En Jávea, como en cualquier localidad de costa, conseguir una mesa frente al mar no siempre garantiza comer bien. De hecho, muchas veces ocurre justo lo contrario: demasiada confianza en las vistas, cartas clónicas y cocinas pensadas para sacar comandas a destajo en los meses fuertes del verano.
Por eso, La Perla de Jávea tiene tanto mérito. Está en primera línea de la playa del Arenal, una de las zonas más cotizadas de la localidad y con la silueta del Montgó dominando la panorámica, pero no vive de las rentas del paisaje.
El restaurante levantó la persiana en 1984 de la mano de Dolores Candela y Antonio Box, y hoy sigue siendo una de esas casas familiares que han sabido envejecer con dignidad.
La segunda generación ha ido actualizando el espacio y la propuesta sin desvirtuar lo que les hizo funcionar en sus inicios. Esa es, probablemente, su mayor virtud. No necesitan ponerse a la moda para seguir siendo uno de los imprescindibles.
Interior La Perla de Jávea
A sus mesas se va a comer de verdad. La fórmula es una cocina mediterránea muy reconocible, apoyada en el producto local, la lonja, la brasa y, por supuesto, los arroces. Sobre el papel, no es un concepto revolucionario y tampoco lo necesita. Consiguen algo no tan fácil en hostelería: ejecutar el recetario tradicional con una regularidad intachable durante más de cuatro décadas.
En las localidades de costa, la oferta se divide a menudo entre los sitios que funcionan por pura novedad, los que lo hacen por ubicación y los que viven de la inercia del turismo. La Perla pertenece a otro universo, convertida en la dirección de confianza a la que acuden los vecinos de la Marina Alta y los veraneantes que llevan años repitiendo destino.
La Perla de Jávea
La historia del local justifica esta lealtad. Cuando Antonio y Loli encendieron los fogones en los ochenta, el Arenal no era la amalgama de negocios de hostelería que es hoy. La casa fue creciendo en torno a una idea de apego a la despensa alicantina y el arroz como gran reclamo.
Desde 2012 y al jubilarse sus padres, el relevo natural dejó a Vicky Box al frente de la sala y a Sonia Box al mando de los fogones, manteniendo intacto el hilo familiar. El comedor luce ahora más luminoso, actual y acristalado, pero el alma sigue siendo la de una casa de comidas que sabe qué esperan sus clientes cuando hacen una reserva allí.
Lonja, brasa y producto reconocible
Basta un repaso rápido a la carta para confirmar las intenciones de la cocina. Hay marisco, producto a la brasa y carnes, pero el grueso de la propuesta se sostiene sobre una lista de arroces que les han hecho famosos.
Buñuelos de bacalao
Antes de que las paelleras reclamen el centro de la mesa, conviene echar un largo vistazo a su sección de entrantes. En prácticamente todos, la materia prima asume el mando. En el apartado frío, el recetario oscila entre la huerta y la costa con opciones refrescantes como los tomates semiasados con ajoblanco de Kalamata y salazones caseros, la fina lubina semicurada con emulsión de piparras o el valor seguro que siempre aportan unas anchoas de Rafael López.
Cuando entra en juego el fuego, llegan entrantes como unas navajas con pisto y panceta ibérica o el gran tótem local: la gamba roja de Jávea. Aquí se trata con el respeto reverencial que exige su calibre, ya sea en su clásica versión al ajillo o levemente acariciada por la brasa.
Gamba roja de Jávea
Tampoco falla el capítulo de las frituras, donde disfrutar de un adictivo gambusí frito de la bahía, chopitos o su ya célebre buñuelo de bacalao con mayonesa de tinta de calamar, que se une a una siempre imprescindible croqueta de gamba roja, rematada con una lasca de panceta ibérica y el toque fresco de la ralladura de lima.
El arroz como seña de identidad
En la Comunidad Valenciana, el arroz es casi una religión. De familia, de los domingos... Hay pocos platos tan exigentes y, al mismo tiempo, tan fáciles de banalizar. Una paella a pie de playa puede ser una comida memorable o una trampa para incautos. Los de aquí se recuerdan. Hay un caldo hecho con mimo y paciencia, y un punto de cocción del grano que no falla.
Trabajan la capa fina en paella y bordan los melosos. El desfile incluye desde el clásico arroz a banda o el del senyoret, hasta la paella marinera, el arroz negro y el de bogavante azul. Destacan por derecho propio el de sepionets de la lonja de Jávea con rape y alcachofas, y, entre las opciones melosas, el de sepia, gamba y ajos tiernos. Todo ello, además, sumado a fantásticas fideuàs y los anteriormente citados melosos.
Fideuà
Más allá de las paellas, el otro gran pilar de la casa es el pescado fresco. La oferta marinera depende directamente de lo que la lonja de Xàbia haya subastado esa misma tarde. Es decir, piezas salvajes sujetas a la disponibilidad y al peso del día, siempre de la mano de la realidad del mercado. En carta, el pescado sale a la brasa con leña de olivo, ajo, aceite de oliva virgen extra, verduras salteadas y patatas baby.
Pescados frescos
Tampoco falta un apartado de carnes a la parrilla y una colección de postres a los que merece la pena guardarles un hueco. Entre ellos, la torrija de pan brioche de croissant coronada con helado de vainilla es la estrella de la casa.
Un clásico con reconocimiento
El restaurante, además, cuenta con un Sol Repsol y está recomendado por la Guía Michelin, dos reconocimientos que ayudan a situarlo para el que todavía no lo conoce, aunque no explican del todo su importancia. La casa ya tenía un largo recorrido antes de aparecer en las guías y sigue funcionando por motivos como el oficio, un producto de primerísima, la —a veces escasa— regularidad y una clientela que vuelve.
Y por eso sigue siendo una parada obligatoria en Jávea que logra ese pequeño milagro que es dar de comer francamente bien, algo que, en primera línea de playa y en plena temporada alta, a veces parece imposible.