Donald Trump en una imagen de archivo

Donald Trump en una imagen de archivo Matt Kaminsky / Zuma Press / Europa Press

Opinión Tribuna

"Se acerca el invierno"

Manuel Argüelles
Publicada

Todos hemos visto o hemos oído hablar de la serie Juego de tronos. Una serie en la que muchas familias, con intereses diferentes y aspiraciones dispares, se enfrentaban o aliaban en función de las situaciones que se iban produciendo. Incluso en algunos momentos los enemigos se juntaban para enfrentarse a una amenaza común. Y, como en toda guerra (ojo que viene spoiler), al final todos pierden. Unos mucho o muchísimo y otros… todo.

En Juego de Tronos, familias con intereses enfrentados pactaban cuando aparecía una amenaza mayor. En el mercado mundial de la energía ocurre algo parecido: cambian las alianzas, cambian los proveedores, pero hay una realidad que acaba imponiéndose a todos. "Se acerca el invierno".

Como si del lema de la casa Stark se tratara, esta frase resume bien la preocupación actual en lo referente al mercado del gas. Hay reservas limitadas, proveedores conflictivos y necesidad, mucha necesidad. Y el frío viene de camino.

A menudo me preguntan acerca de cómo va a evolucionar el precio del gas y de la electricidad a corto, medio y largo plazo, cómo afecta esto de las guerras lejanas a un país como España, quién gana y quién pierde con todos estos conflictos y por qué las consecuencias de la guerra de Ucrania han sido diferentes a las de Irán.

Lo cierto es que la respuesta es más sencilla de lo que parece siempre que el interlocutor conozca las variables que rigen el comportamiento de la energía en todas sus formas: generadores-rutas-consumidores. Con conocimiento profundo de estos elementos es sencillo responder a las preguntas mencionadas anteriormente. Puede ser que ese conocimiento no sea tan sencillo.

Desde 2022 con la guerra entre Ucrania y Rusia hay muchos aspectos que recuerdan a la serie de los dragones. Condenamos el ataque ruso sobre Ucrania, pero no hablamos de lo que hicimos mal antes de esa invasión para evitar ese conflicto. Criticamos con dureza a Rusia, pero no nos atrevemos a entrar en guerra con ella.

Ayudamos a Ucrania, pero con cautela para no enfadar al gigante ruso. Imponemos sanciones económicas poco a poco que molestan, pero no asfixian a la superpotencia energética. Es obvio que Europa no quiere entrar en una guerra armada con el país más extenso del mundo porque eso sería catastrófico a todos los niveles.

El sentido común de la OTAN dicta estas normas de presión, pero sin agresión armada directa. Es cuestión de cordura. Pero económicamente la guerra se lidia, en otros términos. En términos denominados GAS (y petróleo). Así de sencillo. NO hay más ni menos.

Y desde entonces hemos trabajado para depender menos de Rusia y poder tener como proveedor principal a EEUU con GNL lo que nos ha obligado a reforzar la capacidad de regasificación europea.

La pregunta es si EEUU es un país mucho más fiable como proveedor. En estas situaciones las familias de los siete reinos se miran de reojo para tejer alianzas conscientes de que ese equilibrio es frágil porque todo puede romperse en cualquier momento.

El gas almacenado tiene dos precios: el que pagamos cuando lo compramos y el que estamos dispuestos a pagar cuando tememos que pueda faltar.

En 2022 hubo un momento de pánico que llevó a la UE a intentar llenar su almacenamiento de gas de manera agresiva cuando se acercaba el invierno. Esta ansiedad disparó precios del gas y generó unos picos de precios históricos que afectó mucho también a la generación de electricidad por los ciclos combinados. Hemos aprendido que llenar los depósitos es importante, pero debe hacerse poco a poco o el problema no se resuelve, sino que se agrava.

En este momento tan delicado España se posicionó sin explicaciones a favor de Marruecos con el Sáhara y se desata una crisis con Argelia, nuestro principal proveedor de gas por tubo. Esto tuvo consecuencias con los contratos de suministro y por supuesto con el precio. Nos llueven los problemas como a la casa Stark tras la Boda Roja.

Y ahora por si fuera poco añadimos un conflicto bélico entre EEUU e Irán que ha bloqueado por meses el flujo de gas por el estrecho de Ormuz. El bloqueo de Ormuz afecta aproximadamente a una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado (GNL).

El cierre de Ormuz no implica automáticamente una falta física de gas en Europa, pero sí tensiona el mercado mundial de GNL y, por tanto, sus precios. A este conflicto se va sumando el cierre de Bab el Mandeb y el oleoducto East West que daba salida al mar Rojo lo que demuestra que las estrategias de estrangulamiento del flujo de gas y petróleo son claras dentro del conflicto bélico.

