El matcha se mezcla hoy con leche de coco, fresas, mango, chocolate blanco e incluso horchata. Ha coloreado cruasanes, tartas, helados y bebidas que cambian de aspecto casi cada semana al ritmo de las tendencias de TikTok. En Japón se encuentra también dentro de chocolatinas, caramelos e incluso en las múltiples versiones del célebre KitKat.
Sin embargo, mucho antes de convertirse en un ingrediente global, este polvo verde ocupaba un lugar muy distinto. Se bebía despacio, dentro de una casa de té, siguiendo una secuencia de gestos que no perseguía únicamente preparar una bebida. Durante siglos estuvo vinculado a la clase guerrera japonesa y las salas en las que se servía funcionaban como espacios de calma, conversación y encuentro, muchas veces, antes de una batalla.
Para acercarse a ese origen todavía existe en Kioto un lugar en el que el matcha no llega en un vaso para llevar. Shakusui-tei, la casa de té privada del Four Seasons Hotel Kyoto, se levanta frente a Shakusui-en, el jardín histórico con estanque que ocupa el corazón del hotel. La ceremonia se celebra de manera íntima, guiada por un maestro que explica el significado de cada movimiento antes de comenzar.
Agacharse para entrar
La primera enseñanza llega antes de atravesar la puerta. El acceso tradicional a la sala es bajo y estrecho, hasta el punto de obligar a inclinar la cabeza y entrar prácticamente de rodillas. No es una decisión meramente arquitectónica. "Todo el mundo tiene que hacer una reverencia. Significa que, una vez dentro, todos somos iguales", explica el maestro. La abertura era también demasiado pequeña para cruzarla cómodamente con una espada, por lo que los guerreros debían dejar sus armas fuera. En el interior no importaba el rango, la riqueza ni la posición que cada invitado ocupase en el mundo exterior.
Para acceder a la casa del té, todos tienen que hacer una reverencia. Allí dentro todos somos iguales
Antes de entrar hay que detenerse ante una pila de piedra situada en el jardín. Con un pequeño cucharón se toma agua para lavar primero una mano, después la otra y, finalmente, dejarla correr por el mango. El gesto marca la separación entre lo que sucede fuera y el tiempo que va a comenzar dentro de la casa.
Aunque la ceremonia aquí permite sentarse en sillas para hacerla más cómoda y accesible a los visitantes, el maestro permanece sobre el tatami. La experiencia empieza con una reverencia conjunta y un yoroshiku onegaishimasu, una expresión difícil de traducir de forma literal que, en este contexto, muestra respeto y agradecimiento por el tiempo que se va a compartir.
El matcha que bebían los samuráis
La relación entre el té y los samuráis es clave en la ceremonia. Los guerreros se reunían en estas salas antes de regresar a las batallas. Allí bebían matcha, conversaban y compartían el cuenco con los miembros de su grupo. "La casa de té era el único lugar en el que podían calmar la mente", cuenta el maestro. "Bebían juntos antes de ir a luchar y ese momento servía también para reforzar sus vínculos."
Silencio, ceremonia y serenidad en un ritual donde todo está en armonía con la naturaleza
El té era entonces un producto costoso, valorado tanto por sus propiedades como por el efecto que producía en quienes lo tomaban. El maestro lo compara con una antigua medicina capaz de ofrecer energía y, al mismo tiempo, ayudar a relajarse. No provoca, dice, la aceleración que algunas personas sienten después de beber café, aunque sí ayuda a permanecer despierto y concentrado.
Con la llegada de períodos más pacíficos, la ceremonia dejó de estar reservada a los guerreros. Durante mucho tiempo fue una práctica fundamentalmente masculina, pero posteriormente pasó a formar parte de la educación de mujeres de determinadas familias. La madre y la abuela del propio maestro la practicaban antes de casarse como una forma de aprender comportamiento, hospitalidad y buenos modales.
Antes de comenzar, los asistentes deben purificar sus manos con agua
Él, sin embargo, llegó a este mundo por un camino bastante menos previsible. Antes de asumir el negocio familiar había vivido en Estados Unidos y trabajado profesionalmente con embarcaciones de madera. Cuando sus amigos comenzaron a hacerle preguntas sobre la cultura y la historia de Japón, descubrió que apenas sabía cómo responder. La experiencia le hizo regresar a su país para estudiar sus propias tradiciones. Se formó como profesional del kimono y, más tarde, como maestro del té. "Mi vida cambió completamente", reconoce mientras prepara los utensilios.
Un cuenco que tiene rostro
Nada se coloca al azar. Cada uno de los cuencos posee un frente, una parte principal que puede reconocerse por su decoración, su forma o algún pequeño detalle realizado por el artesano. En uno de ellos aparece el monte Fuji. Otros presentan dibujos más discretos cuya orientación no resulta tan evidente a primera vista.
