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Solo hay una manera de llegar a Folegandros: por mar. Y eso es una suerte. Porque ya en la distancia, cuando se otea esta islita de postal en medio de un Egeo de turquesas infinitos, uno sabe que el lugar elegido para olvidarse del mundo va a superar las expectativas con creces.

Se intuye por esos senderos que serpentean entre bancales de piedra seca. Por esas diminutas calas de aguas transparentes que protagonizan su litoral. Por su humilde puertito, donde brillan por su ausencia las grandes embarcaciones. Y es que, situada entre Milos y Santorini, Folegandros ha sabido mantenerse al margen de un turismo de masas que ha invadido ya casi cualquier rincón del planeta.

Y lo ha hecho sin renunciar, en cambio, a contar con una cuidada oferta para aquellos viajeros que, ávidos de lugares con alma, llegan hasta él para descansar. Porque en Folegandros no hay grandes puertos deportivos ni interminables hileras de hamacas.

El sol cae en la isla en la que solo se respira paz y la suave brisa del mar.

El sol cae en la isla en la que solo se respira paz y la suave brisa del mar. Unsplash

Tampoco grandes monumentos ni colas de visitantes guardando su turno para la foto de Instagram. Quizá por eso, quienes llegan hasta aquí, lo hacen con la sensación de haber descubierto un pequeño secreto del Egeo. Un tesoro que te vamos a desvelar.

Gatos, iglesias y ropa tendida

Cuenta la mitología griega que Folegandros, hijo del legendario rey Minos de Creta, llegó hasta esta pequeña isla del Egeo para convertirla en su hogar. Otras leyendas defienden que fueron los fenicios, quienes la bautizaron mucho antes, fascinados por el perfil de una tierra áspera y rocosa que emergía del mar como una fortaleza natural.

Sea cual sea el origen de su nombre, si hay algo que permanece inalterable desde entonces, es que Folegandros sigue siendo una de las islas más auténticas de las Cícladas. Un claro ejemplo de ello se halla en Chora, su capital, de apenas 300 habitantes.

Panagia, la iglesia que corona la colina sobre Chora, es una de las imágenes más conocidas de Folegandros.

Panagia, la iglesia que corona la colina sobre Chora, es una de las imágenes más conocidas de Folegandros. Unsplash

Un pueblito de casitas encaladas y retorcidas callejuelas empedradas que se alza sobre el borde de un acantilado a más de doscientos metros sobre el mar. Es, dicen, la más bonita de todas las capitales de las Cícladas, pues sus edificios parecen desafiar el vértigo mientras dibujan un laberinto de plazas enlazadas y fachadas abrazadas por buganvillas.

Aquí apenas circulan vehículos, y es el sonido de los pasos de sus visitantes, las charlas de los vecinos y el maullar de sus gatos, discretos protagonistas de las escenas más cotidianas, quienes aportan la peculiar banda sonora.

En uno de los extremos de la capital está Kastro, el antiguo barrio medieval construido por los venecianos en el siglo XIII para proteger a la población de los ataques piratas que durante siglos asolaron el Egeo. Lo mejor es recorrer su trazado sin rumbo definido.

Asomarse a cada patio, donde las puertas coloreadas de azul y la ropa tendida añaden ese punto de autenticidad tan buscado. Contemplando la belleza sencilla de una maceta con flores o de un visillo que se mece con el viento al otro lado del cristal.

Entre el entorno rocoso y sus aguas cristalinas, los turistas encuentran un lugar caracterizado por la calma el cálido clima.

Entre el entorno rocoso y sus aguas cristalinas, los turistas encuentran un lugar caracterizado por la calma el cálido clima. Unsplash

De tanto en tanto, algún vecino se cruza en el camino y regala un animado kalimera —'buenos días', en griego— que termina de conquistar. Cuando menos se espera, al doblar cualquier esquina, sorprenden pequeñas iglesias ortodoxas que hablan del pasado.

En algunas, como la de Agios Nikolaos, el interior apenas se ilumina con el tenue resplandor de decenas de velas que proyectan sombras sobre los iconos dorados. Es el preludio perfecto antes de ascender a Panagia, la iglesia que corona la colina sobre Chora y cuya silueta blanca se ha convertido en el gran emblema de Folegandros.

Un sendero pintado de blanco serpentea hasta lo más alto poniendo a prueba el estado físico de quienes se animan a visitarla: en apenas 15 minutos, se obtienen las vistas más fascinantes de toda la isla.

Después, habrá que regresar al corazón de Chora. A diferencia de otras localidades donde la actividad se concentra en una única plaza, aquí se articula alrededor de varias pequeñas explanadas que se suceden unas a otras y que, al caer la tarde, se colman de vecinos y viajeros repartidos por sus terrazas y tabernas.

Fachadas que guardan el frescor de una tarde costera.

Fachadas que guardan el frescor de una tarde costera. Unsplash

La atmósfera alcanza su punto culmen al caer el sol, cuando las bombillas se encienden y la estampa resulta más cautivadora. Entonces, habrá que pedir una jarra de vino y algunas delicias típicas: el queso souroto, la pasta artesanal matsata o la tradicional kalasounaempanada rellena de queso fresco que forma parte del recetario más popular de las Cícladas—, pondrán el sabor a la velada perfecta.

Más allá de la capital

Pero Folegandros es mucho más que Chora, aunque la pequeña capital atrape inevitablemente al visitante. Basta abandonarla por la única carretera que atraviesa la isla, cuyos 11 kilómetros conectan sus apenas 30 kilómetros cuadrados, para toparse con Ano Meria, un pequeño núcleo rural cuyas casas se hallan dispersas en bancales de cultivo y establos.

Una muestra de que, durante siglos, la isla vivió de su agricultura y ganadería, hasta que el turismo puso los ojos en ella. Algunas de las tradiciones vinculadas a Folegandros pueden conocerse en una visita al Museo Ecológico y de Folclore, que busca transmitir cómo los habitantes del lugar consiguieron transformar una isla árida y ventosa en el perfecto hogar.

La arquitectura isleña convirtió la necesidad en belleza.

La arquitectura isleña convirtió la necesidad en belleza. Unsplash

Un espacio que también explica cómo, durante siglos, los vecinos se trasladaron por el territorio. Porque antes de que existieran las carreteras, la isla contaba con una red de senderos empedrados, muchos de ellos, recuperados en la actualidad, que comunicaban pueblos, iglesias y campos de cultivo.

Elegir uno para un día de ruta a pie siempre es buen plan y la mejor manera de alcanzar algunas de las calas más remotas y salvajes de Folegandros. Una de ellas es Agkali, de ambiente relajado y familiar. O Katergo, que exige un pequeño esfuerzo pero recompensa al viajero con unas aguas excepcionalmente cristalinas.

Los complejos turísticos, aquí, son inexistentes: ahí está su valor. Por eso viajar a Folegandros se siente como si el tiempo hubiera decidido avanzar un poco más despacio que en el resto del Egeo. Como si ese aislamiento al que estuvo sometido durante tanto tiempo, hubiera sido, en realidad, su mejor aliado.