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A orillas del río Gilão, y a un salto de las prístinas aguas del Atlántico, Tavira se revela como una de esas ciudades elegantes y serenas que mejor concentran y definen las bondades del sur portugués.

Lejos del bullicio de otros destinos del Algarve —hasta luego, Albufeira; nos vemos otro día, Lagos—, aquí el tiempo parece discurrir a otro ritmo: el que marca su propia gente, que vive de cara al mar y sin prisas entre casas encaladas, tejados de teja árabe y un legado histórico que se intuye en cada rincón.

Hasta aquí llegaron los fenicios ya en el siglo VIII a. de C., a los que siguieron turdetanos, romanos y árabes. Cada uno de ellos dejó su huella en esta antigua ciudad portuaria que hoy conserva intacto su carácter.

Ponte Velha en Tavira.

Ponte Velha en Tavira. E. E.

Tanto evolucionó, que en el S.XVI su puerto ya era el más dinámico de todo el Algarve, logro que motivó que Manuel I la elevara a ciudad en 1520. Hoy, Tavira, concentra una maravillosa combinación de tradición, autenticidad y belleza discreta que estamos dispuestos a descubrir.

Ahondando en la historia

La silueta de Tavira se halla marcada por el perfil del puente romano —aunque, en realidad, es de origen medieval—, que conecta dos orillas a las que lanzarse a un paseo pausado, sin rumbo. Solo así, con los ojos bien abiertos, se descubrirán sus iglesias, sus patios escondidos y esas pequeñas plazas bañadas por la luz del sur.

El caserío tradicional cautiva desde el primer momento, invitándonos a recorrerlo hasta alcanzar la Praça da Republica, el de la vida local.

No muy lejos queda el Castillo de Tavira, uno de los lugares más evocadores, no tanto por la monumentalidad de sus restos —modestos en comparación con otras fortalezas— como por la atmósfera que lo envuelve.

Sus raíces se remontan a épocas fenicias y romanas, aunque fue reforzado durante la dominación islámica y posteriormente adaptado tras la reconquista cristiana en el siglo XIII, cuando Tavira pasó a manos portuguesas.

Hoy, su interior esconde un tranquilo jardín amurallado que invita a pasearlo entre buganvillas y cipreses.

Iglesia de Santa Maria do Castelo.

Iglesia de Santa Maria do Castelo. E. E.

No hay que caminar ni un minuto para comenzar a toparnos con algunos de los templos religiosos repartidos por el núcleo urbano de la ciudad. Ahí están la Iglesia Parroquial Santiago de Tavira, la de Santa Maria do Castelo o la Iglesia da Misericordia.

Por algo Tavira es conocida como la ciudad de las cien iglesias, aunque si hay algo que nos embauca, son esas calzadas tan típicamente lusas presentes en sus calles, así como la elegante arquitectura manuelina de las fachadas de la Rua da Liberdade o da São Brás.

Al agua, patos

Y llegó la hora de ponerse el bañador. O, al menos, de untarse bien la crema solar y echar en el bolso, por si acaso, la toalla. No vaya a ser que, cuando contemplemos las paradisíacas aguas de la Ría Formosa de cerca, nos tiente la posibilidad de darnos un chapuzón.

Este espacio natural, un sistema de lagunas, marismas y canales protegido como parque natural, actúa como frontera y, al mismo tiempo, como puente entre Tavira y el Atlántico. Fuente de vida, de aquí han dependido la pesca, el marisqueo y la actividad salinera que aún hoy sigue en pie en las salinas que salpican el paisaje.

Salinas de Tavira.

Salinas de Tavira. E. E.

Pero más allá de su importancia económica, la Ría Formosa regala a Tavira un carácter único, pues es la puerta de acceso a algunas de las playas más vírgenes del Algarve. Y hablamos, por ejemplo, de la Ilha de Tavira, a la que accedemos tras un corto recorrido en barco y un paseo de 400 metros a través de pasarelas de madera. Quedamos prendados de su delicado ecosistema, que tiene al simpático camaleón como protagonista, y de sus tranquilas aguas.

A la cercana Praia do Barril no se llega en barco, pero sí, si se quiere —pues también es posible a pie—, en un singular trenecito que casi alcanza el mar. Un puñado de casitas de ribetes coloreados —antaño usados por los pescadores; hoy, alquiladas por turistas— y un atractivo cementerio de anclas añaden más encanto si cabe al enclave.

Comer como reyes; dormir como los ángeles

Ahí están las sardinas y el pulpo, las ostras, los camarões y la zapateira —delicioso buey de mar— rellenando las cartas de los restaurantes y bares de Tavira. En la zona de Santa Luzia, una pedanía con su propio núcleo urbano y su puertito, los negocios miran al mar con terrazas en las que entregarse al disfrute.

Casa da Quinta de Cima.

Casa da Quinta de Cima. Cristina Fernández

La Tasquinha do Bruno o Zurrata son algunos de ellos, aunque nada como dar un salto a Cabanas, otra freguesia del municipio de Tavira, para probar la cocina de Noélia, enfocada a la gastronomía algarvía. Si hay que hablar de nuevos aires y de un concepto más contemporáneo y estiloso, apostamos por Mesa Farta, el restaurante del chef João Viegas en el corazón de Tavira.

¿Y para descansar? La oferta de alojamientos boutique es variada y tentadora, empezando por el Hotel Palácio de Tavira, inaugurado en el verano del 2025 y ubicado en un antiguo palacete del siglo XVIII. Se encuentra a tan solo un salto del río Gilão, como le ocurre a Colégio Charm House, también emplazado en un palacio de época, solo que este, durante un tiempo, funcionó incluso como escuela: sus 20 originales habitaciones son un homenaje a aquella etapa.

Si lo que ansiamos es desconexión pura, en apenas 10 minutos en coche alcanzamos el verdadero paraíso: Casas da Quinta da Cima, el proyecto de hospitality de la familia Ramírez. Se despliega a lo largo de las 50 hectáreas que ocupa su histórica finca de campos frutales. Con solo 9 coquetas suites y dos villas, salones colmados de diseño ocupando antiguos graneros y dos maravillosas piscinas, es de esos lugares de los que no querríamos partir jamás.