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Desde la costa del mar Tirreno, los Alpes Apuanos mienten. Quien recorre en verano la autopista que bordea el litoral toscano, a la altura de Forte dei Marmi, puede creer que las cumbres conservan todavía una capa de nieve. El blanco se abre paso entre el verde de las laderas y devuelve la luz con una intensidad casi cegadora. Pero aquello no es hielo. Es mármol. La montaña desnuda, cortada y expuesta al sol.

A pocos kilómetros del mar se encuentra Carrara, el territorio del que durante más de dos mil años han salido bloques destinados a convertirse en esculturas, iglesias, palacios y símbolos de poder. Su mármol dio forma a cuerpos que parecían respirar, cubrió edificios monumentales y viajó mucho más lejos que la mayoría de los hombres encargados de arrancarlo de la roca.

Llegar hasta las canteras obliga a abandonar el paisaje costero y ascender por carreteras que se estrechan a medida que penetran en las montañas. El polvo blanco se deposita sobre la vegetación, las fachadas y los vehículos. Los camiones bajan cargados con bloques de varias toneladas y, sobre las cumbres, las zonas de extracción aparecen como enormes anfiteatros escalonados. Algunas canteras están abiertas al cielo. Otras se internan en la montaña y forman salas casi irreales, con paredes blancas, techos elevados y una humedad fría que contrasta con el calor exterior.

Las paredes escalonadas y la maquinaria recuerdan que las canteras continúan en activo

Las paredes escalonadas y la maquinaria recuerdan que las canteras continúan en activo Rafael Peier

Carrara vive desde hace siglos en una contradicción. De sus montañas procede un material asociado a la belleza, el lujo y la eternidad, pero extraerlo siempre ha requerido un trabajo duro, peligroso y profundamente físico. Antes de convertirse en la piel del David, en el pliegue de la Piedad o en la fachada de un palacio, el mármol fue oscuridad, polvo y esfuerzo humano.

Dos mil años dentro de la montaña

La historia de estas canteras comenzó a escribirse a gran escala en época romana. El mármol era conocido entonces como marmor lunense, en referencia a la cercana ciudad de Luni, un importante puerto comercial desde el que podía embarcarse rumbo a Roma y a otros territorios del Imperio. De los Alpes Apuanos salieron piezas destinadas a templos, edificios públicos y monumentos, iniciando una relación entre Carrara y la arquitectura que sobreviviría al paso de los siglos.

Tras la caída del Imperio, la actividad disminuyó durante un largo periodo y no volvió a cobrar verdadero impulso hasta finales de la Edad Media. Más tarde llegarían los grandes maestros del Renacimiento, los avances en las técnicas de extracción y una industria que nunca ha dejado de transformar este paisaje. En lugares como Fossacava todavía se conservan huellas de las explotaciones romanas, con cortes, herramientas y bloques abandonados que permiten comprender cómo comenzó todo.

Algunas canteras se internan en la montaña y forman enormes galerías de mármol

Algunas canteras se internan en la montaña y forman enormes galerías de mármol Patrick Schneider

Las canteras siguen activas, pero algunas pueden recorrerse mediante visitas organizadas que ascienden por pistas reservadas habitualmente a los vehículos de trabajo. El casco y el chaleco de seguridad recuerdan nada más llegar que no se entra en un museo ni en un decorado preparado para el turismo. Alrededor continúan circulando camiones, las máquinas cortan la roca y los trabajadores supervisan bloques que pueden alcanzar varias toneladas.

Los muchos blancos de Carrara

Estos recorridos permiten adentrarse en canteras abiertas y galerías excavadas en la montaña, observar cómo ha evolucionado la extracción y entender que aquello que desde lejos parece una única superficie blanca esconde materiales muy distintos. Para una mirada inexperta, el mármol de Carrara parece una única piedra blanca. Sin embargo, dentro de la montaña existe todo un catálogo de tonalidades, granos y vetas que determina el valor de cada bloque y, sobre todo, su posible destino.

