

Es demasiado comedido como para aceptar con gusto la comparación con Paul Preston o con Simon Sebag Montefiore, pero menciona- en un murmullo casi- a Christopher Clark (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutenberg). A ellos se acerca en esa manera anglosajona (y amena) de contar la historia desde su formación francófona y marxista.

El resultado de esa doble escuela y de una objetividad aún escasa en nuestro país es que sus libros -como la magnífica biografía política de Adolfo Suárez: Biografía política (Planeta, 2011)- se leen de un tirón.

Me ha pasado otra vez con el último, el que hace el número 12 de su colección. Se llama Con el Rey y Contra el Rey, Los socialistas y la monarquía, De la Restauración canovista a la abdicación de Juan Carlos I (1879-2014) (La Esfera de los Libros). Acaba de publicarse esta semana, y es el libro perfecto para los protagonistas de nuestra actual vida política. Felipe VI, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera, Alberto Garzón, Xavier Domènech y así hasta las 350 señorías de un Congreso de los Diputados que da ya sus últimas bocanadas.

Con el rey y contra el rey

Es imposible leerlo sin hacer “presentismo”: en el hinterland de Alfonso XIII; en el pasado remoto de la II República, de la la Guerra Civil, del franquismo y del exilio, y en el más reciente de la Transición, del juancarlismo y del felipismo, del aznarismo y del zapaterismo. Roza al final el marianismo y la abdicación de Juan Carlos I en un ligero apunte que claramente pide más: una biografía completa, allí donde la dejó Preston, del rey emérito.

Para eso habrá que esperar. Fuentes dice que se queda “vacío” cuando acaba un libro. El esfuerzo, dice, vale la pena. El secreto para que un libro enganche al lector es que el autor “se divierta mientras lo escribe. Si tú no diviertes, él tampoco. Si enganchas al lector puedes llevarlo a un cierta pedagogía que creo que es necesaria desde la historia”. El, claramente, disfruta a lo grande.

Hablamos en Madrid esta semana y se dejó fotografiar- dónde si no- junto al Palacio Real de Alfonso XIII. Venía cansado de un largo viaje de California y había pasado la noche anterior sin dormir, pero nunca perdió el hilo de la conversación ni esa prudencia que exhibe apoyado en el cartel de entrada a palacio: “Acceso restringido”.

Estos son extractos de la conversación con EL ESPAÑOL esta semana:

Explica en su libro cómo quedó grabado en la familia Borbón el relato de Alfonso XIII y su arrepentimiento por no “hacer un Pablo Iglesias” en vez de “un Primo de Rivera”. ¿Cómo acabará la historia de la monarquía y la izquierda en España con este Borbón?

Nadie sabe cómo va a acabar eso ni lo que está pasando ahora. Sinceramente, ésa es la verdad. Los historiadores no anticipamos el futuro. Decía don Juan Valera que la historia es la ciencia que permite adivinar el pasado. Tenemos que tener la modestia de reconocerlo. Pero sí estoy profundamente convencido de que nadie sabe cómo va a acabar esto.

Eso supone una novedad preocupante en la vida política española porque la democracia es un régimen generalmente previsible y predecible. Nuestra democracia ha dejado de serlo. Eso es un factor novedoso e inquietante. Para unos será una incertidumbre llena de esperanzas porque permite esperar un cambio y para otros será un riesgo o un peligro de perder lo que tenemos. Las democracias se mueven muy mal en ese grado de incertidumbre.

Tras el error de Alfonso XIII; la cohabitación juancarlismo-felipismo, la frialdad con Aznar y el republicanismo cívico de Zapatero, el primer gobierno de Felipe VI. ¿Vuelve el cisma Corona-derecha con la nominación de Pedro Sánchez el pasado 2 de febrero?

Decía Talleyrand que los Borbones nunca aprenden. Es una frase que yo he tenido muy presente escribiendo este libro porque Juan Carlos I aprendió mucho de su padre y de su abuelo. Lo hizo más por intuición que por formación. Felipe VI es un hombre con una buena formación y tal vez menos intuición. Yo creo más en la intuición que en la concepción cartesiana de la política.

Felipe VI tiene ese pequeño handicap o déficit respecto a su padre, aunque comparte la ventaja de tener lidiar con una generación que es la suya, como le pasó a su padre en la Transición. Las complicidades generacionales son muy importantes. Felipe González decía que el poder se ejerce siempre generacionalmente. En el famoso debate de los cuatro candidatos [Antena 3, con Soraya Sáenz de Santamaría] se veía claramente que había una nueva generación que iba a compartir, a pactar o a enfrentarse, pero que iba a escenificar un drama- esperemos que feliz- sobre el poder.

