DEBATE DE INVESTIDURA

Todas las máscaras de Pablo Iglesias

El secretario general de Podemos ha ofrecido dos caras, la más crispada y la más amable, en sus primeras intervenciones en el Congreso de los Diputados. Su relación con el PSOE es ambivalente. 

Pablo Iglesias dice "no" a Sánchez como presidente.

Pablo Iglesias dice "no" a Sánchez como presidente.

Las primeras intervenciones de Pablo Iglesias en la tribuna de oradores del Congreso han generado ríos de tuits y tinta. En la primera de ellas, pudo verse al líder de Podemos en su momento más crispado, con furibundos ataques al PSOE que incluían esa "cal viva" que ensombrece el pasado de Felipe González. En la segunda, optó por su lado más amable, con una invitación a Pedro Sánchez para sellar, con sus labios y sus partidos, "el acuerdo del beso" que permita un gobierno de izquierdas.

Esta ambivalencia viene a confirmar que el secretario general de Podemos es un político camaleónico. Además, es, ante todo, un hombre mediático, que conoce a la perfección los resortes de la teatralización que se utiliza tanto en los platós de televisión como en los discursos en atriles; en ambos escenarios los protagonistas enmascaran sus verdaderas intenciones con disfraces que se ponen en función de las circunstancias. Algo que, no por casualidad, entronca con las recomendaciones de Maquiavelo en El Príncipe: "Hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y disimular". Hasta ahora, Iglesias ha mostrado unas cuantas máscaras que habría diseñado el secretario florentino. Estas son algunas de ellas:

El tertuliano quincemista. Cuando el gran público aún no sabía de su existencia, Pablo Iglesias era un profesor universitario que de vez en cuando acudía a tertulias televisivas para defender no pocos planteamientos del 15-M. En aquellas primeras apariciones públicas, el hoy líder de Podemos no dudaba en mostrar su lado más crispado, casi pendenciero, con enormes y continuas críticas contra las vetustas costumbres del bipartidismo.

Contra el consenso

El político que asalta los cielos. Antes de las elecciones europeas de 2014, Iglesias se transformó en político o, mejor dicho, se quitó el disfraz pedagógico y dejó que se viera el político que llevaba dentro. Su discurso contra "la casta" caló en gran medida gracias a su habilidad en los platós de televisión. De hecho, él mismo cuenta que un punto de inflexión en la campaña de aquellos comicios fue su intervención en un debate televisado donde se enfrentó con Alejo Vidal Cuadras a cuenta de los viajes en business. Tras el éxito electoral, se convirtió en el líder de Podemos en aquella Asamblea Constituyente donde dijo que "el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto".

El moderado que pide una segunda transición. Iglesias ha multiplicado sus máscaras en los últimos meses. Cuando llegó la campaña electoral, a finales de 2015, la cara visible del partido de los círculos varió su estrategia y hasta su vocabulario. Ya no hablaba de "casta" ni de revoluciones. Era el momento de "las garantías constitucionales" para poner en marcha, mediante reformas consensuadas -ahora sí defendía el consenso-, una "segunda transición". Podemos se moderaba para seducir a más capas sociales. Se adaptaba al momento político para "remontar". Y remontó, aunque no tanto como hubiera querido.

El vicepresidente responsable. Con más o menos ahínco, más o menos moderadamente, Iglesias siempre se había posicionado en contra de aliarse con el PSOE. Hasta enero de 2016, cuando se sacó de la chistera un audaz movimiento político: quería ser el vicepresidente de un Gobierno de coalición con el PSOE. Apelaba a la responsabilidad y se ponía el traje de estadista. Eso sí, se olvidaba de sus propias palabras que ya otros han recordado.

"Ir con el PSOE nos destruiría"

En su libro Una nueva transición(Akal), publicado justo antes de la última contienda electoral, Iglesias dejaba claro qué opinaba sobre aliarse con los socialistas: "Un Podemos con la fuerza suficiente como para exigirle al PSOE dos ministerios importantes y entrar en el Gobierno podría ser algo que nos diese experiencia, pero nos destruiría electoralmente. Igual que para el PSOE entrar en un gobierno con nosotros sería terrible. Y votar a favor de ellos en una investidura nos haría muchísimo daño". Teniendo en cuenta estas palabras, ¿acaso la oferta de alianza a Pedro Sánchez era solo una estratagema o realmente había cambiado de opinión para adaptarse a las circunstancias?

El enemigo acérrimo del PSOE. Muchos en el Partido Socialista no se fían de Pablo Iglesias. Y menos aún tras lo sucedido el pasado miércoles. En pleno debate de investidura, el líder de Podemos hilvanó un discurso de corte más izquierdista, con un sentido recuerdo a los represaliados por la dictadura franquista y con menciones al 15-M, la PAH y otras luchas sociales. Fue una suerte de vuelta a los orígenes que sin duda hizo las delicias de los sectores más a la izquierda de su partido. Su alocución estuvo plagada de ataques a la reciente historia del PSOE, incluidos tanto la "cal viva" como los "consejos de administración". Ahí estaba el enemigo acérrimo del PSOE que pretende pasokizarlo. Pese a que volvió a ofrecerse para una coalición "de cambio y de progreso", en las réplicas estalló el Iglesias más radical, acaso el más real, desenmascarado, que no dudó en enfrentarse a la bancada socialista con un tono agresivo que disgustó a los más posibilistas de su formación.

El 'Celestino' de la política española. Solos dos días después, Iglesias, con su máscara más amable y sonriente, parecía otro. Sus apelaciones al "amor en la política española", su amago de celestinear -"Si quieren, les dejo mi despacho para que se conozcan", dijo a Andrea Levy y Miguel Vila- y su propuesta de "acuerdo del beso" fueron lo más parecido a una disculpa o una rectificación. Volvió a lanzar algunos dardos al PSOE, eso sí, pero mucho más tímidos que 48 horas antes. Incluso un traje de Cupido no hubiera desentonado con sus palabras: "Pedro, solo quedamos tú y yo". La propuesta que hizo de "gobierno a la valenciana" es ya el nuevo leitmotiv de su partido. Y él sigue las instrucciones de Maquiavelo, bien disfrazado, sin que sus rivales del PSOE parezcan saber cuándo finge y cuándo es sincero.