IV Centenario

En la mente de Terry Gilliam hay un Quijote hasta arriba de LSD

El director, cuya imaginación ha sido muchas veces relacionada con el viaje fruto del ácido, vive obsesionado con Cervantes.

Terry Gilliam en el rodaje infernal de El hombre que mató a Don Quijote.

Terry Gilliam en el rodaje infernal de El hombre que mató a Don Quijote.

  1. Don Quijote
  2. Miguel de Cervantes Saavedra
  3. IV Centenario Cervantes
  4. Directores de cine
  5. Rodajes

Hasta en 35 ocasiones el cine se ha dejado seducir por las páginas de Miguel de Cervantes. 28 de ellas fueron, cómo no, adaptaciones de El Quijote. Desde el nacimiento del cine el ilustre hidalgo ha llenado sus fotogramas. Ya en 1898 se hizo un primer acercamiento producido por la mítica Gaumont. En el imaginario de los españoles, Alonso Quijano tiene el rostro de Fernando Rey, pero ha habido otros. Muchos directores se enamoraron de la obra maestra de Cervantes y vivieron obsesionados con llevar a cabo la mejor versión del clásico. Pero nada más quijotesco que el fracaso, el luchar contra lo imposible para chocar una y otra vez. Quizás por eso las mejores versiones de El Quijote son las que no se han podido llevar a cabo, como las que Orson Welles y Terry Gilliam se empeñaron en levantar sin éxito.

El creador de Ciudadano Kane comenzó su sueño de llevar a la gran pantalla las andanzas del Quijote en 1957, cuando dio el primer claquetazo. Rodaría hasta 1969 y estaría trabajando en ella hasta su muerte en 1985. Nunca vio la luz. Lo más parecido fue una versión montada por Jesús Franco con el material existente. La obsesión y el perfeccionismo de Welles, unido a problemas de presupuesto y producción pusieron patas arriba el proyecto.

Nada comparado a lo que tuvo que pasar Gilliam en El hombre que mató a don quijote, que en 1998 tuvo que ser cancelada en medio del rodaje. Hubiera sido más fácil que Gilliam se enfrentara a los molinos de viento que que esa película hubiera salido bien. Hay algo en la mente de ambos creadores que une sus visiones del personaje. Los dos, de alguna forma, lo traían a la actualidad.

André Bazin contaba en su libro Orson Welles que en aquella versión se vería a un Don Quijote embistiendo a una pantalla de un cine para defender a la heroína de la película; protegiendo a un toro de un picador en una corrida y arremetiendo a Rocinante contra una excavadora. Gilliam, por su parte, convertía a un ejecutivo publicitario interpretado por Johnny Depp en un viajero por el tiempo que terminaba sustituyendo a Sancho Panza. Los dos querían subrayar la anacronía de un personaje que no correspondía a su tiempo, y lo hacían contrastando al caballero clásico con el mundo actual.

Orson Welles nunca pudo terminar su adaptación de 'El Quijote'. Terry Gilliam parece ir por el mismo camino. Este año prevé empezar el rodaje de su ansiada película. Es la tercera vez que lo intenta

La odisea de Gilliam la cuenta él en primera persona en Gilliamismo, memorias prepóstumas (Editorial Malpaso), en el que recuerda su vida y anécdotas sin dejar títere con cabeza. Todo acompañado de fotografías, ilustraciones, anotaciones y chascarrillos del ex Monty Phyton, que incluso se atreve a explicar cómo funciona su cabeza. Muchos han querido ver la influencia directa de las drogas en su obra. Universos paralelos, viajes en el tiempo, personajes excéntricos, desafíos a las leyes de la física… Sus películas parecen hechas en un viaje de ácido. No hay más que echar un vistazo al concept art de El hombre que mató a Don Quijote para descubrir que hasta Cervantes hubiera sucumbido al LSD natural que fabrica el cerebro de Terry Gilliam.

Y eso que el realizador se empeña constantemente en negar cualquier consumo de drogas, especialmente después de ver a sus compañeros que “parecían haberse quedado jodidísimos”, cuenta en el libro mientras atribuye todo al poder de su imaginación: “En mi cabeza flota toda clase de mierdas raras”.

Inundaciones, hernias y aviones militares

“Ni soñador ni utópico, Quijote, el invencible que nunca vence, sigue siendo invencible porque ninguna derrota lo aniquila”, decía sobre el personaje Erri de Luca. Una definición que podría aplicarse a Terry Gilliam, que sigue abonado a la idea de llevar a la gran pantalla el libro de Cervantes. Y no será por las miles de señales en contra que recibe.

En la primera intentona los problemas comenzaron con la localización, el paisaje desértico de las Bardenas Reales, perfecto en teoría y un fracaso en la práctica por su proximidad a una base aérea de la OTAN en la que no dejaban de pasar aviones de combate. A eso sumen una tormenta que acabó arrasando el set y echando por tierra todo lo rodado hasta entonces y la enfermedad del protagonista, un Jean Rochefort al que una doble hernia discal impedía montar a caballo. Una película del Quijote sin Quijote. Pura utopía que quedó plasmada en el documental Lost in la Mancha.

Con Don quijote, mi identificación con la imposibilidad del héroe de alcanzar su sueño romántico fue tan absoluta que la película misma se convirtió en una quimera

“Con Don quijote, mi identificación con la imposibilidad del héroe de alcanzar su sueño romántico fue tan absoluta que la película misma se convirtió en una quimera”, escribe en Guilliamismo el director. Tras anunciar otra vez el proyecto con Ewan McGregor y Robert Duvall este se cayó sin ni siquiera haber comenzado la preproducción.

Si es cierto que a la tercera va la vencida, 2017 tendría que ser el año en el que veamos por fin El hombre que mató a Don Quijote. Ahora Alonso Quijano tendría los rasgos de John Hurt y Sancho Panza de Jack O'Connell. Gilliam no quiere seguir los pasos de Welles y se ha convencido de que al final todo saldrá adelante: “Los últimos años de la carrera de Orson Welles se vieron frustrados por la imposibilidad de llevar a cabo una ambiciosa adaptación del Quijote, pero yo no dejaría que eso me ocurriera a mí de ninguna manera”. Quizás lo verdaderamente Quijotesco es que una y otra vez fracasara en su intento.