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Tal vez sea por la manera en la que la luz se cuela entre los huecos de las techumbres que protegen los puestos de la medina de Fez, la mejor conservada del mundo, creando esa estampa casi onírica: al trasluz, se aprecian miles de motas de polvo sostenidas en el aire.

Quizás sea, sin embargo, por los aromas que emanan de los puestos del zoco, donde no faltan las especias —ahí el comino; ahí la canela— ni el aceite de argán, el cuero de las pantuflas de colores alineadas perfectamente en repisas o la hierbabuena del té toma aquel tendero.

Lo que está claro es que Fez es una ciudad que invita a vivirla con los cinco sentidos. Una urbe colmada de historia que tienta a admirarla y a respirarla, a palparla e incluso a escucharla: no hay sonido más hipnótico que el de la llamada a la oración desde el alminar más cercano.

Por eso, cualquier viaje que se precie a la ciudad imperial marroquí, debe arrancar por su corazón, donde la vida palpita con fuerza desde primera hora de la mañana.

Luz cálida y paso tranquilo bajo los arcos tradicionales de la medina.

Luz cálida y paso tranquilo bajo los arcos tradicionales de la medina. Unsplash

Basta que crucemos Bab Bou Jeloud, la monumental puerta azul que marca una de las entradas a Fes el-Bali, la medina fundada en el siglo IX y Patrimonio Mundial por la UNESCO, para que el mundo conocido parezca quedar atrás: aquí las calles se estrechan hasta convertirse en pasadizos y los burros sustituyen a los vehículos.

Al mismo tiempo, tras cada puerta aparentemente anónima, se oculta un riad, un patio de azulejos geométricos o un antiguo palacio. Estamos, no en vano, en una de las grandes capitales históricas y culturales del mundo árabe.

Fundada a finales del siglo VIII por Idrís I y convertida posteriormente en capital por Idrís II, Fez creció como centro político, religioso, intelectual y comercial hasta convertirse en uno de los grandes focos de conocimiento del Magreb.

Su importancia, incluso hoy día, se siente a cada paso, entre las madrasas, mezquitas, palacios y talleres artesanos que salpican su laberíntico entramado de callejuelas.

Cuando menos lo esperamos, unos gritos nos llaman la atención: debemos de retirarnos del camino y dejar paso a los burros que, cargados con el género de algún comercio, pasa a toda velocidad entre los transeúntes.

Un momento de calma felina al sol en las callejuelas empedradas.

Un momento de calma felina al sol en las callejuelas empedradas. Unsplash

Una camada de gatitos —los hay por todas partes, son los verdaderos protagonistas de la medina— presencia la escena desde una esquina.

El valor de lo hecho a mano

Entre los miles de estímulos que nos acechan a cada paso, se hallan también los talleres artesanales, profesionales que asombran con su maestría en las diferentes disciplinas.

Repartidos por gremios, el sonido de los martillos golpeando el metal nos avisa de que estamos llegando a la zona quienes trabajan el cobre, mientras que, algo más allá, son los ebanistas los que nos sorprenden con sus meticulosas tallas en madera.

Agachados, cincel en mano, hay quienes se afanan en dar forma a los conocidos zellige, palabra que define la minúscula cerámica geométrica con la que se elaboran mosaicos infinitos, puertas y antiguas fuentes revestidas de azulejos. Verles en acción es realmente maravilloso.

Sin apenas darnos cuenta, avanzamos entre alfombras, babuchas y lámparas hasta alcanzar la madrasa Bou Inania, uno de los grandes tesoros arquitectónicos de Fez.

Alfombras de vivos colores expuestas sobre el encalado tradicional de la calle.

Alfombras de vivos colores expuestas sobre el encalado tradicional de la calle. Unsplash

Construida en el siglo XIV por el sultán meriní Abu Inan Faris, funcionó como escuela coránica y residencia de estudiantes, y continúa siendo uno de los mejores lugares para entender la sofisticación alcanzada por la arquitectura de la época.

