Roatán se revela ante al viajero como un edén de infinitos verdes que caen vertidos por sus montañas hasta alcanzar el mar. Y no un mar cualquiera, en absoluto. Hablamos de un Caribe que contrasta con sus prístinas aguas de azules tan imposibles que uno siente la incontrolable tentación de lanzarse de cabeza a ellas.
Cómo no, existe una razón clave que explica las cotas de belleza que este alcanza: unos metros más allá, mar adentro, se halla la segunda barrera de coral más grande del mundo.
Esta suerte de paraíso tropical se ubica frente a la costa norte de Honduras, en el llamado Caribe occidental. Un espacio donde el reloj avanza más tranquilo, en el que no existen señales de tráfico y la vida se desenvuelve de una manera menos ostentosa, más mestiza y aún conectada con el ritmo del mar.
Por eso, la mejor manera de descubrir Roatán es mimetizarse con el entorno; recorrerla sin prisa. Ya se llegue hasta ella por mar o por aire, será necesario gestionar algún tipo de transporte local para explorarla de norte a sur, y de este a oeste.
Un atardecer en Roatán. Unsplash
La isla apenas supera los 60 kilómetros de largo, pero se trata de una escala que engaña: sus carreteras, que se retuercen hasta el infinito y más allá adaptándose a su variada orografía, descubren a cada giro de volante una versión distinta del Caribe.
Entre peces de colores, chocolate y café
No será mala idea arrancar el periplo en West Bay, quizá la imagen más reconocible de Roatán. Un pedacito de paraíso conquistado por el turismo donde no faltan los hoteles, las escuelas de buceo y las embarcaciones de recreo.
La razón, una vez más, se halla en el mar, pues es el destino predilecto para quienes andan buscando explorar (con gafas y tubo de esnórquel, unos; con bombona de oxígeno, otros) el maravilloso universo submarino del arrecife, donde conviven peces tropicales, jardines de coral y una visibilidad que hace sus increíbles aguas una extensión extraordinaria del paisaje.
A pocos minutos hacia el este, se alcanza West End. Aquí los negocios enfocados al turismo también abundan, pero el ambiente resulta más relajado si cabe. Las tiendas de suvenires se alinean frente a los pantalanes de colores alternándose con bares donde se sirven ricos cócteles al ritmo de música caribeña.
También hay una cafetería de especialidad donde tuestan su propio café, Bean Crazy, y una fábrica de chocolate, The Roatan Chocolate Factory, donde aprender y contemplar el proceso de elaboración de este delicioso producto local.
Imagen de algunas de las tiendas que encontramos en Roatán. Unsplash
Junto a las barcas a motor que ofrecen todo tipo de excursiones, descansan sus singulares capitanes que, entre charlas y partidas de dominó, agotan las horas muertas hasta captar algún cliente.
Si se tercia, unas horitas en algún beach club del lado occidental de la isla nos brindará la versión que tanto anhelamos del Caribe más espectacular.
Roatán desde las alturas
También hay lugar en Roatán para la aventura: no podía ser de otra forma. Y, para ello, ponemos rumbo al interior de la isla, donde este pedacito de paraíso ofrece un paisaje ligeramente indómito.
Senderos que se abren paso entre la vegetación tropical a través de puentes colgantes, donde abundan plantaciones de papaya y cocoteros, conducen a miradores discretos mientras el sonido del mar queda amortiguado por la densidad del bosque.
La densidad de la vegetación se atraviesa con puentes colgantes y pasarelas.
También, todo hay que decirlo, por los gritos de quienes se animan a hacer tirolina entre plataformas sujetas a las copas de los árboles.
En algunos puntos del recorrido también se hallan pequeños centros de fauna donde observar monos capuchinos, aves tropicales y otras especies que forman parte del imaginario más inesperado de la isla.
A la costa occidental se llega atravesando pequeñas poblaciones salpicadas en el territorio hasta arribar a French Harbour, uno de los motores económicos de Roatán.
Las playas de Roatán son un espectáculo por su contraste con las aguas.
Aquí nos topamos con una isla que continúa viviendo del mar y del comercio de mercancías. De su puerto parten excursiones constantes hacia los manglares y canales donde el Caribe se vuelve silencioso, quizás más íntimo y contenido.
Lo mismo sucede en Oak Ridge, un asentamiento cuya fuerte identidad viene caracterizada por casas levantadas sobre pilotes, embarcaderos privados y una red de canales que un día constituyeron las verdaderas carreteras de Roatán.
Los fondos marinos de esta isla es una de sus mayores atracciones turísticas. Unsplash
Pero es al alcanzar la parte más oriental de la isla cuando Roatán deslumbra con su versión más inesperada. La que protagonizan las comunidades locales, los paisajes menos intervenidos (esos que huyen de los resorts predominantes en el resto del territorio insular) y las playas casi vírgenes que sorprenden entre la densa vegetación.
Es aquí donde la isla hondureña recupera esa sensación de territorio que la convierte en un lugar tan especial. Aquí, desde cualquier rincón frente al mar y con los pies bien hundidos en la arena, entendemos cuál es realmente el alma del Caribe. Aquí, descubrimos Roatán en todo su esplendor.