Esta misma semana se conmemoraba el día de las escritoras. Se trata, para quien no lo sepa, de un día temático que se celebra el lunes más cercano al 15 de octubre, fecha del nacimiento de Santa Teresa de Jesús.

Esta conmemoración nació en 2016 por iniciativa de la Biblioteca Nacional en colaboración con la Federación Española de mujeres directivas, ejecutivas, profesionales y empresarias y la asociación Clásicas y modernas, y tiene como fin la visibilización del trabajo de las mujeres en la literatura, la recuperación del legado de mujeres escritoras y el fin de la discriminación histórica que las mujeres escritoras han sufrido a lo largo de la historia.

Ni que decir tiene que esta conmemoración me toca especialmente, por cuanto que soy mujer y escritora, y también, por qué no decirlo, teresiana de formación, que eso siempre deja poso. Pero, más allá de las implicaciones personales, creo que es una buena ocasión para hacer un llamado a la reflexión.

Desde siempre, pero quizás ahora con más fuerza, hay quienes protestan por la instauración de esta celebración, alegando que la literatura es literatura, la escriban hombres o mujeres. Y, aunque en el razonamiento puedan tener razón -que la literatura es una, sea cual sea el sexo de quien la firma-, la conclusión es engañosa.

No se trata de reivindicar como una categoría propia la literatura de mujeres -se refiera a quien la escribe, a quien la consume o, como ocurre normalmente, a ambas conjuntamente- sino de valorar las obras de mujeres que, precisamente por serlo, han sido menospreciadas como si se tratara de una categoría menor, o poco menos.

De hecho, todavía podemos ver colecciones donde la literatura 'de mujeres' es considerada como un género aparte, como si las escritoras no pudiéramos publicar obras de narrativa histórica, ciencia ficción, novela negra o cualquier otro exactamente igual que nuestros congéneres varones.

Por supuesto, esta especie suele ir ligada a determinados contenidos que en su día se llamaron “novela rosa” y hoy se encuadran en la literatura romántica, como si a las féminas solo nos interesara el amor y el desamor. Es decir, el “fueron felices y comieron perdices” de toda la vida que, debería ser un principio y no un final. De hecho, mi hija me preguntaba cuando le contaba algún cuento y acababa así: vale, y después, ¿qué?

Entre quienes rechazan el hecho de que se celebre el día de las escritoras, suele utilizarse un mantra que sirve para cualquier conmemoración que tenga que ver con igualdad y mujeres: ¿Y cuándo se celebra el día de los escritores?

La respuesta es obvia, porque el día de los escritores se celebra todos los días por cuanto que siempre ha sido suya la condición de escritor y las mujeres han tenido que luchar a codazos para ganarnos nuestro sitio, teniendo que utilizar algunas un pseudónimo masculino para que las publicaran o se las tomara en serio.

Por si alguien duda de lo que digo, contaré una anécdota personal. Hace un par de años, cuando estaba firmando en la Feria del libro ejemplares de obras que tratan de mujeres en la historia de Valencia, varios hombres que compraban el libro decían, como si tuvieran que dar explicaciones a alguien, que el libro era para su mujer, para su hermana o para su madre.

No vaya a ser que alguien creyera que un señor se interesaba por las mujeres que habían hecho cosas notorias a lo largo de la historia. Faltaría más. Algo que, desde luego, no ocurre si una mujer compra una novela histórica sobre Julio César, Napoleón o Einstein.

La cosa es tan perversa que incluso un trío de hombres ha utilizado el nombre de una mujer para ganarse la simpatía de quienes hacen un hueco especial en sus lecturas a lo que escriben las mujeres para compensar una discriminación histórica.

Así que esta conmemoración es precisa, y seguirá siéndolo mientras pasen estas cosas. Ojalá no lo fuera. A pesar de lo bien que escriben muchas mujeres, sin duda alguna.