Aunque está conectado mediante tren a la capital inglesa, una maravillosa opción para alcanzar nuestro destino es conducir relajadamente por las enrevesadas carreteras que se adentran en la Inglaterra más rural, esa de frondosos jardines al más puro estilo british y pueblitos costeros de postal.
Así el proceso de inmersión en la parte sureña de Inglaterra se produce paulatinamente hasta alcanzar este enclave que se convirtió, hace años, en el centro de todas las miradas. Porque Folkestone, con su carácter marinero y su aspecto de refugio tranquilo, esconde una segunda cara tras su fachada. Una tan fascinante y atractiva, como animada.
Pero antes, situémonos: nos encontramos en el extremo sureste de Inglaterra, frente al Canal de la Mancha y a apenas unos kilómetros de la costa francesa. Este fue, durante décadas, uno de los grandes destinos balnearios de Kent y un importante puerto de conexión con el continente.
Sin embargo, el declive del tráfico marítimo —y la llegada del Eurotúnel— cambiaron la relación de Folkestone con el mar, y el pueblo tuvo entonces que renovarse: si quería atraer a visitantes, necesitaba lanzar una propuesta innovadora y sorprendente.
Así fue como la antigua localidad victoriana transformó viejos espacios portuarios abandonados en lugares para comer y pasear, y comenzó a alojar galerías o estudios en sus viejas calles comerciales, convirtiendo el arte contemporáneo en su seña de identidad.
Como pequeños islotes, estas casitas han dado vida a la costa de Folkestone.
Harbour Arm, punto de partida
Iniciamos nuestro periplo en la denominada Harbour Arm, el antiguo espigón ferroviario que se adentra en el Canal de la Mancha. Aquí solía llegar el famoso ferry que conectaba la localidad con Boulogne-sur-Mer, en Francia, y desde este enclave partían los soldados hacia el Frente Occidental durante la II Guerra Mundial.
Esta zona que aún conserva, de algún modo, la esencia del pasado pesquero del pueblito inglés, se ha convertido desde su recuperación en 2014 en un punto de encuentro entre presente y pasado plagado de atractivos.
Miramos al horizonte con la esperanza de vislumbrar la costa del país vecino en la lejanía, pues en los días claros es posible, mientras comprobamos cómo las antiguas instalaciones ferroviarias han sido transformadas en espacios enfocados a la gastronomía y al bebercio, al disfrute de la música y del arte.
Más de 70 negocios concentran una oferta de lo más variada que provoca que los fines de semana se colmen de visitantes llegados de todos los rincones de la región.
Nos acercamos hasta el icónico faro, en el extremo del muelle, donde se halla The Lighthouse Champagne Bar. Nada como una cata de champán y ostras frescas locales para ir abriendo boca. Un festín culinario que puede continuar, por qué no, en restaurantes y cafés como Gaia + Grind o The Tasting Rooms.
El lugar ideal donde degustar unas olas y dejarse mecer por el sonido del mar.
Los negocios independientes se suceden y lo culinario sigue teniendo el protagonismo, no importa si es ofreciendo platillos a base de pescado y marisco o cocina internacional. Caemos rendidos ante Shesells Seashells, un juego de palabras que define a la perfección este singular restaurante ubicado en antiguos vagones de tren restaurados sobre el muelle.
La historia del negocio comenzó con sus célebres mejillones, que desde 2019 se convirtieron en uno de los platos más populares. Hoy la carta incluye también langosta o filet steak —para los que apuestan por carne—. Eso sí, para maridar, una selección de vinos de Chapel Town, una de las bodegas más conocidas de Kent.
A dos pasos, la zona se ha ampliado con espacios como Harbourside, donde antiguos contenedores marítimos albergan restaurantes y bares, y Beachside, junto a la playa, con locales como The Pilot Beach Bar, un pequeño bar que se abre al mar con una colección de tumbonas, mesas al aire libre y —¡guau!— hasta antiguos coches de choque de feria, que le dan un aire de chiringuito británico bastante peculiar.
El colofón, en el Sea Scrub Sauna, un peculiar oasis de bienestar que trae hasta la costa la tradición nórdica de alternar calor y frío.
Parecen haber salido de su lugar habitual, pero los cochecitos le otorgan un perfil muy vintage al espacio.
Pero, más allá de lo puramente gastronómico, ya avisábamos que en Folkestone el arte está muy presente. La primera muestra, de hecho, la tenemos más cerca de lo que imaginamos: bajo el Harbour Arm, casi escondido entre las estructuras del antiguo muelle, hay una figura de un hombre que parece haberse quedado allí petrificada contemplando el mar.
Es una de las obras de hierro fundido pertenecientes a Another Time, una serie de cien cuerpos humanos que el artista Antony Gormley ha situado en diferentes lugares del mundo para explorar la relación entre el cuerpo, el espacio y el paso del tiempo.
Esta se halla instalada desde 2017 en una antigua plataforma de carga y fue concebida para convivir con las mareas: cuando el agua sube, la escultura queda parcialmente sumergida; cuando baja, vuelve a aparecer casi por completo.
Una escultura que sirve para medir el nivel del mar y que genera una incertidumbre estática.
Con el arte hemos topado
Sirve esta primera obra para adentrarnos en el universo artístico local. No en vano, estamos en la mayor muestra de arte contemporáneo al aire libre de todo Reino Unido. Una exposición gratuita, abierta las 24 horas y los 365 días del año, que reúne alrededor de 74 obras de 46 artistas diferentes repartidas por toda la localidad.
El talento de nombres como Tracey Emin, Antony Gormley, Yoko Ono, Mark Wallinger o Cornelia Parker se halla a la vuelta de una esquina, en un parque, junto a un edificio o en un jardín. ¿Unas de las más populares? Las seis curiosas casas de colores de Richard Woods, que conforman el proyecto Holiday Home, creado para la Trienal de 2017 y que colocó estas réplicas de viviendas a escala reducida en lugares tan poco convencionales como el puerto o un acantilado.
Los barcos rodean durante sus jornadas a estas coloridas casitas.
Por todo esto, caminar por las calles de Folkestone es un inmenso deleite visual que continúa en localizaciones como Old High Street y el Creative Quartier. El barrio reúne más de un centenar de negocios creativos entre galerías —como The Stables o Fourth Wall—, tiendas vintage — Bounce Vintage o The South East Emporium—, estudios, talleres, tiendas independientes y cafés como Rebels Coffee, un agradable negocio para tomar el producto de especialidad.
La cara B de este destino artístico lo exploramos en cuanto nos acercamos a The Leas Promenade, un elegante paseo que recorre los acantilados de Folkestone y que ofrece una de las mejores perspectivas sobre el Canal de la Mancha.
El entramado de caminos que llama la atención de todos los amantes del senderismo.
Creado en la época victoriana como parte de la transformación de la localidad en destino balneario, se extiende durante kilómetro y medio entre jardines, terrazas y antiguas construcciones que recuerdan aquella época de esplendor.
Al final de la ruta, aparece ante nosotros el Zig Zag Path, que permite descender entre acantilados hasta la zona de playa. Una manera inigualable de ponerle punto final a esta singular visita... De nuevo con vistas al mar.