Admiramos los detalles como la madera de cedro tallada, el estuco o la extraordinaria decoración geométrica que demuestran que, en el mundo islámico, la ornamentación puede convertirse en una auténtica forma de arte.

No nos hemos dado cuenta, pero de repente se nos ha olvidado el bullicio que pervive en el exterior. Sin embargo, faltan aún estampas por descubrir en Fez.

Una de ellas, la que probablemente representa uno de los paisajes más reconocibles de la ciudad, la hallamos en sus curtidurías, cuya aproximación adivinamos debido al intenso olor que desprenden.

Subimos hasta las plantas más altas de algunas de las tiendas de cuero que se reparten en torno a las de Chouara, cuyo origen se remonta al siglo XI.

Pufs de cuero artesanal y chilaba sobre una pared de terracota.

Pufs de cuero artesanal y chilaba sobre una pared de terracota. Unsplash

Asomados a una terraza, lo vemos: frente a nosotros, decenas de recipientes de piedra donde las pieles se lavan, curten —con cal viva y excremento de paloma, de ahí el hedor— y tiñen siguiendo técnicas tradicionales.

Es asombroso que más de 250 familias continúen viviendo de este trabajo. Una ramita de menta bajo la nariz nos ayudará a sobrellevar la experiencia antes de regresar al ajetreo de la medina.

En la Plaza de Nejjarine nos topamos con la fuente homónima, una de las más hermosas gracias a su fachada decorada con zellige y madera de cedro. Justo detrás se encuentra el Fondouk Nejjarine, un antiguo caravasar del siglo XVIII que acogía a comerciantes y sus mercancías.

Actualmente, es sede del Museo Nejjarine de Artes y Oficios de la Madera. Muy cerca, la Universidad de Al Quaraouiyine, fundada en el año 859 por Fatima al-Fihri, está considerada una de las instituciones educativas más antiguas del mundo todavía en funcionamiento.

El acceso al interior de la mezquita, eso sí, está reservado a los musulmanes. La jornada perfecta puede —debe— acabar al atardecer en Borj Nord o en las Tumbas Meriníes: desde ellas se obtiene una panorámica espectacular de toda Fes el-Bali.

Silencio, devoción y arquitectura sacra en el patio de las abluciones.

Silencio, devoción y arquitectura sacra en el patio de las abluciones. Unsplash

Una panorámica perfecta con la que irnos a descansar.

En busca del lado más lujoso de Fez

Pero, más allá de la vorágine de la medina, de la autenticidad de sus barrios por gremios y de la vida cotidiana que se desarrolla en sus callejuelas, existe una versión de la ciudad que aboga por el lujo más exultante y el servicio más exclusivo.

No es de extrañar que algunos de sus hoteles más deslumbrantes se alojen, de hecho, en antiguos riads semiescondidos tras los muros de la medina.

Es el caso de Palais Amani, un cinco estrellas que ocupa un palacio del siglo XVII compuesto por 21 elegantes habitaciones en cuyos patios ajardinados se despliegan las mesas de su famoso restaurante.

Detalles de yesería artesanal y confort en una suite marroquí.

Detalles de yesería artesanal y confort en una suite marroquí. Cristina Fernández

Quienes quieren conocerla de cerca pueden disfrutar, también, de sus famosas clases de cocina en su Cooking School, talleres que se desarrollan en un espacio abierto con vistas inigualables a la medina.

No muy lejos, otro tesoro del hospitality es Riad Fes, perteneciente al sello Relais & Châteaux. Con un interiorismo que corrió a cargo del diseñador francés Christophe Pillet, se aloja en un palacio del siglo XIV recuperado y derrocha glamur y gusto en cada uno de sus 200 metros cuadrados.

Su restaurante, Gayza, ofrece un ejemplo de cocina francesa fusionada con marroquí de lo más extraordinaria, mientras su hammán, Riad Fès by Cinq Mondes et marcocMaroc, abraza el súmmum del bienestar con su oferta de tratamientos. Un lugar para quedarnos a vivir.