¿Hizo bien Felipe VI en respetar la Constitución y no ir a elecciones vía Cortes como prefería Rajoy?

Sí, creo que el Gobierno o el PP quiso forzarle la mano al Rey y el Rey no se dejó. Yo creía que la historia de las malas relaciones entre el PP y la Corona había terminado con Aznar, y que Rajoy el PP había pasado página, y empiezo a pensar que no es así.

Una parte de la historia de mi libro es cómo la mala relación entre republicanos y socialistas [en el primer tercio del siglo XX] llevó a los socialistas hacia el centro político y hacia el entendimiento con los monárquicos, y cómo la mala relación entre la Corona y la derecha llevó a la Corona a aproximarse a los socialistas. Los dos actores huían de aquéllos que podían considerarse como los suyos. Esa en parte la razón de un desencuentro que se fue fraguando en décadas.

La Corona no tenía que haber entregado el poder en 1917 a los socialistas para salvar el régimen alfonsino, pero hacía falta una transición democrática que a lo mejor hubiera llevado a una victoria socialista algún día. Eso es lo que Alfonso XIII hizo mal. Y esa es la lección -una transición democrática que era posible en el 17 y que ya era imposible en el 30- que aprendió Juan Carlos de Borbón de su padre.

En esta reedición de las malas relaciones con Rajoy podemos remontarnos a la ruptura entre Alfonso XIII y Antonio Maura en 1909.

Es un antecedente importante. Conviene recordar que la fundación cultural del PP durante muchos años se ha llamado Antonio Cánovas, que el modelo constitucional del PP era el régimen de la Restauración, que Aznar prologó una edición de las obras de Antonio Maura y que ahí hay una herida entre la derecha y la Corona que no acaba de cicatrizar del todo. El maurismo y el canovismo son dos de las principales fuentes políticas de la derecha. No hay que olvidar tampoco la actitud antidinástica que viene de la Falange.

En la primera encuesta sobre la monarquía de este diario sólo aprueban a la monarquía PP y C's. La suspenden PSOE, Podemos e IU. Un panorama difícil.

Felipe VI ha heredado una monarquía muy singular que yo he llamado alguna vez monarquía meritocrática. En un país tradicionalmente con pocos monárquicos, el rey se tenía que ganar el cargo. Su padre lo hizo con muy buena nota, posiblemente hasta 1996 aunque el final ha sido terrible. El dilema que se le plantea a Felipe VI, un dilema dificilísimo, es el grado de prudencia y el grado de audacia con el que tiene que actuar para ganarse esa especie de reválida permanente que es inherente a esa monarquía meritocrática.

¿Qué le dice su instinto de historiador?

Yo creo que tarde o temprano tendrá que tomar la iniciativa.

¿Cómo puede tomar la iniciativa un monarca limitado por la Constitución?

A través de algo muy importante que no se sale de su papel constitucional: una política de gestos. La importancia de lo simbólico en la política. Decía un filósofo alemán, Ernst Cassirer, que el hombre es un animal simbólico. Al fin y al cabo la monarquía se justifica por su simbolismo. Si tiene un activo y un capital político es ése.

Hasta ahora Felipe VI se ha manejado con extrema prudencia y yo creo que le ha ido relativamente bien. Si pensamos en qué condiciones se produjo la abdicación, cómo estaba la Corona hace dos años, creo que se ha producido una cierta estabilización de la institución. El saldo es favorable, pero está por ver que sea suficiente. En esa encuesta era importante que Felipe VI saca mejor nota que la institución. Esa es la cuestión.

Felipe VI ha recibido una pesada herencia.

Algo que le puede ayudar es esa complicidad generacional, sobre todo si es verdad que estamos en una segunda transición.

¿Reinar con un gobierno formado por Podemos, PSOE, IU sería bueno para Felipe VI? Carmen Díez de Rivera ya me decía en 1999 que España hacía falta “un político con una coleta”.

Si la coleta se entiende como símbolo de una generación, de un símbolo de hacer política, de un cierta frescura en la concepción de la política, entonces se puede aceptar esa teoría. Lo que pasa es que hay algo más que eso: esa izquierda en su conjunto [PSOE, Ps e IU], aparte que es muy heterógenea, tiene diferencias muy grandes en problemas muy serios como el territorial. En 1977 el PSOE acaba la heterogeneidad tradicional de la izquierda.

Entonces la izquierda nueva se parece más a la de los años 30.

