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Es sábado en la mañana y Santiago de Chile se siente viva. A menudo, muchas de sus calles más céntricas son cerradas al tráfico para fomentar, así, que sus ciudadanos hagan uso y practiquen actividades al aire libre con total tranquilidad.

Sucede entonces que la vida se traslada a los parques, a las calles y a las terrazas: los más deportistas aprovechan para salir a correr, las familias y amigos quedan para un almuerzo sin prisas, y las escenas cotidianas adquieren un enfoque mucho más disfrutón.

Esa querencia por los espacios compartidos, por encontrarse en exteriores y dejar que el día avance sin demasiadas pretensiones, se refleja muy bien en el barrio de Lastarria. Pequeñito, pero con gran fuerza identitaria, cuenta con una calle principal que le da nombre —en honor al intelectual y político chileno del siglo XIX, José Victorino Lastarria— y otro puñado más de vías que se despliegan en torno a ella.

Se hallan junto al cerro de Santa Lucía, y son la cultura, la gastronomía y el placer de pasear los mayores protagonistas en una visita.

En cada calle pueden aparecer personas amenizando los paseos de los transhúntes.

En cada calle pueden aparecer personas amenizando los paseos de los transhúntes. Marca Chile

Para ponernos en contexto, diremos que Lastarria es un vecindario cuya historia comenzó a forjarse en el siglo XIX, coincidiendo con la construcción de la iglesia de la Veracruz. Fue entonces, también, cuando se transformó el cercano cerro en paseo público, lo que hizo que ya muchos pusieran sus ojos en la zona.

Con el desarrollo del Parque Forestal, llegaron los artistas e intelectuales que formaron comunidad, le dieron su carácter cultural y lo pusieron, como suele suceder en estos casos, de moda.

Los sabores de Lastarria

Aunque Lastarria bulle de actividad a diario, los fines de semana la cultura se apropia de las calles. La vía principal, repleta de fachadas de aire europeo, edificios históricos y rincones arbolados, se colma de decenas de puestecitos en los que artesanos locales y libreros exponen su género, creando una suerte de mercado al aire libre.

Por eso cuesta caminar por la alargada calle: las tentaciones son tantas y tan variadas que pocos son los que logran no sucumbir a ellas.

Los fines de semana los puestos salen a la calle.

Los fines de semana los puestos salen a la calle. Marca Chile

Los estímulos, eso sí, no están solo vinculados al consumismo puro y duro: también los restaurantes han proliferado en la zona y la oferta resulta tan diversa, que se querrán probar todos.

La tendencia por la gastronomía nipona la vemos en negocios como Bask Sushi, que adapta los tradicionales nigiris al producto estacional y a la pesca del día, o la pastelería Sakumu, donde elaboran unos bizcochos de miel rellenos de tsubuan que saben a gloria.

Flama, a manos del chef Max Cabezón, se ha convertido en el sitio de moda gracias a sus populares pizzas y otros platillos de esencia italiana, mientras que en Le Bistrot, liderado por el chef Gaetan, la oferta es de cocina estilo francesa.

Justo al lado, por cierto, se halla Montana, cuyas largas colas ya nos advierten de que en ella se sirven los helados más ricos de todo Lastarria.

La barra del restaurante Liguria, elegante y con mensajes que lanzar.

La barra del restaurante Liguria, elegante y con mensajes que lanzar. Cristina Fernández

Pero si tuviéramos que quedarnos con un lugar, ese sería el Bar Liguria Lastarria, que ocupa todo un edificio de 1906 proyectado por Alberto Cruz Montt.

Esta construcción de tres plantas, conocida como la Casa Valdés Freire, es hoy un lugar de encuentro donde se potencia el disfrute en todas y cada una de sus formas, empezando por la gastronomía, continuando por la música, y terminando con un buenísimo ambiente.

En sus inmensas barras y en la decoración de sus salones, tienen cabida el Chile de ayer y de hoy, pero también influencias de más allá de las fronteras del país: lo mismo nos topamos con un retrato de Neruda que con uno de David Bowie.

Su historia, repleta de raciones de mechadas y pichangas, lleva ya 30 años escribiéndose, aunque no siempre en este mismo local. ¿Un consejo? Solo por ver el interior del edificio, ya merece la pena la visita.

Los cuadros ocupan una parte importante del restaurante, sin ocupar protagonismo a los platos.

