Directores de orquesta

Pablo Heras-Casado: "La cultura debería ser primordial en el debate de investidura"

El director, uno de los músicos con mayor proyección internacional, se estrena esta semana con la Filarmónica de Viena.

Reportaje fotográfico: Dani Pozo

Reportaje fotográfico: Dani Pozo

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Cuando Pablo Heras-Casado (Granada, 1977) oye hablar de recortes en cultura, se acuerda de la frase atribuida a Winston Churchill, al que se lo propusieron cuando la prioridad era luchar contra los nazis en plena Segunda Guerra Mundial. "Entonces, ¿para qué estamos luchando?", dicen que respondió. Las investigaciones sobre Churchill indican que probablemente nunca la pronunció así ni en ese contexto, pero el peso histórico del político y su leyenda la acompañan de un gran poso de solemnidad.

El sábado, este granadino que llegó a la música a través de los coros de aficionados y hoy es el director de orquesta español de más renombre en el mundo se enfrentará a otra leyenda solemne: la Filarmónica de Viena. Será, exceptuando a Plácido Domingo, que dirigió un baile (considerado una actuación menor), el primer español en hacerlo. La orquesta es conocida por el gran público por el concierto de Año Nuevo, algo que Heras-Casado describe maravillado como "un evento social de alcance global, como una final de la Champions". Se trata también de una institución de renombre, con 174 años de historia y cuya batuta ha estado en manos de genios como Gustav Mahler.

Heras-Casado está contento y es consciente del "hito", pero procura restarle importancia. Llega a ese atril para llenar el vacío del prestigioso Nikolaus Harnoncourt, que hace poco anunció su retirada definitiva, pero se trata de un único concierto dedicado a Mendelsohn. Y al "maestro", como se conoce en el argot a los directores, le gustan los "proyectos a medio plazo" que consoliden su relación "con un puñado de buenas orquestas". Acaba de dirigir la Sinfónica de Londres y la del teatro Mariinsky, de San Petersburgo. Lleva tres años consecutivos dirigiendo ópera en el Metropolitan de Nueva York, ya sabe lo que es dirigir la Filarmónica de Berlín y en la actualidad es el principal director invitado del Teatro Real. Si el concierto de Año Nuevo es la final de la Champions, él bien podría ser un Ronaldo de la música clásica. Con un carácter bastante más sobrio, eso sí.

¿Qué significa para usted este debut?

Es un concierto importante en medio de una temporada con muchos compromisos destacados. Pero para mí lo importante siempre ha sido hacer camino, correr, ganar experiencia sin perder pasión y un cierto sentido de la impaciencia. Llevo 20 años dirigiendo y en los últimos cinco o siete he aprendido muchísimo, a un ritmo muy intenso. Me apetecía mucho debutar con la Filarmónica de Viena, pero no tenía ninguna prisa. Podía llegar ahora como dentro 10 años.

No sólo es importante para usted. También para la música hecha por españoles.

Entiendo que sí y cada vez estoy más preocupado acerca del papel que algunos tenemos como altavoces. Si cosas como esta tienen un cierto calado y el mensaje llega a una sociedad en la que no estamos sobrados de buenas noticias, me parece bien. Igual que hay chefs y actores, hay directores de orquesta y solistas. Es un orgullo, hay que protegerlo y valorarlo.

Hace más o menos un año, Heras-Casado fue el protagonista de El director de los sentidos, el primer perfil amplio publicado por EL ESPAÑOL cuando era un blog y una promesa que apenas echaba a andar. Desde entonces, el músico ha grabado dos álbumes, ha hecho giras y continúa viajando por todo el mundo, aunque trata de volver a Madrid a menudo. En la capital vive su mujer, la presentadora Anne Igartiburu, con la que espera un hijo.

La Novena de Beethoven es un grito del pueblo. Eso tiene que permanecer vivo. La música no puede convertirse en decorativa ni de ascensor.

Su cara cambia cuando habla de Pierre Boulez, el compositor y director francés que lo apadrinó, recientemente fallecido. De él aprendió que "uno no puede acercarse a la música, ni al arte ni a la vida como el que vuelve cada noche a su casa y se sienta en su sillón, sabiendo la textura que tiene o lo hondo que está. El arte es búsqueda, conflicto y confrontación. Y una sinfonía de Schumann no es música para sentirse cómodo. Hay lucha interna y dramatismo humano, hay tensiones. La música no debe ser una repetición de un lugar común".

Es decir, que no por conocida la Novena de Beethoven debe darse por amortizada.

¡En absoluto! Es un grito. Hace un par de días hablaba con Antonio Muñoz Molina, que es también un gran melómano. Me decía que escuchó un ensayo general de la Filarmónica de Berlín en Nueva York con Simon Rattle y que veía al coro, vestido con vaqueros y camiseta, cantando con tal convicción y potencia que le siguió pareciendo un grito del pueblo. Eso tiene que permanecer vivo. La música no puede convertirse en decorativa ni de ascensor.

¿Lo es para las instituciones en España?

Ya no se trata de la música. ¡La cultura en general ha estado ausente! Las elecciones son un buen barómetro de la sociedad y de lo que sale a flote en un momento de transición, de movimiento de placas tectónicas. La gente se pone a pensar qué nos falta, qué tenemos y qué no. Todos los deseos y ambiciones se concentran en ese momento en el que se supone que la sociedad debe repensarse y redefinirse. Con la cultura hay un problema de concepto. Decimos: "la cultura es importante". Pero no es que sea importante, es que somos eso. No puedes cuestionarlo. Y nos estamos negando, nos estamos quitando el alma. La historia de las ideas tiene una raíz cultural, no es sólo música, danza o teatro. ¡Es lo que somos! Quiero pensar que luego la gente no es tan pasiva…

Hay que cuidarlo, pero de esto no se habla, no existe. Hay a quien le interesa que se confunda esto con algo elitista

... pero tiene sus dudas.

No ha habido un clamor social que se pregunte qué pasa con las bibliotecas o la política educativa. En otros países se discute muchísimo de Educación y es un asunto de Estado. La cultura debería ser primordial, por ejemplo en el debate de investidura, porque hay sociedades que en épocas de crisis se agarran sobre todo a la cultura. Hay quien cree que la cultura es pagar conciertos para que venga una orquesta e interprete cuatro valses. Es mucho más profundo que eso. No se puede cerrar un museo, una escuela de música, dejar que una iglesia se caiga. Hay que cuidarlo, pero de esto no se habla, no existe. Hay a quien le interesa que se confunda esto con algo elitista. Cuando uno defiende la cultura parece que estás defendiendo…

¿Un privilegio de ricos?

Exactamente. Y no se trata de eso. España tiene posiblemente el legado cultural más complejo y rico del mundo occidental y no hay excusa para no preservarlo, potenciarlo y seguir creando. Políticamente no hay el más mínimo interés.

Llama la atención que ahora, cuando hay tantas cosas en cuestión, cuando las posibilidades de la política son más amplias que nunca, la cultura no esté en la vanguardia de los cambios. ¿Podríamos haber tenido esta conversación hace cinco años?

Parece que el panorama no ha cambiado mucho, ¿no? Pero en otras épocas ha pasado. Pensemos en los principios del siglo XX o incluso los 80 en España. De lo único que se habla es del 21% del IVA, que es importante, pero no lo es todo.