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Hay quienes la definen como "Islandia en pequeñito"; también quienes hablan de ella como "Islandia en una nuez". Sin embargo, si somos fieles a su traducción, deberíamos de llamarla "la península de la montaña nevada" como referencia al volcán que, imponente, se alza hacia el infinito en el extremo occidental de la península que nos ocupa: Snæfellsnes.

Este territorio, rodeado de historias y leyendas que lo convierten en un rincón aún más místico, se adentra en el Atlántico norte dándonos la excusa perfecta para dedicarle una jornada de exploración.

Un punto de partida ideal es la ciudad de Borgarnes, a apenas 60 kilómetros de distancia. Una ciudad portuaria de fachadas de colores y ambiente tranquilo —aunque, ¿qué no es tranquilo en Islandia?— perfecta para hacer de campo base antes de la incursión.

Imagen de las montañas nevadas de Snæfellsjökull.

Imagen de las montañas nevadas de Snæfellsjökull. Guillermo Galan - Unsplash

En menos de una hora, habremos alcanzado el inicio de la carretera que, a lo largo de 100 espectaculares kilómetros, rodea por completo la península cuyo paisaje nos embauca desde el primer instante.

No en vano, aquí se concentran todos los fenómenos geológicos que definen el país de hielo y fuego: actividad geotérmica y glaciares, volcanes y playas de arena negra, fiordos y pueblitos pesqueros que han inspirado a escritores y artistas durante siglos.

La parada más popular

Aunque la dirección que se tome al conducir por la carretera que recorre la costa de Snæfellsnes no influye en la espectacularidad de la ruta, nos decantamos por arrancar en la parte norte de la península, dirigiéndonos primero hacia una de esas paradas que están marcadas a fuego en el itinerario: Kirkjufell o "la montaña de la iglesia" es un paisaje que a muchos resulta familiar por haber sido protagonista de múltiples formatos televisivos y publicitarios, además de imagen turística del país.

Imagen de Kirkjufell en Islandia.

Imagen de Kirkjufell en Islandia. Unsplash

Imagen de Kirkjufell en la serie de Juego de Tronos.

Imagen de Kirkjufell en la serie de Juego de Tronos. E. E.

¿Su aparición más estelar? Como escenario de Juego de Tronos: con sus 463 metros de altura, y su atractiva silueta aislada y simétrica, resulta fácil de identificar.

Nos veremos obligados a acercarnos hasta la base de la montaña, donde discurre una cascada en tres alturas que termina de aportar el toque especial a la estampa.

Lo que no hace tanto era un rincón remoto y aislado del país, hoy recibe a diario a algunos grupos de turistas fans de la mítica serie deseosos de inmortalizar el lugar.

Tras hacer lo propio, avanzamos hacia el extremo más occidental de Snæfellsnes para toparnos, de frente, con el volcán que le da nombre: el majestuoso Snæfellsjökull no tarda en dejarnos sin palabras.

Es admirar su magnitud y belleza y entender por qué todo el que se enfrenta a él queda fascinado: se trata de uno de los paisajes más bellos y misteriosos de Islandia.

Un volcán coronado por un glaciar de 11 kilómetros cuadrados —aunque, debido al cambio climático, esta cifra desciende significativamente año tras año— que, en los días claros, puede admirarse incluso desde Reikiavik, a más de 100 kilómetros de distancia. Su última erupción se dio alrededor del 200 d. de C.

Un rincón de Lóndrangar.

Un rincón de Lóndrangar. Pexels

Sin embargo, hay algo más que convierte Snæfellsjökull en uno de esos lugares rodeados de historias y leyendas mágicas: el mismísimo Julio Verne lo puso en el mapa cuando, en 1864, publicó su novela Viaje al centro de la Tierra.

Sin haber pisado jamás la isla —al menos, no existe evidencia histórica de que lo hiciera— apostó por ubicar el inicio a aquel viaje fantástico en el propio volcán, convirtiendo su cráter en la entrada al interior del planeta por la que el profesor Lidenbrock y su sobrino Axel se colarían siguiendo las indicaciones de un alquimista islandés del siglo XVI.

Hogares para elfos

Pero las sorpresas no cesan en el viaje: los paisajes mutan y la emoción se mantiene como compañera inseparable de la ruta. Uno de los lugares donde esa sensación de estar en un lugar remoto y salvaje nos resulta más intensa es Djúpalónssandur, una playa de arena y guijarros oscuros golpeada por el Atlántico.

A simple vista, parece un lugar salvaje y misterioso, rodeado de formaciones de lava y con el mar golpeando fuerte... pero enseguida aprendemos que también es un lugar lleno de historias de marineros y tragedias. ¿Por ejemplo? La que cuenta el naufragio en el 48 del Epine GY7, un barco de pesca británico del que aún quedan restos en la playa.

Pero Djúpalónssandur no está solo relacionado con noticias tristes: fue también uno de los puntos pesqueros más importantes de Snæfellsnes durante siglos. Aquí llegaron a convivir hasta 60 barcos y más de 300 pescadores, aunque hoy no quede nada de aquel pasado más que recuerdos y cuatro piedras, de diferentes pesos (23, 54, 100 y 154 kilogramos), que utilizaban en la época como prueba de fuerza. Según se dice, para ser considerado buen marinero había que ser capaz de levantar, al menos, la de 54 kilos hasta la cintura.

Uno de los paisajes más icónicos de Budir en Islandia.

Uno de los paisajes más icónicos de Budir en Islandia. Pexels

Otra parada imprescindible llega en Lóndrangar, una de las estampas más icónicas de Snæfellsnes. Desde aquí admiramos dos enormes agujas de lava que se alzan, solitarias, frente al mar, como si fueran los restos de una fortaleza medieval.

La realidad es que se trata de los restos de un antiguo cráter volcánico formado hace, aproximadamente, 75.000 años, aunque muchos afirman que en ellos habitan elfos y seres ocultos propios de la mitología islandesa.

No llegamos a comprobar si esto es cierto, aunque sí vemos a otros singulares habitantes, pues se trata de un lugar de anidación de aves marinas como fulmares, kittiwakes (gaviotas tridáctilas), araos y frailecillos.

Tras una breve parada en Arnastapi, un antiguo pueblo pesquero de la costa sur de Snæfellsnes, visitamos uno de esos spots fotografiados hasta la saciedad por su insólita belleza. La iglesia negra Budir, pintada con betún como técnica tradicional islandesa utilizada para proteger la madera de las inclemencias del tiempo.

Fue construida originariamente (esta es una reconstrucción) en el siglo XVIII por el comerciante Bent Lárusson tras elegir el lugar donde erigirla mediante un ritual: hizo girar a una persona hasta marearse y luego disparó flechas. La iglesia, última parada de esta inigualable ruta antes de volver, se construyó donde cayó una de ellas.