El Bianco Carrara, la variedad más reconocible y también una de las más utilizadas en arquitectura y revestimientos. El Calacatta es más expresivo, con vetas amplias y marcadas que pueden adquirir matices dorados. El Arabescato, por su parte, dibuja sobre la superficie movimientos más sinuosos y contrastados.

Miguel Ángel esculpió el David en un único bloque de mármol que llevaba décadas abandonado

Miguel Ángel esculpió el David en un único bloque de mármol que llevaba décadas abandonado Sean Robertson

Pero entre todos ellos, el Statuario ha ocupado históricamente un lugar especial. Más claro, homogéneo y de grano fino, permitía a los escultores trabajar los detalles y conseguir una superficie pulida capaz de recordar a la piel. El proceso de selección era exhaustivo, para dar con una piedra con pocas imperfecciones y la suficiente resistencia para soportar el cincel. Por eso los grandes artistas no elegían el mármol a distancia. Miguel Ángel viajó hasta Carrara para seleccionar personalmente algunos de sus bloques, inspeccionarlos y decidir qué parte de la montaña podía convertirse en una escultura.

Cómo se baja una montaña

Separar un bloque de la roca era solo una parte del proceso. Durante siglos, el mayor desafío consistió en trasladarlo desde las canteras hasta el valle por pendientes estrechas y escarpadas, mucho antes de que existieran los camiones y las carreteras actuales.

Para ello se utilizaba la lizzatura, una técnica que permitía deslizar los bloques sobre una estructura formada por vigas de madera. Los lizzatori los aseguraban con cuerdas y controlaban el descenso mientras colocaban sucesivamente travesaños lubricados bajo la carga. Cada movimiento debía calcularse al milímetro. Un error podía provocar que toneladas de piedra se precipitaran montaña abajo.

La escala real de los bloques solo se comprende al compararlos con la maquinaria que trabaja a sus pies

La escala real de los bloques solo se comprende al compararlos con la maquinaria que trabaja a sus pies Gianluigi Marin

Las antiguas vie di lizza todavía recuerdan aquel sistema y el riesgo asumido por generaciones de trabajadores. Hoy, la maquinaria y los vehículos pesados han transformado por completo la extracción y el transporte, aunque bajar por las carreteras de las canteras continúa ofreciendo una idea bastante clara de la dificultad del terreno. De hecho, todavía hay algún que otro accidente y algunos camiones vuelcan en el intento.

El clímax de esta locura humana ocurrió en 1928, una anécdota que aún se cuenta en cada visita. Benito Mussolini, en su delirio de grandeza imperial, ordenó extraer el bloque más grande jamás cortado para esculpir el obelisco del Foro Itálico en Roma. Era un monolito monstruoso, de casi 19 metros de largo y unas 300 toneladas de peso.

Sacarlo de la cantera de Fantiscritti fue una proeza propia del antiguo Egipto. Tuvieron que reforzar puentes, ensanchar caminos y organizar una lizzatura colosal. Decenas de pares de bueyes y centenares de hombres, lograron deslizar el colosal bloque de mármol ladera abajo hasta el mar, para embarcarlo hacia el río Tíber.

Colonnata, la vida entre las canteras

El viaje continúa hasta Colonnata, un pequeño pueblo situado entre las montañas, con las canteras siempre presentes sobre los tejados. Durante generaciones, la vida allí estuvo vinculada al trabajo de los canteros. También lo está su producto más conocido, el lardo di Colonnata.

El lardo di Colonnata madura con sal, especias y hierbas aromáticas dentro de recipientes elaborados con mármol

El lardo di Colonnata madura con sal, especias y hierbas aromáticas dentro de recipientes elaborados con mármol E.E

La genialidad residió en la conservación. Sus habitantes comenzaron a curar esta grasa dentro de unas cuencas de mármol de Carrara llamadas conche. Frotado con ajo, pimienta, sal marina, romero y especias secretas de cada familia, el lardo reposa en la oscuridad y el frescor natural de la piedra durante seis meses. ¿El resultado? Una lámina blanca y translúcida, que se disfruta sobre pan caliente o en una pizza. Hoy, aquel almuerzo de supervivencia de los picapedreros es una delicatessen con Indicación Geográfica Protegida.