Y ante un escenario de escasez aumentar la demanda para llenar reservas es echar leña al fuego. Pero necesitamos garantizar las reservas porque… se acerca el invierno.

Expliquemos cómo se ha gestionado el almacén de gas de Europa y la situación actual:

Ante la necesidad de llenar reservas, aumenta la demanda europea de GNL, lo que implica competencia Europa/Asia que acaba, como es normal en un mercado libre, en mayor precio del cargamento marginal que termina siempre en presión sobre TTF y precios internacionales; es decir, sube el precio.

1. Europa utiliza el almacenamiento como una batería: carga en verano y descarga en invierno.

2. Tras unos 2023-24 excepcionalmente cómodos, 2025 dejó una situación más ajustada y Europa llegó a marzo de 2026 con sólo alrededor del 28%.

3. Justo entonces aparece la crisis de Irán y Ormuz, que retira aproximadamente una quinta parte del GNL mundial y encarece la reposición.

4. Europa consigue volver a llenar sus depósitos hasta aproximadamente el 69% a mediados de septiembre, pero continúa por debajo de los niveles excepcionalmente elevados de años anteriores.

5. Ahora aparece el dilema: cuanto más agresivamente intente Europa rellenar los depósitos, mayor será la demanda mundial de GNL y potencialmente mayor la presión sobre los precios.

6. Y cuando comience el invierno, el flujo cambia de sentido: Europa deja progresivamente de acumular y empieza a consumir sus reservas.

Europa no se está quedando sin gas. El riesgo está en llegar al invierno con menos colchón precisamente cuando rellenar ese colchón es más difícil y más caro.

Los almacenamientos permiten aplazar el problema; no hacerlo desaparecer. Si una crisis de oferta dura demasiado, llega un momento en que hay que elegir entre consumir la reserva o competir en el mercado mundial para reconstruirla.

Almacenamiento de gas en la UE, 2023-2026

Almacenamiento de gas en la UE, 2023-2026 EE

Lo importante visualmente es el desplazamiento hacia abajo de toda la curva. Europa terminó el invierno 2022/23 alrededor del 56% y alcanzó el extraordinario 99,4% el 1 de noviembre de 2023. En 2024 volvió a alcanzar el 90% ya el 19 de agosto y estaba al 95% el 1 de noviembre.

En 2025 el invierno fue mucho más exigente: el 1 de abril quedaba 34,3%, frente a 59,0% en 2024 y 55,5% en 2023. Es un dato especialmente sólido porque ACER publica directamente esa comparación histórica a partir de AGSI+.

Y en 2026 Europa llegó al mismo punto con apenas 28,1%. Es decir: la guerra de Irán no provoca el bajo punto de partida; Europa ya llegaba con los depósitos bajos cuando comienza el conflicto. Lo que la crisis complica desde marzo es su rellenado.

España está algo mejor que Europa:

Almacenamiento de gas en 2026

Almacenamiento de gas en 2026 EE

Aquí debemos destacar algo que puede sorprender al lector: España está mejor situada que la media europea, aunque tampoco está en niveles extraordinariamente altos.

El dato de cierre que tenemos hoy es especialmente útil: a 15 de septiembre de 2026, la UE dispone de 777,03 TWh y está al 68,67%, mientras España tiene 26,32 TWh y está al 73,44%.

Además, España tenía fijados para 2026 objetivos obligatorios del 53% el 1 de mayo, 64% el 1 de julio, 80% el 1 de septiembre y 90% el 1 de noviembre.

Fuente BOE: Orden TED/306/2026, de 31 de marzo, por la que se modifica la Orden TED/72/2023, de 26 de enero, por la que se desarrollan los procedimientos necesarios para el cumplimiento de la obligación de mantenimiento de existencias mínimas de seguridad de gas natural.

El verdadero termómetro de una crisis energética no es sólo cuánto gas queda en los depósitos, sino cuánto cuesta convencer al siguiente metanero para que venga a Europa.

Hay una consecuencia interesante: España no alcanzó el objetivo del 80% de septiembre, aunque mantiene una posición relativa mejor que la UE. Esto no equivale por sí solo a un problema de suministro; la Comisión Europea señala que, pese a que los almacenamientos europeos están por debajo de años anteriores, no aprecia actualmente un riesgo inmediato de seguridad de suministro, gracias, entre otras cosas, a la diversificación, mayor capacidad de importación de GNL y menor demanda europea.

La Comisión Europea acaba de señalar que, pese a los menores niveles de almacenamiento y a que la producción catarí de GNL continúa detenida, no aprecia por ahora un riesgo inmediato de suministro para el invierno, aunque reconoce una elevada volatilidad de precios.

