Este miércoles 12 de agosto miles de españoles mirarán al cielo para vivir uno de los fenómenos astronómicos más esperados de los últimos años. Una ocasión extraordinaria que puede convertir una tarde cualquiera de verano en un recuerdo difícil de repetir.
El eclipse solar atravesará numerosas comunidades y llevará a muchos viajeros a modificar por unas horas sus vacaciones para buscar el mejor horizonte. En el norte, donde montañas, acantilados y pequeños pueblos se asoman al Cantábrico, existen rincones especialmente privilegiados para contemplarlo.
Uno de ellos está en Cadavedo, en el concejo asturiano de Valdés. Esta pequeña localidad costera, situada entre los cabos Vidio y Busto, reúne prácticamente todo lo necesario para convertir el eclipse en una escapada única: vistas abiertas al mar, naturaleza, playas escondidas y uno de los balcones más bonitos de la costa occidental de Asturias.
Vista aérea de la playa de Cadavedo.
Con menos de 500 habitantes, Cadavedo conserva además esa tranquilidad propia de los pueblos donde el verano todavía transcurre sin demasiadas prisas.
Su pasado está relacionado con la actividad ballenera y su belleza ha recibido reconocimientos como el de Pueblo más bonito de Asturias en 1954 y el Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias en 2022.
La Regalina, un balcón privilegiado
Para entender por qué este lugar resulta tan especial, basta con acercarse al Campo de La Garita. Una enorme pradera verde termina prácticamente sobre los acantilados y deja frente al visitante una panorámica limpia del Cantábrico.
En medio de ese paisaje aparece la pequeña ermita de La Regalina, fácilmente reconocible por sus pareds blancas y sus detalles azules. Fue levantada en 1931 por el padre Galo Fernández, una figura estrechamente vinculada a la historia cultural de Cadavedo.
Capilla de La Regalina.
Desde entonces, el lugar se ha convertido en uno de los rincones más queridos de la localidad y en escenario de la tradicional romería de La Regalina. Pero su atractivo va mucho más allá de la propia ermita.
La posición elevada del campo permite contemplar desde el mismo punto el mar, los acantilados y diferentes playas de este tramo de costa. Esa amplitud del horizonte hará que muchos lo tengan entre sus lugares favoritos para seguir el eclipse del 12 de agosto.
El paisaje merece una visita incluso sin mirar al cielo. Cuando la luz cae sobre el Cantábrico, el verde intenso de la pradera contrasta con el azul del océano y convierte este rincón en una de esas postales que explican por sí solas la belleza de la costa asturiana.
Casonas indianas y casi un centenar de hórreos
Cadavedo guarda también sorpresas lejos de los acantilados. Pasear por sus calles permite descubrir numerosas construcciones que hablan de las distintas etapas atravesadas por este pequeño pueblo.
Especialmente llamativas son sus casonas indianas, levantadas por aquellos emigrantes que hicieron fortuna al otro lado del Atlántico y regresaron después a Asturias. Entre ellas sobresalen las conocidas como las Gemelas de los Pérez.
Hórreo en el mirador de La Regalina.
Una de estas viviendas, conocida como Casa Roja, está relacionada con Leandro Pérez y su esposa, que regresaron de Uruguay a finales del siglo XIX después de prosperar allí. Su arquitectura recuerda todavía aquella época en la que las fortunas americanas transformaron numerosos pueblos del Principado.
Mucho más atrás en el tiempo conduce la torre de Villademoros, una construcción defensiva de origen medieval situada muy cerca de Cadavedo. Siglos después se levantaría junto a ella el palacio de Villademoros, formando uno de los conjuntos históricos más interesantes de los alrededores.
Pero quizá la imagen que mejor conserva la Asturias rural se encuentre en sus hórreos y paneras. En el pueblo permanecen alrededor de 95 construcciones de este tipo, acompañadas por otros elementos tradicionales como antiguos lavaderos y molinos.
Todos ellos ayudan a comprender cómo era la vida cotidiana antes de la llegada del turismo: una sociedad vinculada al campo y la ganadería que necesitaba almacenar y proteger durante meses los alimentos obtenidos de la tierra.
Playas escondidas bajo los acantilados
El Cantábrico que se contempla desde La Regalina también puede disfrutarse a pie de mar. La costa que rodea Cadavedo alterna altos acantilados con pequeños arenales y playas de cantos rodados escondidas entre las paredes rocosas.
La playa de Cadavedo es una de las más accesibles. Se encuentra a unos dos kilómetros del núcleo urbano, tiene alrededor de 400 metros y dispone de una zona de aparcamiento que facilita la llegada durante los meses de verano.
Cabo Busto, Asturias.
Mucho más próxima a La Regalina aparece Ribeirona, encajada bajo el paisaje que se contempla desde la ermita y convertida en otro de los rincones característicos de este tramo del litoral.
Quienes prefieran lugares algo más apartados pueden acercarse hasta Campiechos. Para alcanzarla es necesario completar un pequeño camino a pie, una circunstancia que ayuda a que conserve un ambiente más tranquilo incluso durante la temporada estival.
La naturaleza continúa hacia el cercano Cabo Busto, donde las paredes rocosas llegan a alcanzar alrededor de 60 metros de altura. Senderos y miradores permiten recorrer esta parte del litoral con el Cantábrico siempre presente.
Una escapada única
El eclipse puede ser la excusa, pero Cadavedo ofrece suficientes motivos para prolongar la visita. Su ubicación permite descubrir otros paisajes del concejo de Valdés y recorrer una parte de Asturias donde el verde de los prados parece llegar prácticamente hasta el océano.
También existe la posibilidad de buscar altura en los alrededores y contemplar la costa desde diferentes perspectivas. El paisaje alterna bosques, explotaciones ganaderas, pequeñas aldeas y carreteras que aparecen y desaparecen entre la vegetación.
Fabada asturiana.
Y, como ocurre en casi cualquier escapada por Asturias, la gastronomía termina formando parte inevitable del viaje. Fabada, cachopo, pescados procedentes del Cantábrico y quesos asturianos ocupan las cartas de restaurantes y sidrerías de la zona, siempre con la sidra como compañera.
Este 12 de agosto, sin embargo, habrá un motivo añadido para acercarse. Durante unos minutos, todas las miradas dejarán de estar puestas en los acantilados, las playas y el horizonte para dirigirse hacia el cielo.
Y pocos escenarios parecen tan apropiados para hacerlo como aquella pradera que rodea a una pequeña ermita blanca y azul frente al Cantábrico. Un balcón natural donde uno de los pueblos más especiales del occidente asturiano podrá contemplar un fenómeno que tardará mucho tiempo en olvidarse.