Andamos a golpes con la precampaña que arrancó no llega ahora a apenas veinte días, y a los que los pilló con el pie cambiado, como se suele decir, el tiempo no ha sido suficiente para alcanzar pactos de convivencia y liderazgos en formato de papeleta.

Un suceso, nada novedoso, por otra parte, que nos deja no pocas incongruencias, tal vez, de egos que no caben en tan poco espacio a la izquierda del partido socialista, rápido a pedir el denominado "voto útil".

En el bloque contrario, ideológicamente hablando, parece, pero solo lo parece, al menos de momento, podrían empezar a jugar al baile aritmético y empezar a comprender que la Moncloa se alcanza si se sabe entender que en España hay tantas elecciones como circunscripciones, a saber, un total de 52, que corresponden a las 50 provincias y las dos ciudades autónomas, Ceuta y Melilla, que, por otra parte, serán de suma importancia en estos comicios.

Mientras, en nuestro territorio, de nuevo, hemos estado mirando al cielo, y la catástrofe, lamentablemente, ha llegado.

Poco se ha tardado en hacer comparativas de gestión, por unos y por otros; pero, no se harán esperar o, al menos, así debería ser, los interrogantes sobre la ejecución de las obras hidrológicas, que sí son capaces de mitigar los efectos de las catástrofes que azotan toda la costa del Mediterráneo.

No cabe duda de que este es el mejor momento reivindicativo, porque la negativa no cabe cuando se trata de llenar programas electorales, como tradicionalmente se les conoce, aunque las moderneces nos hacen hablar también de "ofertas de gobierno", "compromisos", "acuerdos marco".

De un modo u otro no cabe duda de que bajo el prisma ideológico de cada partido todos incluirán la promesa electoral.

Mucho se habla sobre la obligatoriedad de los programas electorales, llegando a tratarlos como verdaderos contratos con la ciudadanía, lo que alcanzaría incluso a la obligatoriedad de su cumplimiento.

A nivel jurídico está sobradamente superado porque la representatividad elegida no tiene carácter imperativo y, por ende, la falta de cumplimiento con lo prometido no conlleva ningún tipo de persecución fraudulenta en sede judicial.

Ahora bien, no hay mayor castigo que el de las urnas, son la verdadera voz del pueblo la que avala o sanciona.

Otra cosa distinta sería evaluar la posibilidad de que los programas electorales sean más realistas, o, al menos, acordes con la administración en curso o la que podría ser objeto de cambio previo para alcanzar las promesas dadas.

Pero claro, la emoción, ese sentimiento ajeno a la palabra, y sobre todo a la razón que no es el factor predominante cuando se trata de depositar el voto.