Hay algo de eso, pero afortunadamente la situación del país no tiene nada que ver con la que tenía en los años 30. Hay una nostalgia de una concepción épica de la historia que a mí me parece peligrosa, porque al final la épica siempre deja muertos por el camino. Hay sueños que acaban en pesadillas. El siglo XX ya nos lo sabemos bien y sabemos cómo acabó. Y conviene no repetir historias y experimentos que ya fracasaron.

¿Hay futuro en el PSOE?

Yo no veo a corto plazo una recuperación ni electoral ni de proyecto ni de valores del partido socialista, que tiene dos problemas heredados muy graves y que no creo que pueda resolver: uno es el de toda la socialdemocracia, cuya estructura de clases que ha desaparecido. Tiene que reinventarse. El otro es generacional. La actual generación de socialistas españoles no tiene las hechuras necesarias para resolver problemas muy graves del partido y del país. La izquierda va a estar sometida a una presión fortísima. Hay un déficit de proyecto.

¿Entonces puede Pablo Iglesias ser el siguiente Felipe González?

En principio no lo veo. Que tiene maneras, no lo niego. Sobre todo tiene una cosa que tenía también Felipe- además de confianza en sí mismo y capacidad de comunicación-, una pulsión política, una pasión por el poder, y no lo digo como crítica, fortísima. Eso es un requisito en todo político que quiera hacer cosas. A veces recuerda a Felipe González, pero por deformación personal pienso en Alejandro Lerroux, el populismo republicano pseudo-revolucionario del primer Lerroux. Esa es mi impresión.

Cuando pienso en las relaciones entre los republicanos y los socialistas del primer tercio del siglo XX y recuerdo cómo acabaron esas relaciones, tengo muy presente lo que escribe Largo Caballero en 1939 cuando acaba de leer las memorias de Azaña: "Y que nos hayamos embarcado con esta gente [los republicanos de izquierda]. Creo que Pablo Iglesias ha cometido un error táctico grave en Cataluña. Si Pablo Iglesias apuesta allí por una izquierda españolista, se hubiera forrado electoralmente en Cataluña. O no lo ha sabido ver o no se ha atrevido. Convertirse en el nuevo Emperador del Paralelo [nom de guerre de Lerroux en Barcelona]".

¿De Felipe González tiene poco?

Si la comparación es con Felipe, es un Felipe muy pequeñito, muy pequeñito. Esperemos que crezca, que lo haga para bien y que no acabe siendo el Peter Pan de la política española.

Usted describe a Felipe González como el consejero de Juan Carlos I que Maquiavelo recomendó a todo príncipe moderno. ¿Quién será el de Felipe VI?

La complicidad generacional (excluyo naturalmente a Rajoy) es una de las (pocas) bazas que tiene el Rey para facilitar un entendimiento entre los principales líderes políticos. Por su mayor coincidencia en temas cruciales, como Cataluña, creo que su sintonía es mayor con Albert Rivera, pero es también con quien tiene una mayor diferencia de edad. Me divierte pensar que su Maquiavelo pueda llegar a ser Pablo Iglesias. ¿Sánchez? Me temo que su paso por el primer plano de la política española será fugaz. Es muy pronto para saber quién será su Maquiavelo. Yo ahora mismo le veo bastante huérfano de consigliere. La plaza está vacante.

A 85 años de la II República y casi a 80 del inicio de la Guerra Civil, este pasado jueves las izquierdas y el centro-derecha español han fracasado en su intento de acuerdo.

Es una mala noticia, pero la situación de España no se puede comparar con la de los años 30. En una democracia consolidada, la capacidad de la clase política para llevar a un país al desastre es, afortunadamente, limitada. Ahora hay incertidumbre, pero hay algo que sí sabemos, y eso es lo que no no va a pasar: no habrá un golpe de Estado, ni una dictadura y probablemente tampoco una república.

En la entrevista de Jim Hoagland en el Washington Post (enero 1987), el Rey apunta que 2003 es buen año para abdicar. ¿Debió de hacerlo? ¿Habría sido mejor para él y para España?

Desde mi punto de vista, rotundamente, sí. Y me atrevo a pensar que él piensa lo mismo.

Juan Carlos I defiende el “talante” y los “gestos amistosos” como manera de relacionarse con Cataluña. Destacas cómo abronca a Jon Juaristi. ¿Debe ser ésa la actitud de Felipe VI?

No estoy seguro de que sirva de algo, pero al Rey le toca hacer ese papel. Está en su sueldo.

¿Acabará actuando (borboneando) Felipe VI como Juan Carlos I? Destaca en su libro la última bronca de Juan Carlos I a Aznar por la mala gestión informativa del 11M.

