En 1984, el biólogo Edward O. Wilson propuso un concepto que entonces pareció meramente poético y que hoy ha terminado por convertirse en una estrategia de negocio: la biofilia. Del griego bíos (vida) y philía (amor), la tesis de Wilson ahonda en la idea de que la naturaleza no sólo nos atrae por ser hermosa. Es que la necesitamos para vivir, para pensar, para sanar…
La industria hotelera ha tardado casi cuatro décadas en tomárselo completamente en serio. Pero hoy el diseño biofílico —la integración deliberada de naturaleza, luz natural, vegetación, agua y materiales orgánicos— es uno de los principales criterios de elección del viajero contemporáneo.
El Parkroyal Hotel de Singapur se ideó como un hotel dentro de un jardín.
Según un estudio de Deloitte, el 73% de los viajeros de lujo prioriza la sostenibilidad en sus decisiones de reserva. Y los hoteles con elementos biofílicos reportan una mejora de hasta el 15% en sus índices de satisfacción, según datos recogidos por Hospitality Net.
No es sólo estética, es beneficio comprobado
El concepto de biofilia tiene implicaciones clínicas bien documentadas. Estudios de la Universidad de Michigan demostraron que basta con 20 minutos en un entorno natural para reducir significativamente los niveles de cortisol en sangre.
Lo que los mejores hoteles biofílicos del mundo venden no es, en el fondo, una habitación. Es una dosis de naturaleza prescrita como medicina.
Interior de la casa de Bawa en Lunuganga. Abierta al exterior para dialogar con la naturaleza en primera persona.
Uno de los pioneros de este tipo de construcciones fue el arquitecto ceilandés Geoffrey Bawa, padre del modernismo tropical. Sus hogares fusionaban exterior e interior, luz y sombra, exposición y privacidad. Eran verdaderos refugios climáticos ante el calor húmedo y asfixiante o ante el monzón. Hoy te puedes alojar en una de sus maravillosas casas en la región de Galle, al sur del país.
Cuando el edificio es el paisaje
Los ejemplos más radicales de esta tendencia no se limitan a añadir plantas en el vestíbulo. El Oasia Hotel Downtown de Singapur está envuelto en una malla de aluminio cubierta por plantas y casi el 40% de su volumen total está ocupado por jardines comunitarios al aire libre.
El edificio funciona como un ecosistema vertical que atrae pájaros e insectos: un pulmón vivo en el corazón de una de las ciudades más densas del planeta.
La fachada del Oasia Hotel destaca por su fachada cubierta de más de 54 especies de plantas.
En São Paulo, la torre Rosewood está revestida con más de 10.000 árboles autóctonos de la selva tropical Mata Atlántica, reintroduciendo flora nativa en la trama metropolitana. En ambos casos, la arquitectura no decora el paisaje: lo regenera.
Las Cocoon Pool Suite del Wild Coast Tented Lodge, en Sri Lanka, reproducen la forma de la rocas que lo rodean .
En Europa, el planteamiento se desarrolla de manera más horizontal. Nuevos hoteles en Escandinavia, los Alpes suizos o la costa noruega prescinden de fachadas que interrumpan la vista y trabajan con materiales locales —piedra, madera, tierra— para que el edificio emerja del suelo más que posarse sobre él. El viajero no mira el paisaje desde la ventana. Vive dentro de él.