Otra vez volvía a suceder. Un estadio de fútbol nos ofrecía un espectáculo bochornoso por sus consignas racistas e islamófobas. Y ocurría, además, en el peor de los escenarios posible.

En un partido internacional, amistoso para más inri, que podía verse desde cualquier punto del planeta.

El España Egipto celebrado en el estadio del Real Club Deportivo Español en Barcelona el pasado 31 de marzo mostraba la peor cara posible de nuestro deporte. Y no por el pobre resultado -un 0-0 que ya no tiene mayor importancia- sino por lo que ocurrió en las gradas.

La cosa empezó con abucheos al himno egipcio, y siguió subiendo de tono con cánticos totalmente inaceptables.

Entre otras cosas, gritaban “musulmán el que no bote”, una muestra indudable de islamofobia, y de algo más.

El cántico en cuestión está relacionado con otro conocido grito, el de “maricón el que no bote”, con el que se pretendía insultar a todo aquel que, en un momento dado, no hiciera lo que reclamaba el líder del grupo intolerante.

Entendía, en un alarde de homofobia y machismo, que ese era el peor insulto que se puede dirigir a cualquier hombre que se preciara de serlo y que, por tanto, cualquiera sería capaz de saltar, brincar o hacer lo que sea con tal de no ser tildado de semejante cosa.

Un grito que se escuchó durante mucho tiempo en grandes concentraciones y que, por suerte, parecía estar desterrado.

De hecho, recuerdo una campaña que se hizo en Valencia para cambiar ese grito por el “borinot el que no bote”, aludiendo a una palabra que se usaba popularmente para meterse con alguien de un modo más o menos simpático, porque literalmente significa “abejorro” o “moscardón” y se refiere a personas tontas o atolondradas.

Pero, mira por donde, cuando creía olvidado aquel grito homófobo, reaparece en su versión islamófoba ante cualquiera que esté mirando el partido en directo o en televisión. Una verdadera vergüenza.

Por si no fuera suficiente, hay que llamar la atención sobre la torpeza de esos supuestos defensores de la selección española que, a buen seguro, se envuelven en nuestra bandera presumiendo de ser más españoles que nadie, olvidando que una de las máximas estrellas de nuestro propio equipo, Lamine Yamal, también es musulmán.

El propio futbolista se encargó de lanzar un mensaje en su cuenta de redes sociales para condenar esta actitud, llamando, con toda la razón “ignorantes y racistas” a quienes los profirieron y recordándoles que, si ese es el modo de animar a su equipo, más vale que se queden en casa.

Para ser justa, hay que decir también que no solo fue el estadio entero quien profirió semejantes gritos, sino que fueron respondidos con abucheos y silbidos de parte de la afición, que recriminaban así la actitud de esos incivilizados intolerantes. Pero, con que fuera uno solo, sobraba.

Y lo malo es que no eran una, ni dos ni tres personas, quienes berreaban esas cosas, sino muchas más. No hay más que ver las imágenes para comprobarlo.

Quizás lo más grave es que, en un ambiente donde, por definición, debe vivirse un ambiente sano, ocurra exactamente lo contrario.

La deportividad se identifica con el respeto a las normas, la corrección y la nobleza propias del deporte. Es decir, la antítesis de lo que ocurrió.

Lo bien cierto es que se ha ofrecido una imagen lamentable por la actitud de unos cuantos, máxime cuando ya está previsto un mundial de fútbol -el de 2030- en que nuestro país es uno de los organizadores, junto con Portugal y Marruecos, país de mayoría musulmana, con lo que la imagen tanto como anfitriones como compañeros de organización queda francamente dañada.

Como dijo alguien, España no es un país racista pero sí es cierto que tiene un problema con el racismo. Y, por desgracia, lo manifiesta en los estadios de fútbol con la suficiente frecuencia para entender que no se trata de un hecho aislado. Para hacérnoslo mirar.