Voz del exterminio nazi

La desgracia de ser judío: diez claves para entender a Imre Kertész

El primer Nobel húngaro de Literatura ha muerto a los 86 años dejando un legado vertebral de la memoria de Auschwitz. 

El Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész, que falleció ayer a los 86 años.

El Nobel de Literatura húngaro Imre Kertész, que falleció ayer a los 86 años. EFE

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No le gustaba la palabra holocausto. En hebreo, Shoah también significa "ofrenda a Dios". Imre Kertész (1929-2016), que fue escritor, víctima y pieza histórica, que edificó la tragedia desde la lengua, el rigor y la memoria, dijo que Auschwitz le pareció "una exacerbación de las mismas virtudes para las cuales me educaron desde la infancia". Así que los campos de concentración no eran una anomalía histórica, una mutación aislada e irrepetible, sino el cáncer lógico de una cultura enferma: la de un poder político que se ejerce sobre el cuerpo y el alma, la de una "crisis moral y espiritual en la que se hundieron los valores que habían sustentado la civilización europea durante siglos".

El autor sobrevivió al naufragio y a muchos les molesta. Se quedó para contarlo, eligió vivir como forma de rebeldía. Y en esas enganchadas suyas -de uñas, de dientes- con la escritura, se convirtió para siempre en la raspa en el ojo de la derecha antisemita y nacionalista húngara. Después de la catástrofe no volvió a sentirse de ninguna parte. Hasta se avergonzaba de su propio país.

Llegó la marginalidad, las campañas de difamación, la indiferencia. Pero Europa quería saber más de su propia vergüenza y lo hizo lectura obligatoria. Por sus verdades precisas, irónicas, sin concesiones. Su literatura -que no quiso ser autobiografía- llega más hondo, más lejos; escarba en lo humano huyendo del "yo", del dolor que habita en el propio ombligo. Kertész quería trascender ese "parque temático" en el que, decía, se había convertido Auschwitz. Y lo consiguió.

1. Su vida es su obra.

Ser judío, decía Kertész, no era una condición innata, sino un rasgo adquirido, o, más bien, una etiqueta colocada por otros. Él lo llamó destino: todo eso de nacer en el seno de una modesta familia judía acomodada -es decir, no practicante-, de dejarse guiar por las circunstancias cronológicas y geopolíticas, de conectar la terrible experiencia con la realidad cotidiana de la vida. Con el no-destino, con el Sin destino (1975). Aquí su obra clave, en la que narra el paso de un adolescente húngaro y judío de quince años -similar a él mismo- por diversos campos nazis en el último año de la Guerra Mundial.

Kertész nació en Budapest, Hungría, y fue deportado a los quince años a Auschwitz y luego a Buchenwald. A su regreso a su país se encontró más y más horror: para el recién instaurado régimen estalinista, él era hijo de un pequeño burgués, un intelectual, un decadente. Toda su vida fue una supervivencia. "Del nazismo al estalinismo, el mal no hizo más que cambiar de cara", aseguró. Después trabajó como periodista, como obrero en una fábrica, hizo el servicio militar, fue guionista, compositor, publicista, traductor y, finalmente, escritor. Gran parte de sus obras -guiones incluidos- se empaparon de su propia vida.

2. Influencia de Thomas Mann, Albert Camus y Kafka.

En La última posada (Acantilado), sus diarios lúcidos y enfermos que verán la luz en pocos días, Kertész confiesa que de Thomas Mann aprendió la audacia y la postura del escritor, la diligencia y la dignidad -"y, para no olvidarlo: la cultura"-. De Camus, "el aferrarse de manera implacable a un solo tema como única posibilidad". Reconoce que, después de mamar de sus efectos, apenas volvió a leer a ninguno de los dos. A Kafka -"y su grandeza inconmensurable"- los descubrió "demasiado tarde", ya en su época de traductor. Cree que es "un escritor genial que no confía en lo que escribe", con una "enorme conciencia de sí mismo y una modestia que lo destroza": "La figura de Kafka -escribió- quizá más que sus escritos, nos atormentará eternamente, y no sé si no será ése su verdadero legado".

3. Novelas, no testimonios.

Para acercarse a la figura del Nobel hay que entender sus obras sacándolas del contexto del diario íntimo. No quiso contaminar sus contenidos de la visión propia. Quería textos que hablasen por más damnificados que él mismo. Escribió, en Diario de una galera, que "el campo de concentración sólo es imaginable como literatura, no como realidad -tampoco cuando lo vivimos, que es cuando resulta menos concebible-": "Se trata de un libro que no reivindica nada, que no se preocupa por la Historia, porque me niego a mirar los hechos desde lo alto o desde fuera". Kertész llamó a su trabajo "literatura pura", y dijo que no eran "remedios contra el olvido ni contra otro mal".

En Sin destino, explicó, él mismo descubrió a un personaje al que supo alejar de sí mismo -aunque las referencias fueran inevitables-: "Era un hombre sin destino, un individuo que ha vivido bajo una dictadura y al que no se le ha permitido tener una biografía continua. Mi deseo como escritor fue reflejar el estado de ánimo no de una persona, sino de seis millones de personas sin nombres ni apellidos, ni destino".

4. Ejercicio de memoria.

Lo dijo él mismo: "Mi trabajo se basa en los recuerdos, he elegido claramente la opción de la memoria. La enorme ventaja es que cuando quiero analizar algo, puedo beber en mis propias fuentes". Ahí su material biográfico. Siempre intentó practicar el consejo que un día Flaubert le dio a Maupassant: "Hay que mirar un árbol durante mucho tiempo, hasta que ese árbol logre diferenciarse por completo de los demás".

