Cuarto centenario

Cervantes no fue a misa

El amor entre Cervantes y la Iglesia católica no fue todo lo platónico que a la España del siglo XVI le hubiera gustado. Biografía y obra aderezadas de paganismo; libertad de pensamiento y credo. 

Auto de fe de la Inquisición, 1815-1819, Academia de San Fernando.

Auto de fe de la Inquisición, 1815-1819, Academia de San Fernando.

  1. IV Centenario Cervantes
  2. Miguel de Cervantes Saavedra
  3. Don Quijote
  4. Iglesia Católica

A Cervantes, como al Quijote, no le gustaba ir a misa. Al menos eso se desprende, en el caso del segundo, al leer la gran obra maestra de la literatura en castellano. Casi 400.000 palabras y ni siquiera una aparición por el altar, por la iglesia o por el confesionario. Probablemente, Cervantes, como su gran héroe (me niego a utilizar el anti), creía en algo parecido a Dios. Creía tanto, que esta palabra aparece la friolera de 531 veces en la susodicha novela. Podemos concluir entonces que Cervantes creía en Dios... pero ¿en qué Dios? Y, sobre todo, ¿de qué manera?

No debemos olvidar que Cervantes había nacido al son de los tambores del Concilio de Trento, es decir, al son de los tambores de guerra. Y decimos guerra porque a partir de ese momento, la España de Carlos I, la potencia entre las potencias, se convierte en la espada de una Contrarreforma que terminaría por cortar a todo aquel que se acercase, empezando por aquel imperio que se empeñaba en empuñarla. España, por decirlo de manera franca, le ha entregado a la moral católica el futuro de su dominación mundial. Con este panorama de fondo aparece don Miguel de Cervantes en escena. 

Literatura y Dios 

Ya hemos avisado del influjo que el contexto religioso habría de tener sobre la literatura en castellano. Por todos lados aparecen dedicatorias, títulos, versos y representaciones que buscan la complicidad con Dios. Sin embargo, Cervantes se ha decantado por un personaje que no se deja arrastrar por figura divina alguna. A Don Quijote le mueve su afán por deshacer entuertos, la necesidad de arreglar el mundo, el amor por Dulcinea... pero nunca es Dios el motor de este caballero andante.

Esto llama la atención, más si cabe atendiendo al tipo de personaje que por aquel entonces era perseguido por el catolicismo. Entre los acorralados destaca Erasmo de Rotterdam, una de las mentes más formidables de la historia, un abanderado de la libertad de pensamiento. Erasmo criticó con dureza, ya a mediados del siglo XVI, los malos hábitos de la Iglesia, el talante despilfarrador de la misma y la hipocresía que giraba alrededor de dicho gasto. Esto le valió para ganarse la enemistad de Roma y, por ende, del imperio de Carlos V.

A Don Quijote le mueve su afán por deshacer entuertos, la necesidad de arreglar el mundo, el amor por Dulcinea... pero nunca es Dios el motor de este caballero andante

Aunque en un principio fue aplaudido por Lutero, murió perseguido por ambos bandos, tanto por reformistas como por católicos, debido a su inconformismo con el poder y a su independencia intelectual. En la sombra, muchos aplaudieron la postura liberal de Erasmo y compartieron el talante innovador que predicó el sabio. ¿Fue este el caso de Cervantes? Permitan que lance otra pregunta al respecto. Una de las obras más celebradas del gran Erasmo fue Elogio de la locura. ¿Les suena como argumento de alguna obra maestra de Cervantes?

Pero, erasmismos aparte, ¿se mostró crítico Cervantes con la forma de vida eclesiástica? Sólo hay que echarle un vistazo a su obra para comprender que sí.

La obra casi pagana

Para empezar, a través de Sancho, Cervantes había hecho de la lengua popular uno de sus pilares fundamentales. La Iglesia había promulgado el uso del latín y otras lenguas cultas en sus escritos, llegando a encarcelar, décadas atrás, a algunos traductores como Fray Luis, maestro intelectual de Cervantes, por acercar sus textos a la lengua popular. En otras palabras, el catolicismo pretende que el pueblo no se haga con la más peligrosa de todas las armas: la palabra. El Barroco en general y Cervantes en particular revolucionan el lenguaje, lo alejan del cortijo y se lo acercan al pueblo. De esta manera, Sancho y otros personajes inundan el texto con refranes y expresiones populares. La literatura como expresión de la libertad de pensamiento ya no le pertenece a la Iglesia.

La literatura como expresión de la libertad de pensamiento ya no le pertenece a la Iglesia

Por otro lado, ya en la propia narración se advierte algún pullazo más. Por ejemplo, al entrar en El Toboso buscando a Dulcinea, el Quijote emite una frase que pasaría a la historia después de contemplar el sagrado edificio: "Con la iglesia hemos dado, Sancho". ¿Buscó Cervantes, maestro del juego de palabras barroco, el mismo doble sentido que esta afirmación tendría posteriormente? Otra de las expresiones que pasarían a la historia ligadas a este maravilloso libro, la pronuncia de nuevo don Alonso Quijano: "Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana”. ¿Qué pretendía Don Quijote al emitir este juicio? No hay que olvidar que Don Quijote es un idealista, el hombre que llega al lugar que no llega nadie. ¿Está criticando la terrible censura a la que los escritores de antaño se veían abocados?

