Solo hay que abandonar la costa sur y poner rumbo a la Cordillera Central para que Puerto Rico muestre su cara menos conocida. Es entonces cuando la carretera se retuerce entre montañas cubiertas de verdes imposibles y el frescor se apodera del ambiente, haciendo que la humedad —y poco a poco, también el aroma a café— se mezcle con el olor a tierra mojada.
Aquí, lejos de las playas paradisíacas que tantas y tantas postales protagonizan en la isla, nos olvidamos del perfil caribeño de Puerto Rico y descubrimos aquel que se define por las pequeñas fincas familiares, los bosques nubosos y una cultura cafetera que lleva mucho tiempo aferrada a sus paisajes.
Pero, para entender bien la importancia del café en la cultura boricua, necesitamos viajar en el tiempo al siglo XVIII, cuando los españoles, que ejercieron el dominio sobre la isla durante cuatrocientos años, lo introdujeron en el territorio. Esos granos encontraron en las tierras altas el ecosistema idóneo para su cultivo.
Tanto, que durante el siglo XIX llegó a ser uno de los grandes motores de la economía puertorriqueña, convirtiéndose en uno de los productos que más se exportaban. Sin embargo, la convivencia constante con las condiciones climáticas extremas que, a veces, azotaban a la isla mediante huracanes, hizo que tanto el café como otros muchos cultivos se vieran afectados.
Un horizonte donde la serranía se funde con la neblina.
Hoy, gracias a pequeños productores que han luchado por mantener viva esa parte de la historia de la isla, ha resurgido a través de proyectos comprometidos con el pasado, el orgullo y la cultura, pero también con la sostenibilidad.
Ponce, parte esencial de la historia
A pesar de que el café crece lejos del mar, un buen arranque para nuestra ruta se halla en Ponce, conocida como “la perla del sur” por convertirse en uno de esos grandes motores comerciales durante el siglo XIX. Un comercio cuyo máximo protagonista fue, durante mucho tiempo, el azúcar, a la que se unió el café en época de bonanza: de su puerto partían miles de sacos con este fruto cada año con rumbo a Europa, donde gozaba de gran popularidad.
Ponce, la segunda ciudad más importante de Puerto Rico, había sido fundada a finales del siglo XVII, pero gran parte del legado patrimonial que conserva corresponde a esta época. Lo comprobamos al pasear por su centro histórico, donde se alzan majestuosos edificios neoclásicos y criollos pintados de vivos colores.
Paredes que narran historias y lucen con orgullo la identidad boricua.
La mayor parte de ellos se encuentran en torno a la Plaza de las Delicias, como el popular Parque de Bombas, antiguo cuartel de los bomberos. Una joya arquitectónica con origen en 1882 que llama poderosamente la atención con su singular fachada en rayas rojas y negras tan a menudo fotografiada por los turistas. Junto a ella, se halla la deslumbrante Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe.
Antes o después de visitar el Museo de Arte de Ponce, que cuenta con una de las colecciones de arte europeo más importantes de todo el Caribe, no estará de más parar a deleitarnos con un primer café en Mis Viejos Café, un negocio de esencia familiar y ambiente distendido. Porque, ¿para qué habíamos venido si no?
Camino a las montañas de café
Continuamos nuestro periplo en busca del legado cafetero conduciendo tierra adentro, donde pequeñas fincas y proyectos comunitarios trabajan para preservar una tradición que nunca llegó a desaparecer. La carretera gira sin cesar mientras avanzamos hacia la Cordillera Central.
El fruto que encierra la esencia y el aroma de estas tierras altas.
En apenas una hora, aparece Adjuntas, el pequeño municipio rodeado de montañas que muchos consideran la capital moral del café puertorriqueño. Precisamente aquí se halla Casa Pueblo, un proyecto comunitario donde no dudamos en parar.
Fundada en 1980 por un grupo de vecinos con el objetivo de frenar un ambicioso proyecto de explotación minera que amenazaba estas montañas, la organización acabó convirtiéndose en un referente internacional al lograr su cometido y evitar el desastre.
Atravesamos las puertas de madera de su sede, alojada en una agradable casona pintada de rosa que funciona a la vez centro cultural y bosque escuela, emisora de radio o propulsora de programas educativos.
Del grano verde al tueste perfecto: el alma de una tradición en cada puñado.
Aprovechamos para también introducirnos en su propia marca de café, Café Madre isla, que trabaja por impulsar el cultivo de café de sombra —un sistema tradicional en el que los cafetos crecen protegidos por árboles autóctonos—, proponiéndolo como una herramienta para regenerar el bosque, fortalecer la economía local y ofrecer una alternativa sostenible a las comunidades rurales.
Tras catar el producto, y —por supuesto— hacernos con una bolsita de café que llevarnos a casa, continuamos el viaje.
El renacer de una identidad
Jonathan nos espera con una enorme sonrisa a la entrada de Finca Jácana, donde produce Latitud 18 o , su marca de café. Antes de entrar en explicaciones o ahondar en los porqués de su historia, nos pregunta cómo solemos tomarlo y se coloca tras la barra para prepararlos con absoluto esmero.
La recompensa perfecta: un trago reconfortante con vistas al paraíso verde.
Es en ese preciso instante cuando el café deja de ser una idea para convertirse en una experiencia que se toca, se huele y se saborea: en la taza aparecen entonces notas dulces y afrutadas, una acidez equilibrada y una suavidad que hablan tanto del terreno como del cuidado con el que se trabaja cada cosecha.
Envuelta por las montañas de Adjuntas, esta pequeña finca nació del empeño de Jonathan por encontrar un lugar en la sierra donde compartir la vida campestre con familia y amigos, y hospedar a sus animales. Nunca imaginó que aquella iniciativa acabaría llevándole a formar parte del resurgir del café de especialidad en Puerto Rico.
Así, lo que comenzó como un simple proyecto personal, acabó convirtiéndose en este acogedor espacio a más de 750 metros sobre el nivel del mar donde visitantes y amantes del café pueden comprender su proceso al completo en un distendido paseo por la finca, admirando desde cómo se realiza el cultivo de los cafetos hasta la recolección manual de las cerezas, el despulpado, el secado y el tueste del grano.
Un respiro profundo en el corazón de la Cordillera Central, donde el tiempo se detiene.
Nos animamos a saludar a algunos agricultores de la zona que se concentran en pesar los sacos que acaban de traer a Jácana, mientras otros trasladan el género en carretas de un espacio a otro. La finca bulle de actividad mientras algunos caballos relinchan desde las cuadras frente a nosotros.
No faltan los gatos y algunas gallinas que también revolotean a nuestro alrededor. Al final del recorrido, cómo no, llega el momento —una vez más— de la correspondiente cata. Así, mientras el aroma recién molido invade la sala y el tostador gira sin cesar, comprendemos que el viaje iniciado en Ponce no trataba únicamente de seguir la pista de una bebida, qué va.
Se trataba de descubrir una parte esencial del alma de esta isla. Y es que la vida no se entiende en Puerto Rico sin un café por delante.