Publicada

Desde la altura de l’Alt de Benimaquía, en Dénia, el Mediterráneo no se contempla, se lee. En esa elevación que domina la llanura costera y abre la mirada hacia el mar, hace más de 2.600 años se elaboraba vino.

Quedan las huellas materiales, prensas, pepitas de uva, ánforas, pero también una certeza de mayor alcance: Alicante no fue una orilla tardía en la historia del vino, sino uno de los territorios donde aquella antigua cultura aprendió a producir, a comerciar y a hacerse propia.

La historia, sin embargo, empieza muy lejos de la costa levantina. Los nuevos trabajos arqueológicos, apoyados en química biomolecular y genética, sitúan los primeros episodios de vinificación en el Neolítico del Cáucaso meridional, en el espacio que hoy ocupan Georgia, Armenia y Azerbaiyán.

Paisaje de viñas

Paisaje de viñas D.O. Alicante

Desde allí no viajó una receta inalterable ni una variedad intacta, sino una forma de relacionarse con la vid que, a través de contactos, migraciones e intercambios, acabó sedimentando en todo el Mediterráneo.

El vino fue pronto más que una bebida. En las sociedades antiguas del Próximo Oriente, Anatolia, el Egeo o el Levante, participó de la economía, del rito y de la vida cotidiana.

La vid se asociaba con lo sagrado; el vino, con la tierra, la hospitalidad y la muerte. “El zumo de uva y el vino se consideraban la sangre de la tierra”, recuerda el arqueólogo Artur Petrosyan al explicar una cosmovisión en la que beber vino era, en cierta medida, entrar en diálogo con los dioses.

Un mar de ánforas

El mar hizo el resto. O, mejor dicho, los navegantes, comerciantes, alfareros y campesinos que convirtieron el Mediterráneo en una vasta red de circulación.

Antes de las botellas y las denominaciones, el vino viajaba en ánforas. Recipientes que eran envase, tecnología y documento comercial a la vez. Por sus formas, arcillas y procedencias, hoy sabemos que las costas no eran mundos cerrados, sino lugares de ida y vuelta.

En l’Alt de Benimaquía, los arqueólogos documentaron cuatro estancias con una prensa de vino cada una, varios miles de pepitas de uva y decenas de ánforas. El poblado fue construido en el último cuarto del siglo VII a. C. y abandonado hacia mediados del VI a. C.; se considera el testimonio más antiguo de producción vinícola documentada en el Mediterráneo occidental.

Bodega de fondillón

Bodega de fondillón Ruta del Vino de Alicante

“Lo que hace del yacimiento un lugar excepcional son las cuatro habitaciones que contenían una prensa de vino cada una”, señala el arqueólogo Carlos Gómez Bellard.

Aquella producción no se desarrolló al margen del mundo. Entre los materiales aparecen ánforas fenicias procedentes de Andalucía, recipientes de Cartago e imitaciones locales, una combinación que sugiere el interés por envasar el vino elaborado allí e incorporarlo a las redes que conectaban Ibiza y la costa mediterránea peninsular.

Más que imaginar una llegada pasiva de conocimientos, conviene pensar en una apropiación. Las comunidades locales aprendieron, adaptaron técnicas y dieron al vino una dimensión excedentaria y comercial.

La Illeta dels Banyets, en El Campello, completa el dibujo. En los niveles de finales del siglo IV y primera mitad del III a. C. aparecen vajillas para el consumo del vino, ánforas procedentes de Ibiza, la Magna Grecia, el norte de África y el área del Estrecho, además de hornos para fabricar recipientes y estructuras interpretadas como lagares.

Monastrell

Monastrell Ruta del Vino de Alicante

“Contamos con dos espacios dotados con piletas recubiertas de cal hidráulica”, explican Manuel H. Olcina y Adoración Martínez Carmona, “interpretados como áreas destinadas al pisado de la uva y recogida del mosto”.

Alicante, vino de ida y vuelta

Alicante no era, por tanto, el final de un itinerario oriental, sino un puerto activo de esa conversación mediterránea. En época romana, el sur de la Tarraconense desarrolló una producción próspera que se envasaba en ánforas y se comercializaba por el Mediterráneo central y occidental.

Las investigaciones dibujan un paisaje de pequeñas y medianas explotaciones, articuladas desde las ciudades y proyectadas hacia los puertos exportadores.

Siglos después, esa vocación marítima volvió a dar sentido al nombre de Alicante. El puerto concentró buena parte de la distribución de sus vinos entre los siglos XVI y XVIII, y el fondillón se convirtió en su gran embajador: un vino de monastrell, criado con paciencia, que viajó durante siglos a mercados de Europa y de otros continentes.

Botella de fondillón

Botella de fondillón Ruta del Vino de Alicante

“Decir Alicante en cualquier lugar del mundo era asociarlo inmediatamente al vino”, sostiene José Luis Menéndez Fueyo, director de la Comisión Histórica de la CRDOP Vinos de Alicante.

Tal vez esa sea la lectura más fértil de esta historia: el vino alicantino no se explica solo por sus viñas ni por su clima, sino por su capacidad de mirar al mar sin perder el arraigo.

En cada ánfora rota, en cada pepita recuperada y en cada copa de fondillón persiste una memoria de viaje. La vid llegó de lejos; Alicante aprendió a devolverla al mundo con acento propio.

Esa historia también puede recorrerse hoy. La Ruta del Vino de Alicante invita a descubrir el territorio a través de sus bodegas y viñedos, de la gastronomía y de experiencias que combinan vino, alojamiento y visitas culturales.

Una forma de acercarse al interior alicantino y comprobar que su relación con el Mediterráneo no se cuenta solo desde la costa, sino también desde la tierra y la copa.