Elena del Amo Luis Davilla

A saber cuándo y quién lo puso de moda, pero hoy no hay quien enfile hacia el territorio de los iban sin llevar un buen cargamento de gusanitos, patatas fritas o golosinas para repartir a cada miembro de la aldea. Los comerciantes de Lachau, el último villorrio antes de penetrar en sus dominios, los tienen convenientemente embalados en fardos enormes para surtir a quienes están a punto de visitar a los antiguos cazadores de cabezas.

Remontando en una balsa a motor las aguas chocolate del río Lemanak, entre una vegetación y un calor asfixiante, sus longhouses o casas alargadas comienzan a aflorar por los brazos de este laberinto anfibio tras una hora de navegación. También las hay más adentro, y cuanto más lejos se llegue, menos alterados por la globalización se verán los poblados de estos indígenas pertenecientes a los dayak, los nativos de la isla de Borneo. Cada uno de estos palafitos de madera, alzados sobre postes cerca de la orilla, pueden tranquilamente albergar a una veintena de familias. Es decir, al pueblo entero. Todas las parejas disponen dentro de él de una apartamento privado, al que se accede a través de un porche techado de hasta 300 metros de largo en el que discurre el día a día de la comunidad. En esta especie de corredor, sentadas sobre las esteras, las mujeres tejen en los telares y trenzan el bambú, ven jugar a sus niños y limpian el arroz. Porque si los iban vivían antaño de la jungla, hoy lo hacen sobre todo la valiosísima pimienta que cultivan por los alrededores, y del arroz.

Al igual que uno conserva con mimo las viejas fotos de familia, a la entrada de la vivienda cuelgan las calaveras de los infelices que cayeron en las garras de algún bisabuelo iban, a las que honran con vino y arroz para que su espíritu proteja al caserío. Con la llegada del colonialismo, sin embargo, sus hombres fueron poco a poco aparcando la fea costumbre de rebanarle el pescuezo a sus enemigos, aunque en la II Guerra Mundial algunos volvieron a las andadas, como muestra el documental que narra la pesadilla de unos soldados estadounidenses aterrizados por accidente en tan peliagudos parajes.

La visita a una de estas longhouses deja un regusto agridulce. Salvo algún anciano, ataviado con plumas para las ocasiones especiales y tapizado de pies a cabeza de tatuajes rituales que narran su vida entera, la mayoría viste a la occidental, con camisetas y chándals made in China combinados de cualquier manera. El plástico y la chapa son ya viejos conocidos, y no es raro que el más rico del pueblo, para presumir de estatus, posea un par de teles a pesar de que no haya electricidad con la que hacerlas funcionar.

La cultura de estos antaño fieros guerreros se desvanece irremediablemente, aunque todavía subyace una forma de vida ancestral y un profundo sentimiento comunitario. Siguen teniendo maña con la cerbatana, el chamán se sirve de lo que da la selva para elaborar pócimas que alejan enfermedades y encantamientos, y cada noche, cuando tienen invitados, las familias al completo se reúnen para agasajar a los recién llegados con sus danzas y una cena regada con vino de arroz. Es entonces cuando a todos y cada uno, en agradecimiento a su hospitalidad, se les reparte la bolsa de gusanitos que habría sido de pésima educación no haber traído.

Guía práctica



Cómo llegar



Vuelos desde varias ciudades españolas a Kuala Lumpur, con escala, a partir de unos 500 € en algunas fechas con KLM, Emirates, Qatar Airways o Turkish Airlines. Los precios de todas las compañías se pueden comparar con buscadores como Skyscanner o Trabber. Vuelos entre la capital de Malasia y Kuching, la capital de su estado de Sarawak, en la isla de Borneo, por incluso 35 € ida y vuelta con la lowcost Air Asia.

Cómo organizarlo



Las estancias en las longhouses suelen acordarse con operadores locales, que se ocupan también del transporte hasta ellas por el río, o a través de agencias especializadas en rutas de aventura como De Viaje o Paso Noroeste.

Alojamiento



Varias longhouses disponen de un espacio reservado para huéspedes con las comodidades más básicas: un cuarto con colchones con mosquitera y un cubículo donde, con el calor húmedo de la jungla, darse la más merecida de las duchas.

Más información



Turismo de Malasia

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