Medio Ambiente

Salven al único testigo del crimen de Berta Cáceres

El mexicano Gustavo Castro estaba en casa de la ambientalista hondureña cuando la asesinaron. Ahora, organizaciones de todo el mundo temen por su vida.

Simpatizantes de Berta Cáceres transportan su féretro en La Esperanza.

Simpatizantes de Berta Cáceres transportan su féretro en La Esperanza. Reuters

En la madrugada del jueves al viernes de la semana pasada, dos hombres accedieron a la vivienda que Berta Cáceres tenía en La Esperanza, un municipio hondureño de 21.000 habitantes al oeste del país. "¿Quién anda ahí?", fueron las últimas palabras de ella, pronunciadas antes de que se abalanzaran sobre su cuerpo. Cáceres intentó defenderse con forcejeos hasta que uno de los agresores la disparó. Si estos detalles han trascendido es porque otro ambientalista, el mexicano Gustavo Castro, estaba en su domicilio aquella noche. Salió de otro cuarto al escuchar los gritos y recibió dos disparos que le rozaron el oído izquierdo y una mano. En un acto reflejo, yació en el suelo haciéndose el muerto, maniobra que acabó por salvarle la vida.

Hoy, este miembro de las ONG Otros Mundos Chiapas y la delegación mexicana de Amigos de la Tierra está retenido por la justicia hondureña, que le ha impedido tomar un vuelo de vuelta a México. Desde varias asociaciones medioambientales se teme por la vida del único testigo del asesinato de Berta Cáceres.

El ambientalista Gustavo Castro.

El ambientalista Gustavo Castro.

En Madrid, Amigos de la Tierra acaban de entregar una carta al ministro de Asuntos Exteriores en funciones, José Manuel García-Margallo, "para que el conflicto se resuelva cuanto antes". "Hemos pedido la liberación inmediata de Gustavo y su protección hasta que aterrice en Chiapas", dice a EL ESPAÑOL Alejandro González, portavoz de esta organización. "El domingo por la noche logré hablar con mis compañeros mexicanos y Gustavo seguía en poder de las autoridades para hacer una supuesta tercera declaración, retenido en la embajada y con muy poca información por parte de las autoridades hondureñas", añade.

Un icono indigenista y medioambiental

Berta Cáceres "llevaba mucho tiempo advirtiendo de las amenazas que sufrían, tanto ella como su familia, en relación a su actividad de oposición al proyecto hidroeléctrico", explica a EL ESPAÑOL Érika González, del Observatorio de Multinacionales en América Latina. Anular el proyecto de la presa Agua Zarca, en el cauce del río Gualcarque, fue uno de los principales caballos de batalla de Cáceres en su lucha por preservar el territorio de su etnia, la lenca, amenazado de inundación si la presa llegaba a completarse.

Durante 21 meses, los opositores lograron bloquear las obras de Agua Zarca, forzando a que la compañía china Synohidro -principal fabricante mundial de estas estructuras- abandonase su participación en el proyecto, liderado por la empresa local Desarrollos Energéticos S.A. Este logro le valió a Cáceres el prestigioso Premio Goldman 2015. "Ella decía que su actividad tenía un coste muy alto, como había podido verse con el asesinato de cuatro de sus compañeros: Moisés Durón, William Jacobo, Maycol Rodríguez y Tomás García", detalla González.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (dependiente de la Organización de Estados Americanos), que había establecido medidas cautelares de prevención para Cáceres, las ha hecho extensivas ahora a sus hijos y otros familiares.

¿Qué hacía en su casa?

La noche en que la mataron, Cáceres había invitado a su casa a Castro porque estaban "organizando unas jornadas sobre cómo potenciar las energías renovables", apuntan desde OMAL, algo confirmado también por sus compañeros en Amigos de la Tierra. "Querían ofrecer alternativas a una presa hidroeléctrica de la dimensión que tiene la de Agua Zarca y plantear que otro modelo energético es posible sin reducir a estos megaproyectos", explica Alejandro González. El propio Castro declaró que estaba allí porque Cáceres tenía conexión a internet y estaban trabajando en unos cursos dirigidos al Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh).

Además de la fuerte hipótesis del activismo medioambiental de Berta Cáceres contra el proyecto hidráulico, el periódico local La Prensarevelaba que los investigadores policiales trabajaban con otras dos tesis: que los asaltantes hubieran entrado a robar o que se tratara de un crimen pasional. Por ello, la presencia de Castro aquella noche y su testimonio son fundamentales.

"No tenemos mucho detalle de cómo Gustavo consiguió escapar de allí", explica su compañero en Amigos de la Tierra, "él fue voluntariamente a las autoridades locales a pedir ayuda y desde ese momento, en vez de tratarle como víctima, le han tratado con cierta sospecha".

Simpatizantes de Berta Cáceres portan un estandarte con su rostro en La Esperanza.

Simpatizantes de Berta Cáceres portan un estandarte con su rostro en La Esperanza.

Hasta el momento, las autoridades han detenido a un hombre de 27 años llamado Aureliano Molina Villanueva, de quien sospechan fue uno de los asaltantes. Sorprendentemente, o no, Molina Villanueva es un prominente líder ambientalista, miembro de la etnia lenca y compañero de Cáceres en el Copinh.

"El contexto de impunidad y violaciones de derechos humanos registradas previamente en Honduras nos hace temer por la vida de Castro", añade Érika González. No sólo en Honduras, aunque sea el país donde ser activista medioambiental es más peligroso, con 101 asesinados entre 2000 y 2014 según la organización Global Witness.

El año pasado, el costarricense Jairo Mora fue secuestrado mientras protegía huevos de tortuga en una playa de Costa Rica. Sus captores le apalearon y le ataron a un coche, arrastrándolo hasta que murió de asfixia. Aquel indignante episodio causó que los voluntarios a la Asociación Latinoamericana de Tortugas de Mar (LAST) se redujeran en un 90%.

Este fin de semana, La Prensa preguntó a sus lectores online si el asesinato de Berta Cáceres sería esclarecido. El 76% respondió que no.