5. Felicidad.

Es característico de Kertész su optimismo de fondo, o, mejor, su capacidad para apreciar la belleza hasta en situaciones imposibles. Esa sensibilidad ante lo hermoso lo acompaña en los resquicios de su obra. Puede verse en el joven adolescente de Sin destino, que intentaba ver siempre el lado positivo de la vida: tomaba su desgracia como una aventura, creía que le permitiría conocer mundo y practicar la lengua alemana.

Desconcertaba al lector, queriendo o sin querer: "Incluso allá, al lado de las chimeneas, había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas, algo que se parecía a la felicidad (...) Yo contemplo el concepto de la felicidad desde distintos puntos de vista, no es algo absoluto, y de todas partes puede sacarse algo de felicidad". Kertész llegó a confesar, ya personalmente, que en Auschwitz tuvo momentos felices, de esos que "surgen de lo profundo de uno, como el marte inundan, y pasan muy rápido... pero dejan ese recuerdo, esa vitalidad".

6. Contra Spielberg. 

De lo concreto, a lo general. Se agarró a La lista de Schindler, de Spielberg, y la tomó como ejemplo de lo que sucede cuando alguien cuenta algo sin saber lo que ocurrió de verdad. "El señor Spielberg no sabe nada de lo que ocurrió con el holocausto, lo que les pasó a aquellas personas, ni sabe lo que le ocurrió a la cultura europea. Él narra el holocausto como un pogromo del siglo pasado, pero no sabe nada de la experiencia humana de aquel horror ni del daño irreparable que provocó".

Lo mismo opinó de casi todas las traducciones contemporáneas que la sociedad del espectáculo ha hecho de aquella desgracia. Reconoció que, aunque cada día hay más documentación, pensaba que esos esfuerzos "no son más que un intento de reconciliación con la Historia, de querer quedar bien con ella, no tanto un intento serio de comprender y reconocer lo que pasó". No se alegraba, no aplaudía estas manifestaciones artísticas. "¿Por qué debo celebrar yo que sean cada vez más las personas que ven estas experiencias en una pantalla... de manera falsificada?".

7. Contra la buena conciencia occidental.

La obra del Nobel es también un recordatorio a los intereses de Europa con su propio recuerdo de los campos de concentración. En La última posada explica que el mundo occidental, después de que la Unión Soviética se desintegrase, se quedó sin referente al que oponerse -y sobre el cual fundamentar su autoconciencia-. "La gran negatividad frente a la cual puede erigirse ahora el mito de la aspiración a un mundo más ético es sólo Auschwitz".

En otro pasaje señala la causa de esto: que Europa no posee ninguna coherencia cultural y que su cultura es perseguida a la manera estadounidense, "para triturar a los hombres y convertirlos en amebas carentes de toda sustancia, en masa obediente susceptible de ser dirigida por ordenadores y como ordenadores". De ahí su afán por construir un edificio ético a partir de una gran experiencia común "cuya enorme ignominia precipite a los hombres a una comunión cultural y los llene de un recuerdo nebuloso al que puedan oponerse".

8. Motivos para no suicidarse.

Más que esperanza, resistencia. En vez de optar por la vía rápida -como hicieron muchos de los supervivientes al genocidio- optó por reivindicarse a través de su propia existencia: "Sufro muchísimo, es verdad. Sin embargo, tengo una razón concreta para soportar estos sufrimientos, para no querer ponerles un fin más rápido. Piense en los suicidios de Primo Levi, Tadeusz Borowski o Jean Améry, en todos esos supervivientes que se han quitado la vida. Yo no quiero añadir mi nombre a esa lista. No quiero que puedan decir que yo mismo ejecuté la sentencia. Por eso aguantaré hasta el final".

9. Marginalidad trufada de éxito.

"Siempre seré un escritor húngaro de segunda fila, ignorado y malinterpretado", dijo el autor en 1986. Y es cierto que su gran obra tardó tiempo en relucir y fue condenada al silencio -por la sordera húngara sobre su pasado racista y por la censura de la posguerra-, y que, como señalamos al comienzo, sufrió campañas de desprestigio e infinito rechazo. Pero, como compensación a todo eso, en 2002 llegó el Premio Nobel de Literatura "por una obra que conserva la frágil experiencia del individuo frente a la bárbara arbitrariedad en la historia". Fue el primer húngaro que lo tuvo.

10. Su deseo: desaparecer para ser libre.

En sus diarios últimos, el escritor pone de manifiesto que sólo hay una materia a la que se debe dar forma, y es la vida. "¿Quiero ser el profeta bien pagado de Auschwitz? No. ¿Qué huella ha de quedar del gran experimento de mi vida? Disolverlo y disolverme en la única forma posible del amor, a mi juicio: desaparecer por amor de la vida de otro", escribió. Decía que "quien es verdadero se ha perdido", que "quien se ha perdido es verdadero" y que "quien se pierde gana". Busca una disolución final de la obra en la vida, y una vida que se diluya en el amor. Esa nada no es sino síntoma de libertad. "Es la única revolución que a mi entender se puede llevar a cabo, mi gran rebelión cósmica. Como judío soy libre, me he liberado de la disciplina de todas las culturas. Si se quiere, me he liberado de la humanidad".