Neurociencia

Beber alcohol activa las neuronas que impulsan a seguir bebiendo

Las bebidas alcohólicas potencian continuar el consumo mientras adormece las neuronas que nos instan a parar.

Al beber mucho, falla el mecanismo de parar.

Al beber mucho, falla el mecanismo de parar. Getty Images

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Bebo para olvidar que siento vergüenza de beber, le decía el borracho al Principito de Saint- Exupéry. La idea del alcohólico que bebe para olvidar su problema con la bebida es un chiste popular bastante amargo. Pero dejando aparte que obviamente al bebedor de El Principito no le funcionaba, ¿realmente tiene sentido biológico pensar que la ingesta de alcohol ayude a alejarlo de la mente, o al menos a parar de beber?

Sabemos que no es así, y en ello tiene mucho que ver el núcleo estriado, un complejo de neuronas hundido en lo más profundo de nuestro cerebro. El estriado se encarga de recibir señales de la corteza cerebral y dirigirlas hacia los ganglios basales. Pero sobre todo, es un componente fundamental del sistema de recompensa, el que nos refuerza las acciones que nos producen sensaciones placenteras.

Entre los muchos impactos del alcohol sobre el cerebro, el estriado es el principal responsable de que la bebida nos empuje a seguir bebiendo; es el centro de la adicción.

El secreto está en sus neuronas, y concretamente en un tipo de estructuras descubiertas en 1888 por el genio y el ojo de Santiago Ramón y Cajal. Estudiando sus preparaciones a través del microscopio, Cajal observó que las ramas de las neuronas, llamadas dendritas, no eran lisas, sino que estaban recubiertas por unas minúsculas espinas. En el tráfico del impulso nervioso, que fluye desde las dendritas al cuerpo neuronal y de él al cable principal o axón, el aragonés propuso además que estas púas servían para recibir la señal, enchufando las dendritas de una neurona a los axones de otras. Nadie le creyó; los neurocientíficos de su época decían que aquel español tenía demasiada imaginación.

Espinas dendriticas

Espinas dendriticas Flickr

Pero, naturalmente, Cajal tenía razón en todo. Las espinas dendríticas son un elemento fundamental en la formación de la memoria y desempeñan un papel crucial en el fenómeno de plasticidad sináptica, la capacidad de nuestro cerebro de reforzar ciertas conexiones y que resulta finalmente en lo que cada uno somos.

Ángel y demonio

En el caso del estriado, este núcleo se compone en su mayoría de neuronas espinosas que se dividen en dos tipos, llamados D1 y D2, según posean una clase u otra de receptores del neurotransmisor dopamina. Como en esa imagen típica de los dibujos animados del ángel y el demonio sentados sobre los hombros del personaje, las neuronas D1 son las que nos dicen "sigue", mientras que las D2 nos aconsejan: "para".

En agosto de 2015, el equipo de investigación que dirige el neurocientífico Jun Wang en la Facultad de Medicina de la Universidad A&M de Texas (EEUU) mostró que el alcohol no sólo aumenta la actividad de las neuronas D1 del estriado, las que nos empujan a beber, sino que provoca cambios estructurales en esta parte del cerebro: las D1 aumentan sus ramificaciones y el número de espinas maduras, lo que las convierte en neuronas más potentes.

Es decir, que la huella del alcohol sobre el cerebro es mucho más que un proceso químico, modificando su estructura a través de las espinas descubiertas por Cajal. "La adicción es un trastorno con cambios estructurales a nivel celular", resume Wang a EL ESPAÑOL.

Esta plasticidad sináptica del cerebro, que nos resulta útil para poder aprender, también nos sirve para aprender lo que no deberíamos; y más durante la adolescencia, una época de crecimiento en que las neuronas son especialmente susceptibles a este tipo de aprendizaje.

Lo que el trabajo de Wang y su equipo demuestra en la práctica es que el cerebro alcohólico no puede olvidarse de la bebida, ya que ha potenciado las espinas que almacenan el recuerdo y la necesidad de este hábito. "Cuando bebes alcohol, en cierto modo se potencia la memoria a largo plazo", dice Wang. "Pero eso aumenta la adicción".

Pero el alcohol no actúa únicamente sobre las neuronas D1. Un nuevo estudio del equipo de Wang, publicado ahora en la revista Biological Psychiatry, revela que el efecto de la bebida es doble: además de reforzar las D1, también adormece las D2, las que deberían ordenarnos que dejemos de beber. Esto contribuye a ese efecto de pérdida de control típico de la adicción: cuanto más bebemos, más queremos beber.

Es un entrenamiento y el cerebro responde eficientemente a él. Por eso es tan difícil para el alcohólico dejar de beber: no basta con buena voluntad, ya que el cerebro ha sido recableado por el efecto del alcohol.

Romper el círculo vicioso

Los experimentos de Wang se han llevado a cabo en ratones, a los que se les deja libremente la opción de consumir líquido de dos botellas, una de las cuales contiene alcohol. Pero el neurocientífico cree que los mismos mecanismos operan en los humanos. Y el conocimiento de este círculo vicioso del alcoholismo puede ayudar a romperlo: los investigadores lograron incitar a los ratones al consumo de alcohol simplemente activando químicamente sus neuronas D1 o inhibiendo sus D2, provocándoles una falsa adicción. Pero también consiguieron lo contrario, apartar a los animales de la bebida bloqueando sus D1 o aumentando la actividad de sus D2.

"Mi objetivo final es comprender cómo funciona el cerebro en la adicción", dice Wang. "Los agonistas de los receptores D2, o la activación de las neuronas D2, pueden ayudar a tratar la adicción". El investigador subraya que aún estamos lejos de poder manipular a voluntad la actividad de estas neuronas en el cerebro de una persona de forma específica y sin afectar a otros procesos que no deben tocarse, pero se muestra optimista respecto a las aplicaciones futuras de sus estudios: "Si logramos entender cómo funciona, algún día seremos capaces de suprimir la necesidad de otra ronda y detener el ciclo del alcoholismo".

Incluso hay esperanza para el bebedor de El Principito. Aunque el cerebro ya esté condicionado por la estructura resultante del consumo de alcohol, no todo está echado a perder; la capacidad de adaptación de nuestro órgano pensante puede ser una aliada. Según Wang, "gracias al mecanismo de plasticidad sináptica, teóricamente los cambios estructurales también pueden revertirse". Pero el camino para desaprender no es fácil, ya que el cerebro deberá luchar contra la lógica de su propia naturaleza; algo posible, siempre que se empiece olvidando la idea de que el alcohol ayudará a olvidar el alcohol.