Ayer fue el día de Sant Jordi, día del libro. Y traicionaría a mi condición de escritora a la par que aficionada a la lectura si no dedicara mis palabras a los libros, que bien merecido lo tienen. Y, por supuesto, a sus autoras y autores.
El año pasado tuve la suerte de poder estar firmando ejemplares de mis criaturas en Sant Jordi en Las Ramblas. Nunca había estado en ese día en Barcelona y fue una experiencia maravillosa.
Y no porque firmara cientos de libros, que ya me gustaría, sino por el ambiente de la ciudad entera, con ese aroma en el aire de las rosas y del papel impreso. Una verdadera gozada.
Es cierto que esta es una fiesta que se conoce, y hasta se celebra, en todo el país, pero lo de Barcelona no tiene comparación.
Ver cómo toda la ciudad está llena de paradas con flores y libros, observar cómo hasta los más jóvenes regalan la rosa y el libro a sus personas queridas, comprobar cómo muchos autores tienen largas filas para firmar libros, y disfrutar de todas y cada una de las casetas donde una puede encontrar casi cualquier cosa que se haya publicado es maravilloso. Como lectora, y también como autora.
Hubo un momento en que se pensó que el libro iba a desaparecer. Que la llegada del cine y la televisión primero, y de todo tipo de plataformas audiovisuales más tarde iban a hacer que lo publicado en papel quedara relegado al pasado.
Pero se equivocaban. Del mismo modo que la televisión no relegó a la radio, tampoco lo hizo con la literatura.
Más tarde, nuevamente se avistaban tiempos de crisis cuando aparecieron los soportes digitales. Tabletas e Ebooks parecía que iban a comerse a todos los libros de papel y que nadie volvería a pasar sus páginas, a usar puntos de lectura o a oler la tinta todavía fresa.
Pero otra vez se equivocaban. Y, aunque los soportes digitales han comenzado a convivir con el libro tradicional, tampoco lo ha desbancado. En todo caso, lo complementa, y facilita el transporte y la lectura en lugares donde quizás no podríamos leer.
Siempre recuerdo un viaje a Sudamérica de varias semanas en que me llevé una maleta llena de libros que pesaba una barbaridad, y lo comparo con lo sencillo que hubiera sido con una tableta, si entonces hubieran existido.
Pero, aun así, no me hubiera privado del lujo de llevarme dos o tres ejemplares en formato convencional. Porque pocos placeres hay comparables al de leer un libro de los de toda la vida.
Días como el de ayer me reconcilian con el género humano, aunque solo sea por un tiempo. Es edificante comprobar que todavía hay interés por los libros, una de las cosas más bonitas y enriquecedoras con la que una puede encontrarse, y por las personas que los escribimos.
Y, aunque sea por unos instantes, una se hace la ilusión de que el mundo no está lleno de odio, de guerras y de intolerancia.
Pero supongo que, por desgracia, es cosa de un día. Porque, si tuviéramos un día de San Jordi al mes, o a la semana, ya no tendría la misma magia ni le haríamos el mismo caso.
Los libros, sin embargo, mantienen su magia todo el año. El placer de leer sobrevive a los tiempos, a los días y a las estaciones.
Es magnífico leer bajo una manta junto a la chimenea, y también lo es tumbada en la playa o en la piscina. Y es que, como dijo alguien, quien no lee tiene solo una vida, pero quien lee tiene infinitas. No nos las perdamos.