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Hay pueblos que se anuncian desde la distancia. Se aprecian desde lejos, encaramados en lo alto de una colina, con un encalado intenso que destaca bajo el sol del Mediterráneo.

Al alcanzar la cumbre, un entramado de calles estrechas y empinadas conduce hasta miradores donde la vista se pierde en la línea de la costa.

Nada en este trazado responde al azar. Las callejuelas sinuosas, las fachadas blancas y los rincones decorados con buganvillas forman un laberinto concebido hace siglos para protegerse del calor y de las incursiones enemigas.

El resultado es una villa que destaca por su luz y por sus amplias panorámicas sobre el mar.

Ese pueblo es Mojácar, en la provincia de Almería, asentado en una estribación de la Sierra Cabrera.

Su historia se remonta a la Edad del Bronce, aunque fue la huella islámica la que determinó su fisonomía actual: un casco antiguo de trazado morisco que ha mantenido su estructura urbana original.

Arquitectura de cal y herencia morisca

El pasado de la villa se percibe en cada rincón del centro histórico. Lugares como la Plaza Nueva con su mirador, la Fuente Mora o la Iglesia de Santa María reflejan la mezcla cultural de la zona.

Este templo fue erigido en 1560 sobre el solar de la antigua mezquita con una clara función de iglesia-fortaleza para defender a la población de los ataques piratas.

Otros puntos destacados son la Plaza del Ayuntamiento, adornada con mosaicos que representan el Indalo, símbolo ancestral ligado a la provincia, y el Mirador del Castillo, situado a 175 metros sobre el nivel del mar, desde donde se contempla la franja costera y el entramado escalonado del pueblo.

En la Plaza de la Iglesia se encuentra la estatua dedicada a la Mojaquera, realizada en mármol blanco en 1989 por la escultora Mª Ángeles Lázaro Guil.

La obra rinde homenaje a las mujeres de la localidad que vestían el atuendo tradicional con pañuelo y portaban cántaros de agua desde la fuente histórica.

Historia en la cumbre y litoral a pocos minutos

El recorrido por el casco antiguo discurre por calles emblemáticas como la Calle Enmedio, caracterizada por sus pasajes estrechos y escalonados que desembocan en miradores.

Espacios como la Plaza del Parterre, rodeada de fachadas encaladas, ofrecen espacios de paseo donde apreciar la arquitectura popular.

A unos tres kilómetros del cerro histórico se extiende Mojácar Playa, la franja costera donde se concentran la oferta hotelera, los servicios y la actividad playera, dejando el núcleo elevado como un espacio volcado en la historia y el paisaje.

Esta dualidad entre la montaña y el mar convierte a Mojácar en uno de los referentes arquitectónicos del sur peninsular.