Menos gas almacenado no significa automáticamente escasez física, pero sí reduce el colchón y aumenta la sensibilidad del mercado ante un invierno frío o una prolongación del shock de oferta.

Si a esto sumamos que EEUU tiene “asuntos pendientes” con Europa, siendo el proveedor del 35% de todo nuestro gas la negociación va cambiando de tono.

Cuando uno se sienta negociar debe tener claros algunos aspectos si quiere salir victorioso. De lo contrario como pasó en la negociación del puente entre Robb Stark y Walder Frey la cosa acaba como el rosario de la aurora.

1. ¿Qué resultado deseo obtener y cuál es el mínimo que debo conseguir?

2. ¿En qué puedo ceder y en qué no?

3. ¿Cuál es la posición (geoestratégica en este caso) con la que llego a esa negociación?

4. ¿Qué bazas negociadoras tengo para alcanzar el éxito?

Es muy relevante analizar la posición de EE.UU. en este momento en los puntos 3 y 4:

• Tiene más petróleo que nunca dada la posición en Venezuela.

• Se ha convertido en los últimos años en el principal exportador de gas del mundo.

El crecimiento ha sido drástico: antes del año 2022, el gas de EE. UU. representaba menos del 5% del consumo total en Europa. La desconexión de los gasoductos rusos obligó a Bruselas a triplicar las compras a las terminales americanas, transformando por completo la geopolítica de la región. Entre el 55% y el 68% de todo el Gas Natural Licuado (GNL) exportado por Estados Unidos tiene como destino Europa, lo que supone el 35% del total del GNL que consume la UE.

La dimensión del shock quedó clara cuando los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía acordaron liberar 400 millones de barriles de reservas petrolíferas de emergencia para contener precios (mientras contenía el aliento), la mayor operación coordinada de este tipo de su historia. Pero las reservas tienen una limitación evidente: amortiguan el golpe, no eliminan la causa. Y lo que hoy se libera, mañana habrá que reponerlo.

Si a esto sumamos que el 20% de gas ha dejado de fluir por Ormuz, que se han dañado muchas instalaciones de Qatar por bombardeos iraníes que no se podrán poner rápidamente a funcionar con producciones de 2025, el escenario se va complicando como pasaba en la casa Stark temporada tras temporada.

La creciente dependencia europea del GNL estadounidense introduce inevitablemente una nueva variable en una relación transatlántica en la que ya conviven defensa, aranceles, bases militares, Groenlandia y energía. No significa que Washington vaya a utilizar el gas como arma negociadora, pero sí que Europa debe incorporar esa dependencia a su análisis estratégico.

De momento sabemos que Venture Global venderá grandes cantidades de GNL a China Gas a partir de 2030. Noticia del 15 de septiembre de 2026. A pesar de la tasa del 15% que China tiene con EEUU en la comercialización de gas natural licuado y otros productos, su compañía China Gas ha decidido volver a comprar gas a EEUU.

El acuerdo no amenaza hoy el suministro europeo, pero recuerda algo importante: el GNL estadounidense no pertenece a Europa. Es una mercancía global y sus productores buscan contratos allí donde encuentren compradores

En los primeros días del año se llegaron a ver precios puntuales en el mercado spot cercanos a los 26,70 €/MWh. El pico más alto del año se ha alcanzado recientemente, el 11 de septiembre de 2026, cuando el contrato de futuro de gas TTF cerró en 79,52 €/MWh y, a corto plazo persisten factores capaces de mantener una elevada presión sobre los precios.

La geopolítica de nuevo se centra en la energía. Una vez más.

Se acerca el invierno. Y el gas es necesario para tener calefacción, electricidad y mantener el nivel competitivo de la industria europea. Y las decisiones actuales de Europa, de España, de Irán, China, EE. UU. y del resto de países marcarán el futuro a corto plazo.

Europa tiene gas. Tiene capacidad para importarlo y tiene infraestructura para afrontar el invierno. Lo que ya no tiene es el extraordinario colchón de seguridad de 2023 y 2024. Y cuando disminuye el colchón mientras aumenta la competencia mundial por el GNL, la seguridad energética tiene un precio. La pregunta este invierno probablemente no será si habrá gas. Será cuánto tendremos que pagar por garantizar que lo haya.

De momento el precio del gas y de la electricidad se ha disparado y veremos cómo afecta esto a la competitividad del “Viejo Continente” y a las inversiones futuras.

Como dijo Ramsay Bolton: “Si crees que esto tendrá un final feliz, es que no has estado prestando atención”.

Manuel Argüelles es ingeniero industrial y ex director general de Energía y Minas