Esto de la censura no es cuestión baladí para el alcalaíno. El mismo caballero andante la sufrió en sus carnes cuando, pocos años después de que la aparición de sus aventuras se convirtieran en un éxito editorial sin precedentes, la Iglesia retiró del capítulo XXXVI de la segunda parte la siguiente expresión: “Las obras de caridad que se hazen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada". Curiosamente, esta frase es muy parecida a la emitida por otro famoso erasmista perseguido por el Santo Oficio, Juan de Borja: “El tratar con floxedad y tibieza lo que cada uno està obligado à hazer es una fuente de donde no manan sino ruynes sucesos”. ¿Otra casualidad?

Cervantes también muestra algún guiño a la libertad de religión. Los musulmanes, por ejemplo, se pasean por la obra con cierta elegancia.

Cervantes también muestra algún guiño a la libertad de religión. Los musulmanes, por ejemplo, se pasean por la obra con cierta elegancia. Desde el propio Cide Hamete, a quien Cervantes nombra como autor ficticio del relato, hasta Ricote, un personaje que siente “terror y espanto” cuando el Rey emite el comunicado que obliga a toda la comunidad morisca a huir de la península. No debemos olvidar la historia del cautivo en Argel, de corte profundamente autobiográfico y que nos presenta a unos personajes nada estigmatizados a pesar de su condición morisca. No está menos presente la cultura hebrea, con citas constantes al Antiguo Testamento e incluso un versículo del Éxodo recordado por el propio Sancho; “yo soy Jehová, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen”.

Por último, quizás la prueba más clara del cristianismo quijotesco que pudiera encontrarse dentro de la genial novela llega cuando Alonso Quijano exige recibir la extremaunción en sus últimos párrafos. Pero, en ese punto, nuestro protagonista ya se ha alejado del idealismo, se muestra desengañado y cuerdo, lejos de la maravillosa utopía que a punto estuvo de alanzar el ingenioso hidalgo de la mano de su magistral creador.

Vida casi impía 

Los rumores de la impureza sanguínea del apellido Cervantes siempre han estado ahí. Lo cierto es que su padre, don Rodrigo de Cervantes, había pedido expresamente un “informe de limpieza” de linaje para su hijo Miguel cuando éste quiso servir a Acquaviva en Roma. ¿Por qué lo hizo si esto, por aquel entonces, no era necesario? Esta obsesión acompañaría a don Miguel durante toda su vida. Tanto le obsesionaba, que en una de sus mejores piezas, el entremés titulado El retablo de las maravillas, critica dicha obsesión durante toda la obra. Benito, por ejemplo, se dirige a Capacho para recriminarle: “Puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje”.

Ya en España, Cervantes volvió a verse las caras con el régimen eclesiástico cuando, ejerciendo como comisario real de abastecimiento de la Armada, exigió el embargamiento de cereales también para las entidades religiosas. Aquella época como recaudador no podía acabar bien. Don Miguel no cuenta con el beneplácito de la Iglesia y la etapa se salda con varios encarcelamientos, algunos de ellos de dudosa licitud. El Cervantes que vuelve a Madrid es, ya por entonces, un Cervantes tan arruinado como desengañado.

Cervantes sí muestra una cierta inclinación por aquellos personajes eclesiásticos que predican con la humildad, religiosos de perfil bajo

Sin embargo, Cervantes sí muestra una cierta inclinación por aquellos personajes eclesiásticos que predican con la humildad, religiosos de perfil bajo. Quizás esta tendencia empiece a germinar en su ánimo cuando, cautivo en Argel, los padres trinitarios deciden desembolsar quinientos escudos para liberar a don Miguel y a su propio hermano del cautiverio. En 1609, Cervantes decidió devolverle el favor a la Orden y ayudó en todo lo posible a la fundación del convento en el que hoy descansan sus restos. Precisamente, el cariño que su fundadora, Francisca Romero, le profesó a aquel pobre mutilado de guerra que nadaba entre la pobreza y la fama, le valió para poder ser enterrado allí.

Al final, la libertad

El afecto que Cervantes le tiene a estos individuos se ve reflejado también en El Quijote, esta vez en la figura del cura. Este personaje busca en todo momento el bienestar del hidalgo, persuade a la Santa Hermandad para que no lo apresen; le socorre en Sierra Morena, adonde acude disfrazado de doncella; por último, le confiesa cuando el Quijote se encara con la muerte. Es una figura benévola, protectora. Como quizás así las vio en realidad el escritor.

Quizás la mejor definición del talante espiritual de Cervantes sea la de un cristiano que ha soportado la etiqueta impuesta con una cierta resignación, pero que aboga íntimamente por la libertad de pensamiento y de credo. Y esta libertad quedó, para siempre, reflejada en una de las citas más memorables de la historia de la literatura:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”- El Quijote, Segunda Parte, capítulo LVIII.