El anfitrión sirve el matcha dejando ese frente dirigido hacia el invitado, una manera de ofrecerle la parte más bella del objeto. Pero antes de beber, el invitado debe tomar el cuenco con la mano derecha, apoyarlo sobre la palma izquierda y girarlo ligeramente dos veces en el sentido de las agujas del reloj. Así evita posar los labios justo sobre su parte principal.
Cada invitado tienen que escoger el bowl donde tomará el matcha y asignarle un rostro
El té se toma en tres sorbos. El último termina con un sonido claramente audible. Más que una descortesía, funciona como una señal: el anfitrión sabe entonces que la persona ha acabado y puede comenzar a preparar el siguiente cuenco. "Si no escucho el sonido del primer invitado, el segundo podría quedarse esperando para siempre", bromea.
Después hay que limpiar con dos dedos la zona del borde por la que se ha bebido. Los dedos se pasan por un papel llamado kaishi, que cada invitado recibe al comenzar la ceremonia y que también puede emplearse como pequeño soporte para los dulces. Finalmente, se vuelve a girar el cuenco en sentido contrario y se coloca frente al anfitrión con su rostro de nuevo visible.
Comer una hortensia
Antes del matcha llega el dulce. Durante nuestra ceremonia tiene forma de hortensia, una de las flores que anuncian en Japón la temporada de lluvias y el comienzo del verano. Sus tonos suaves reproducen los pétalos, mientras que el interior conserva el dulzor característico de las elaboraciones japonesas de judía.
La tradición manda que el té matcha se acompaña con dulces wagashi
Los wagashi que acompañan al té cambian a lo largo del año. En invierno pueden cubrirse con azúcar para recordar la nieve; durante el verano aparecen texturas transparentes que evocan el agua y el cielo; en otoño toman la forma y los colores de las hojas de arce. La naturaleza exterior se introduce así en la casa de té convertida en un pequeño bocado. Tampoco se empieza a comer en cualquier momento. El maestro pronuncia dōzo okashi o, "por favor, tome el dulce", y esa frase marca el comienzo. Mientras el invitado lo prueba, él inicia la preparación del matcha. El dulzor permanece en la boca y suaviza después el amargor del té.
El sonido del viento entre los pinos
La ceremonia se sigue también con el oído. El agua caliente dentro del hervidor produce un murmullo que, según la tradición, recuerda al viento atravesando los pinos. Cuando el maestro utiliza el cucharón de bambú para devolver el agua al recipiente, se forma durante unos segundos una pequeña cascada.
Incluso dentro de una estancia cerrada, el ritual intenta mantener una conexión constante con el paisaje. El jardín aparece al otro lado de los ventanales, pero también está presente en el sonido del agua, en los dibujos del cuenco y en el dulce elegido para la estación.
El jardín del hotel cuenta con más de 800 años de historia y perteneció al templo aledaño
Entre los utensilios se encuentra el chasen, el batidor tallado en una sola pieza de bambú con el que se mezcla el polvo de matcha y el agua caliente. Antes de utilizarlo, el maestro lo deja caer suavemente tres veces dentro del cuenco. El número vuelve a aparecer en los tres sorbos con los que debe terminarse el té. Otro de los objetos fundamentales es el fukusa, un paño de seda con el que se purifican simbólicamente determinados utensilios. No se hace porque estén sucios. "En Japón creemos que lo espiritual habita en todas las cosas, también en los objetos de la ceremonia", explica. Por eso cada pieza se limpia de forma ritual antes de preparar el matcha.
De Uji al resto del mundo
Hablar de matcha en Kioto conduce inevitablemente a Uji, la localidad situada al sur de la ciudad que lleva siglos ligada a la producción de algunos de los tés más apreciados de Japón. De allí procede buena parte del imaginario que hoy rodea al matcha de calidad, aunque la popularidad mundial de este producto haya multiplicado las procedencias, las categorías y también las diferencias entre unos polvos y otros.
Al final de la ceremonia los asistentes debe decir arigatō gozaimashita
El matcha ceremonial no se entiende únicamente por su color verde. El cultivo de las hojas a la sombra, su recolección, el procesamiento y la molienda determinan el sabor y la textura final. Frente a las mezclas dulces que dominan ahora las cafeterías, aquí se sirve únicamente con agua, sin leche ni azúcar. Su amargor forma parte de la experiencia, aunque no es el centro de la misma. "El propósito principal de la ceremonia no es beber matcha”, insiste el maestro. "Es compartir el momento con la pareja, con los amigos o con la familia."
Al terminar, el maestro enseña una última expresión: arigatō gozaimashita. No es el agradecimiento formulado mientras algo está sucediendo, sino el que se utiliza cuando la experiencia ya ha concluido. Los invitados y el anfitrión se inclinan al mismo tiempo. Llega el momento de la despedida. ¿Lo importante finalmente? Sentarse frente a otra persona y dedicarle el tiempo suficiente.