C. Serna
Publicada

Situada en el occidente de Asturias, se le podría llamar la "Villa Blanca de la Costa Verde" rompe con los esquemas que podamos tener de una villa marinera típica del Mediterráneo.

En el caso de Luarca, los paisajes ofrecen contrastes brutales con un puerto pesquero escondido en una concha natural, casas de indianos que miran al Cantábrico y un cementerio que, aunque suene inusual, es considerado uno de los más bellos y panorámicos del mundo.

A diferencia de otros pueblos costeros, Luarca no se ve desde lejos. Permanece agazapada hasta que, de repente, aparece encajonada en el valle que forma el río Negro al morir en el mar. De hecho, su puerto es un laberinto de barcos de colores protegidos por tres puentes famosos por sus leyendas y su historia.

El Puente del Beso en Luarca.

El Puente del Beso en Luarca. iStock

El más teatral es el Puente del Beso, que según cuentan, esconde una leyenda trágica entre un conocido pirata, Cambaral, y la hija del gobernador, que se enamoraron. Cuando se iban a escapar, fueron apresados por el padre de ella quien mandó a decapitarlos en el puente. Las dos cabezas cayeron unidas al mar.

Así que si paseamos por este puente y por sus muelles al atardecer, mientras los pescadores descargan la captura del día, es fácil volver a esa historia de amor pero también a esa Asturias auténtica que parece ajena al paso del tiempo.

Entre pescadores e indianos

Luarca parece dividida entre dos almas muy marcadas en el urbanismo local: la de los pescadores y los indianos. Los primeros viven en el barrio de El Cambaral, el más antiguo. Sus calles son una red de cuestas imposibles y casas blancas que se amontonan sobre el puerto. Aquí se encuentra la Mesa de Mareantes, donde antiguamente los marineros se reunían para decidir si el estado del mar permitía salir a faenar.

Por su parte, en la parte alta, el paisaje cambia en Villar, donde se levantan las majestuosas casas de indianos, grandes palacetes construidos por luarqueses que hicieron fortuna en América. Sus jardines exóticos y la arquitectura ecléctica contrastan con la humildad del barrio marinero.

Pero si hay un lugar que ha hecho famoso a Luarca en el mundo entero es su cementerio, sobre el promontorio de la Atalaya. Este camposanto está lleno de panteones blancos que se asoman directamente al acantilado y ofrece una paz sobrecogedora y, sobre todo, unas vistas infinitas del mar Cantábrico.

De hecho, muchos lo consideran el cementerio más bello de España tanto por su ubicación como por todo lo que rodea a este espectacular lugar, donde el descanso infinito cuenta con un paisaje único.

Playa del Portizuelo en Luanca.

Playa del Portizuelo en Luanca. iStock

Junto a él, se encuentra el Faro de Luarca y la pequeña capilla de la Atalaya y los acantilados que se desploman hacia playas de piedra y aguas bravas que nada tienen que ver con la calma de otros mares, creando un paisaje de una belleza melancólica y poderosa.

Las más próximas al pueblo son la Playa de Luarca y la Playa de Portizuelo. Esta última es una joya para los fotógrafos por sus extrañas formaciones rocosas, conocidas como "las ollas", que emergen del agua como esculturas naturales.

Con esa vinculación con el mar no es de extrañar que Luarca huela y sepa a Cantábrico, con un pescado fresco de gran calidad, y una forma de servir generosa que dicta la tradición asturiana.

Uno de los platos más famosos es la caldereta de pescado y marisco, cocinado a fuego lento con lo que los barcos traen cada mañana. Una comida única que, sólo por ella, merecería la pena el viaje. Pero es que además podemos probar fabada asturiana, una merluza del pincho con una textura firme y un buen culín de sidra natural.

Para el postre, lo mejor son los alfileres de Luarca, un dulce típico de hojaldre y crema ideal para acompañar el café.