HOJA DE RECLAMACIONES Y SUGERENCIAS - A la atención del departamento de Logística y atención al Cliente.
Asunto: Incumplimiento de los plazos de entrega y mutilación del espíritu humano.
Estimados señores:
Les escribo esta reclamación formal para exigir la devolución inmediata del importe de mi suscripción Premium. El motivo de mi queja es simple: ayer, mi pedido de unos auriculares inalámbricos con cancelación de ruido, tardó cuarenta y ocho horas en llegar a mi domicilio, incumpliendo flagrantemente su promesa de entrega en un día laborable.
Durante esas interminables cuarenta y ocho horas, me vi obligado a mirar el localizador de la aplicación hasta en siete ocasiones. Tuve que soportar la angustia de ver cómo la barra de estado se quedaba congelada en 'En reparto'.
Cuando por fin el mensajero llamó a mi puerta, le arranqué el paquete de las manos con desdén, cerré de un portazo y murmuré en voz alta la frase que condena a nuestra generación: "Vaya infierno. Esto ha sido una auténtica odisea".
Y entonces, al escuchar mis propias palabras rebotando en el silencio del pasillo, sentí una vergüenza profunda, paralizante y milenaria.
Una odisea. Catorce letras que acabo de profanar por culpa de un retraso logístico en el polígono industrial de Fuente del Jarro.
Señores de Atención al Cliente, al exigirles a ustedes la inmediatez absoluta, me acabo de dar cuenta de que hemos abolido la paciencia y, con ella, la única herramienta que forja el sentido de la vida.
Homero necesitó veinticuatro cantos y doce mil hexámetros para explicar que la recompensa no tiene ningún valor si no va precedida del abismo. Odiseo y los aqueos tardaron diez años en arrasar Troya y, el primero, otros diez en pisar la arena de su patria. Veinte años. Y yo estoy a punto de sufrir un colapso nervioso porque mis auriculares no han llegado antes de comer.
Ustedes nos han malacostumbrado. Nos han vendido que el sufrimiento es un error del sistema que debe ser subsanado con un clic. Pero el Viaje del Héroe, desde la Antigüedad Clásica hasta hoy, exige el cumplimiento innegociable de todos sus ritos de paso. Requiere el descenso a los infiernos.
Odiseo tuvo que bajar al Hades a consultar a Tiresias, tuvo que atarse al mástil para no enloquecer con las sirenas, tuvo que elegir perder a seis de sus hombres en las fauces de Escila para no ser engullido por entero en Caribdis. Tuvo que llorar de frustración en las playas de Ogigia, retenido por Calipso, mirando al mar sin poder avanzar.
El rey de Ítaca volvió a su palacio convertido en nadie, disfrazado de mendigo, para poder limpiar su casa de pretendientes a flechazos. Porque la meta exige transformación.
¿Qué transformación sufrimos nosotros ahora? Ninguna. Exigimos llegar a Ítaca en veinticuatro horas, en un barco fletado por los feacios de la logística moderna, pero sin habernos cruzado con un solo lestrigón por el camino.
Queremos que el sudario del viejo Laertes venga ya tejido desde una fábrica en Taiwán y nos lo entreguen mañana por la mañana en un casillero amarillo.
Nos negamos a enfrentarnos a Polifemo; si un monstruo nos bloquea la cueva, simplemente ponemos una reseña de una estrella en la aplicación y exigimos que nos devuelvan el dinero.
Esta impaciencia suya, señores de la plataforma, nos está infantilizando hasta límites obscenos. Al erradicar la espera, la dificultad y la travesía, nos han entregado el botín, pero nos han arrebatado la épica.
Somos héroes mutilados, príncipes mimados que reciben el cofre del tesoro en el sofá de su casa, para abrirlo y descubrir que, sin el sudor de la aventura, el oro no brilla.
Llegar a Ítaca en un día laborable y con envío gratuito nos deja el buzón lleno, sí. Pero nos deja el alma irreversiblemente hueca, convertidos en tiranos de cristal que no sabrían sobrevivir ni cinco minutos a merced de la ira de Poseidón.
Por lo tanto, cierren esta incidencia. No quiero que me devuelvan el dinero. Quédense con mi suscripción. La próxima vez, hagan el favor de retrasar mi pedido un par de semanas, a ver si en la espera recuerdo cómo se conjuga el verbo vivir.
Atentamente, un náufrago en su propio salón.