Los cuadros ocupan una parte importante del restaurante, sin ocupar protagonismo a los platos. Cristina Fernández

Frente al arte

Pero hablemos de talento e inspiración, porque si hay algo importante en Lastarria es que en sus calles, el arte, no se queda entre las paredes de las galerías o en las fachadas de sus edificios históricos: también tiene sus propios espacios en los que poder detenernos y mirar con otros ojos el lado chileno más creativo.

Un ejemplo es el Museo de Artes Visuales —MAVI UC—, ubicado en la propia calle José Victorino Lastarria, junto a la plaza Mulato Gil de Castro. En sus entrañas aguardan más de mil obras de arte chileno moderno y contemporáneo — incluyendo piezas de Roberto Matta y Nemesio Antúnez— que nos permiten acercarnos a diferentes generaciones de artistas.

La entrada al museo, un espacio que recoge un sinfín de obras chilenas.

La entrada al museo, un espacio que recoge un sinfín de obras chilenas. Arquitectura Viva

El MAVI UC incorpora, además, la Sala MAS, dedicada al Museo Arqueológico de Santiago, con una muestra que nos lleva a conocer el diálogo entre arqueología, culturas ancestrales y arte contemporáneo.

Pero si existe un lugar en Lastarria que nos cautiva sobremanera, ese es el Centro Cultural Gabriela Mistral, más conocido como GAM. Una amplia construcción que nació en 1972 como sede de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.

Esta obra arquitectónica se levantó, en apenas 275 días, durante el Gobierno de Salvador Allende, y tras la conferencia acabó por convertirse en el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, concebido como un lugar de encuentro para los ciudadanos.

El Centro Cultural Gabriela Mistral se ilumina por las noches y embellece su estructura exterior.

El Centro Cultural Gabriela Mistral se ilumina por las noches y embellece su estructura exterior. GAM

Así fue hasta que el golpe de Estado de 1973 cambió su destino. Rebautizado como Edificio Diego Portales, cambió, de un día para otro, para ser la sede de la Junta Militar.

Tras todo tipo de eventos políticos y sociales, el edificio acabó por incendiarse en 2006, abriendo una nueva etapa. Tras su reconstrucción, renació en 2010 como GAM, recuperando su vocación pública y cultural.

Nos adentramos en él para descubrir, enseguida, que el enclave reúne hoy bajo un mismo techo salas de teatro y danza, espacios para conciertos y exposiciones, una biblioteca especializada y plazas abiertas que invitan a atravesarlo.

Es importante, también mirar hacia arriba cuando se entra en el interior del centro.

Es importante, también mirar hacia arriba cuando se entra en el interior del centro. GAM

Abrimos bien los ojos frente a él y admiramos su arquitectura, que juega precisamente con esa idea de apertura: pasarelas, explanadas y zonas que conectan el edificio con el ritmo de la calle.

Es de lo más común toparse con santiagueños haciendo uso de sus servicios y disfrutando del lugar, ya sea utilizando sus plazas como salas de ensayo para baile, o acudiendo a una exposición.

Un edificio como icono

Una última parada nos lleva de vuelta a la calle José Victorino Lastarria, que a estas alturas ya hemos establecido como base principal de operaciones. Allí permanece erguida, a duras penas, la iglesia de la Veracruz, aquella que fue fundamental para establecer los orígenes del barrio.

En el barrio también caben espacios dedicados al culto y a la oración.

En el barrio también caben espacios dedicados al culto y a la oración. Chile Iglesias

Su historia se remonta a mediados del siglo XIX, cuando Santiago comenzaba a expandirse más allá de su núcleo histórico. Construida entre 1852 y 1857 según el proyecto del francés Claude-François Brunet de Baines, se concibió como homenaje a Pedro de Valdivia y a las relaciones entre España y Chile.

Sin embargo, ha quedado marcada por el incendio del 12 de noviembre de 2019, provocado durante el estallido social chileno. Las llamas arrasaron gran parte del interior y destruyeron pinturas, muebles y el órgano, aunque la estructura principal logró resistir a la catástrofe.

Tras permanecer cerrada durante años, volvió a abrir sus puertas en 2024 con las huellas del fuego todavía visibles en sus muros y maderas ennegrecidas. Las contemplamos en silencio, guardando el respeto que se merece el lugar y entendiendo que, lejos de borrar por completo las cicatrices, su reapertura le devolvió el templo a la comunidad como espacio de culto, encuentro y música.

La vista aérea del barrio de Lastarria, urbanita pero clásico.

La vista aérea del barrio de Lastarria, urbanita pero clásico. GAM

Al fin y al cabo, esa es, precisamente, la esencia de este enclave. El motor que hace girar la rueda de este vecindario comprometido, ecléctico, y de fuerte personalidad.