En Maldonado, a 130 kilómetros de Montevideo, lujo, fiesta y playa combinan perfectamente. Es Punta del Este, la franja de tierra que separa las aguas del río de la Plata y las del océano Atlántico. La península de los famosos y uno de los balnearios más chic de Sudamérica rebosa durante todo el verano. Sus cálidos inviernos mantienen el mismo atractivo con menos aglomeraciones.

Las aguas del río de la Plata se acercan suavemente a las orillas de Playa Mansa. Sin apenas oleaje, resulta ideal para el disfrute familiar. Arena fina, campeonatos de fútbol o voleibol y deportes acuáticos sosegados. El broche final del día corre a cargo de una hipnótica puesta de sol. Y, si hay suerte, el verano también hace posible el avistamiento de ballenas.

Playa Mansa, en Punta del Este.

Playa Mansa, en Punta del Este.

Las emociones fuertes son para Playa Brava, de aguas cristalinas, olas espectaculares y una larga superficie de arena con muchos encantos. El poderoso Atlántico atrae a los surfistas que tienen sus puntos de encuentro más animados en la Olla y Papá Charlie. La Plage es la zona fashion, la de los modelos caros y los cuerpos esculturales.

Pero, sin duda, el lugar más fotografiado es La Mano, obra del artista chileno Mario Irrazábal. Los dedos que emergen de la arena simbolizan la presencia del ser humano en la naturaleza. El artista llegó en 1982, invitado para participar en el primer Encuentro Internacional de Escultura al Aire Libre y, desde entonces, su obra se ha convertido en un símbolo de todo el departamento de Maldonado.

Parque de las Esculturas

La provincia uruguaya evidencia su apuesta por el arte también en el Parque de las Esculturas Pablo Atchugarry. Una gran diversidad de lenguajes expresivos que se reflejan en obras de artistas nacionales e internacionales. Y, cada año, en el mes de febrero, el séptimo arte se convierte en protagonista con el Festival de Cine de José Ignacio. Noches de película frente al mar y bajo las estrellas.
 
Pero, además, Punta del Este ofrece toda la diversión nocturna hasta el amanecer y más allá. Bares, cafeterías, restaurantes, teatros, cines, galerías de arte, tiendas o bancos decoran la Avenida Gorlero. Mientras tanto, los yates, las embarcaciones de recreo y los barcos permanecen amarrados en el puerto deportivo. Y por si alguno pierde el rumbo, la costa atlántica goza de un hermoso guía, el faro de Punta del Este: una torre cilíndrica de 25 metros de altura erigida en el siglo XIX.

Punta del Este no sólo es playa y fiesta nocturna. Los amantes del paseo, en bicicleta o a pie, encuentran un circuito ideal en el parque forestal Arobretum Lussich, que ofrece un entorno idílico entre bosques de árboles autóctonos y foráneos.
Hoy, todo Punta del Este disfruta de un estatus de lujo que nació hace más de 150 años.

Piriápolis, el origen del glamour

El siglo XIX vio nacer a Piriápolis de la mano de su fundador, el uruguayo Francisco Piria. Fue el comprador de un vasto territorio que se extendía desde el cerro Pan de Azúcar hasta el mar. Tierra de granito, tabaco y uva, que Piria supo aprovechar. Un pionero que confió en los principios urbanísticos de la vanguardia europea y norteamericana y logró convertir a Piriápolis en un famoso balneario “a la europea”. Una iniciativa turística plenamente consolidada.

Imagen de Piriápolis.

Imagen de Piriápolis.

En 1904, se inauguraba el Gran Hotel de Piriápolis, que fue alabado por la gran suntuosidad del hospedaje, con muebles importados de Italia, vajilla de Limoges, cristalería de Murano, alfombras de Esmirna o mantelerías de hilo italiano. Fue el alojamiento de los primeros turistas que llegaron a Piriápolis, la primera ciudad balneario de Uruguay. El lugar combina un paisaje montañoso, playas de arena blanca y variedad de fauna autóctona. En una de sus reservas naturales es posible admirar leopardos, cocodrilos o aves exóticas.

La belleza natural de cerro de San Antonio exhibe en su cima una capilla blanca muy visitada, especialmente por las mujeres. La leyenda atribuye al santo el poder de otorgar pareja y, desde luego, nunca faltan regalos y ofrendas en su altar. Entre los cerros, las dunas y el mar surge Punta Colorada, el nombre que define el color de sus rocas. Un lugar encantador, que goza de la vida tranquila de pescadores y la necesidad de calma de sus visitantes.

El castillo de Piria, construido por aquel pionero, fue después residencia presidencial y sede de eventos culturales hasta convertirse en museo municipal. Con una mezcla entre renacentista y medieval, se alza muy cerca del Pan de Azúcar, el tercer cerro más alto de Uruguay. El camino de acceso, bordeado por palmeras canarias, se adentra en extensos jardines poblados de especies exóticas y, entre todas ellas, se esparcen interesantes obras de arte, esculturas de artistas europeos y objetos que esconden simbología alquímica. En el interior del castillo, decorado con muebles originales estilo Luis XV, se encuentran otras piezas artísticas, armas, e incluso una antigua colección de trajes de baño del primer Gran Hotel. Cuentan que existe un sótano conocido como el laboratorio alquímico de Francisco Piria, una estancia inaccesible.

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