Hace apenas dos décadas, ver un lince ibérico en libertad era casi un milagro. La especie rozó la extinción con menos de 100 ejemplares censados en toda la península, y los pocos que quedaban se concentraban en un puñado de fincas del sur peninsular.
Hoy el panorama es otro. Con financiación continuada y una estrategia genética planificada, un felino al borde de la desaparición ha conseguido reconquistar territorios que llevaban décadas sin verlo.
El cambio no se mide solo en número de individuos, sino en la geografía: el lince ya no depende de dos únicos núcleos para sobrevivir.
Ese nuevo mapa lo forman catorce áreas repartidas por España y Portugal, entre ellas Vale do Guadiana, Guarrizas, Guadalmellato, Montes de Toledo, Matachel, Sierra Arana, Valdecañas-Ibores, Ortiga, Tierras Altas de Lorca, Campos de Hellín y el Cerrato de Palencia.
La población total ha pasado de menos de 100 ejemplares a 2.401, un incremento que multiplica por 24 la cifra de hace veinte años.
Un felino que ya no depende de un único hogar
El proyecto que sostiene esta expansión se llama LynxConnect y su objetivo no es solo liberar animales, sino conectarlos genéticamente.
Al unir las poblaciones de Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura, Portugal, Murcia y Castilla y León se favorece el intercambio natural de genes, reduciendo el riesgo de que una enfermedad o un declive local acabe con toda la especie.
Detrás de esa red hay años de trabajo con los programas LIFE, que combinan cría en cautividad, selección de reproductores y reintroducciones planificadas.
En 2024 había ya 470 hembras reproductoras registradas, y los especialistas calculan que la población debería triplicarse respecto a 2023 para asegurar la viabilidad genética a largo plazo, un objetivo que consideran ambicioso pero alcanzable si se mantiene el ritmo actual.
El regreso a un paisaje que lo había olvidado
Ninguna de las nuevas zonas resume mejor este cambio que el Cerrato Palentino, en Castilla y León, la primera área elegida para la reintroducción en la mitad norte de la península.
Allí el lince desapareció hace casi medio siglo, y el último avistamiento que recuerdan los vecinos de la comarca se remonta a 1971.
El paisaje que ha acogido su regreso es el de la Castilla cerealista: campos abiertos de secano salpicados de montes de utilidad pública, con una densidad de conejo suficiente para sostener a la especie, su principal fuente de alimento.
La primera suelta se completó en 2025 con seis ejemplares, y en 2026 se han sumado nueve más, entre ellos Wilton y Wapa, procedentes de centros de cría en cautividad de Andalucía y Portugal.
El seguimiento por parte de agentes medioambientales confirma que los animales se han adaptado bien al terreno, y en la comarca ya han nacido las dos primeras camadas en libertad, fruto de las hembras Virgo y Valeriana.
El apoyo social ha sido clave: más del 90% de los habitantes del Cerrato respalda el proyecto, una cifra que ha permitido avanzar con rapidez donde otras zonas, como Zamora, aún esperan mayor consenso.