En muchos casos –éste, por ejemplo- no me imagino a FVI emulando a su padre. Ni para bien ni para mal.

¿Ha sido buena la influencia de doña Letizia? Usted subraya la “plebeyización” de las monarquías occidentales y el hecho de que la reina consorte “huele” lo que pasa fuera de palacio.

La “plebeyización” de las monarquías es un fenómeno imprescindible para su supervivencia. El problema es que, al mismo tiempo, tienen que preservar su valor simbólico. El error de algunas de ellas ha sido confundir simbolismo con glamour, y glamour con frivolidad. Es muy pronto, sólo dos años después del comienzo del reinado de Felipe VI, para saber si la aportación de doña Letizia ha sido positiva para la conversión de la monarquía española en una institución a la altura de unos tiempos enormemente exigentes.

El riesgo es que doña Letizia suponga una sobredosis de todo aquello que, indudablemente, necesita la monarquía española para adaptarse a los nuevos tiempos. Es muy pronto para saberlo.

Según ese 4,4 de suspenso que los españoles dan a la monarquía, ¿debe Felipe VI conformarse con ser un “rey meritocrático” o puede aspirar a convertir en promonárquicos a ese tercio republicano?

Creo que la pregunta está mal planteada. Convertir en promonárquicos a ese tercio -¿sólo?- de españoles que no lo es pasa por actualizar una institución que será meritocrática o no será. Por tanto, no es o lo uno o lo otro, sino que lo uno llevará a lo otro.

Felipe VI tiene que hacer méritos para ser rey, como los hizo en su día su padre. En realidad, no hace falta que convierta a los españoles en monárquicos; basta con que no sean antidinásticos y que se sientan partícipes de ese pacto cotidiano, permanentemente revisable, entre la monarquía y la sociedad. Esa es la clave: la monarquía española debe basar su legitimidad en un “plebiscito cotidiano”, como decía Renan de la nación.

El método de Fuentes para escribir libros

Todos los libros son un puzzle. En este caso, tardé un año en escribirlo porque tenía todo el material previo, buena parte de las fichas y una idea aproximada de cómo debía colocarlas. Se me ocurrió escribirlo tras la abdicación en conversación con Ymelda Navajo [la editora de La Esfera] estando yo en Londres [dando clases en la London School of Economics]. […]

Para mí la fuente prioritaria es el papel. Para eso sigue siendo fiel a mi tesis y a todo lo que aprendí entonces. No que la verdad está en los documentos, pero que hay que empezar a buscarla en los documentos. Para la historia más reciente, como es el caso, hay que acudir a fuentes complementarias que pueden ser muy importantes. Pero yo nunca escribiría una biografía o un libro sólo a base de entrevistas, no es mi estilo.

Aunque para etapas recientes, hay una parte de historia oral que es un complemento importante. […] Me gusta trabajar en dos temas a la vez, hace que el trabajo de investigación y sobre todo de escritura sea menos obsesivo. Lo hago por higiene mental, y a menudo sobre temas muy distintos, eso me permite no perder la perspectiva.

La distancia en la biografía

Un síndrome muy común del biógrafo es sentirte poseído por las razones y los argumentos del personaje. Por es tan importante mantener la distancia: una biografía es un pulso entre el autor y el personaje, y el autor debe conseguir evitar que el personaje gane el pulso. Pero al mismo tiempo tienes que estar lo suficientemente cerca del personaje como para entenderlo.

Una biografía no puede ser un relato frío y distante de la vida de alguien. Ahora trabajo en uno sobre los totalitarismos (período de entreguerras, Guerra Fría y finalmente después de la caída del Muro de Berlín) y sobre un Diccionario de símbolos políticos y sociales de la España contemporánea, una obra colectiva. Unas cosas llevan a otras: cuando has aprendido a ser historiador haciendo una biografía tienes un formato narrativo, que es toda una vida, y yo utilizo ese formato para hacer la historia de los conceptos políticos porque descubrí que los conceptos políticos se pueden contar como las vidas de las personas: nacen, se desarrollan, enferman y a veces desaparecen.

La vida de las personas me llevó a la de las palabras, la de los conceptos políticos, y éstos a la simbología de esos conceptos. La cuestión es siempre tener una historia y querer saber cómo acaba. Cada libro es un capítulo de esa historia.

Felipe González no se dejó entrevistar para este libro. ¿Por qué?

No tengo ni idea. Tampoco para mi libro de Suárez. No lo tengo muy claro. Creo que era un tema relativamente cómodo para él. Es su decisión y la respeto. Creo que a él le gustaría que alguien hablara por él y que contara su historia. Esa es mi impresión, pero no sé lo que piensa.