Museos

Así serán los museos del futuro

Nicholas Serota, director de la TATE, avisa: deben aprovechar las nuevas tecnologías para crear comunidad.

Instalación de Olafur Eliasson, en la TATE, en 2003.

Instalación de Olafur Eliasson, en la TATE, en 2003.

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La palabra de Nicholas Serota es sagrada: es la persona más poderosa del mundo del arte contemporáneo. Es el director de la TATE de Londres desde hace 28 años e inaugurará en los próximos meses una de las ampliaciones más ambiciosas del centro, al que se sumarán dos tanques de petróleo gigantes. Con este acontecimiento en el punto de mira ha señalado, punto por punto, las tareas de los museos para adaptarse a los nuevos tiempos: deberán ampliar las fórmulas y las formas con las que se relacionan con sus audiencias para cumplir con las nuevas maneras de interacción social.

La democratización del espacio museístico debería ir más allá de las oportunidades de adquirir o consumir

“El concepto de museo se encuentra en constante evolución, impulsada por una combinación de visión curatorial, innovación artística y demandas de los nuevos públicos”, ha escrito en la revista The Art News Paper. Los museos deben ser más populares, “no pueden permitirse el lujo de ser exclusivamente un lugar de retiro de la sociedad”. “Es fácil ser cínico sobre el impacto de la cafetería, el restaurante o la tienda como espacios de la cultura en los museos, pero este tipo de instalaciones han hecho museos menos desalentadores, más acogedores y más abiertos a los visitantes en general. Sin embargo, esta democratización del espacio museístico debería ir más allá de las oportunidades de adquirir o consumir”, añade.

El laboratorio permanente de público de museos, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, coincide en esta visión, en el último estudio que hizo sobre los visitantes del Museo Reina Sofía. En dicho informe se indica que la circulación de información nunca había sido tan intensa como hoy, “ni el acceso a la cultura aparentemente tan fácil”. Desde el museo indican que el objetivo no puede ser “la imparable carrera de obtención de las cuotas más altas de visitantes”, porque eso convertiría al público en manadas, “cuando en realidad se trata de espectadores activos, que interpelan, cuestionan y se relacionan con las obras”.

La instalación de Carsten Holler, en 2006, en la TATE.

La instalación de Carsten Holler, en 2006, en la TATE.

Serota señala el primer reto de los museos que vienen: los espacios se adaptan a las necesidades de los artistas y no al revés. El objetivo es ampliar la participación más activa con el público. El director de la TATE señala que todo cambió cuando se invitó a los espectadores a dejar de serlo, cuando desde el museo se quiso intercambiar puntos de vista y participar de las plataformas digitales.

Sin público

Asegura que el cambio de paradigma cambió con la instalación de Olafur Eliasson en la sala de Turbinas de la Tate Modern, en 2003. Entonces la gente “se apoderó del espacio y lo utilizó como un escenario para su propia experiencia, por lo que el trabajo ganó de manera inesperada”. Desde hace tres años la TATE mantiene una programación activa de performance, en una sala que se retransmite en directo las actuaciones vía web. Sin público presente, pero con miles de espectadores en todo el mundo. Son los primeros pasos de un museo en línea.

“El gran desafío es reconocer que el museo no es simplemente un lugar para la observación, la instrucción y la experiencia, también lo es para el desarrollo personal y el aprendizaje a través de la participación. Buscamos reflexionar sobre nuestra identidad, en nuestras relaciones con los demás y con el mundo. Por eso el museo es más como un laboratorio o una universidad. La comunicación digital nos permite enriquecer esta experiencia a través de la utilización de aplicaciones y teléfonos móviles en el sitio; puede preceder a la visita o utilizarse con independencia de la ubicación física. Esto requiere nuevos enfoques, nuevos tipos de publicación y nuevos espacios dentro de la institución preparados para la escucha y la respuesta”, cuenta el director de la TATE.

Shibboleth, de Doris Salcedo, abierta en 2007.

Shibboleth, de Doris Salcedo, abierta en 2007.

En el Museo Reina Sofía, en la sede principal, los visitantes permanecen una media de dos horas. El informe de público de museos explica que durante ese tiempo no sólo se visitan la salas, sino que se hace uso de todos los servicios del museo, que relacionan la satisfacción, el bienestar, el confort y las sensaciones positivas con el aprendizaje. “La mayoría de estas investigaciones vienen a apuntar que cuando la satisfacción con la visita es alta, se dedica una mayor cantidad de tiempo a la misma, incrementándose la probabilidad de aprendizaje”, asegura.

Debemos ser más provocadores y asumir mayores riesgos

Serota abandera la era digital en los museos, porque “nos obliga a responder a las necesidades y expectativas de nuestros públicos de nuevas maneras”. Por ejemplo, recientemente la TATE ha pedido ayuda en la identificación de fotografías de edificios y paisajes tomados por John Piper hace más de 20 años. “Debemos ser más provocadores y asumir mayores riesgos”, cuenta.

Para el futuro, la TATE estimulará nuevos tipos de experiencias en los visitantes, menos pasivas, con un aprendizaje más abierto, participativo y creativo. “Vamos a reunir artistas, escritores y pensadores de diferentes disciplinas para crear un marco de trabajo que se pondrá a prueba con el compromiso del público, el debate y la creatividad”. Nuevas formas de colaboración con una amplia red de grupos de la comunidad. El museo del siglo XXI es un lugar en el que compartir, más que recibir.