Cójanse el fedora, que nos vamos de viaje en el tiempo, una vez más. Hace más de dos milenios, cuando el alma o la mente dolían, los griegos con fortuna acudían al santuario de Asclepio en Epidauro. Ni había sofás de mimbre, ni hilos musicales, ni mantras tibetanos, ni espacios seguros para hablar de vulnerabilidad.

Para sanar, presenciaban tragedias brutales. Infanticidios, incesto, tiranía, ira divina y sangre. Se enfrentaban al horror a pecho descubierto para alcanzar la catarsis.

Purificaban sus pasiones mediante el terror y la piedad para volver a la vida real curados y, sobre todo, dispuestos a dar la batalla.

Resulta de una ironía peripatética que hoy, con la mayor esperanza de vida de la historia y sin una sola guerra mundial a la espalda (de momento), hayamos sustituido la catarsis por la anestesia química y el lloriqueo constante.

Bienvenidos a la era de los blanditos. Bienvenidos a la literatura del Lexatin.

Si nos asomamos a la narrativa de los millennials patrios, encontraremos un patrón clónico y asfixiante.

Sus protagonistas son, excepto honrosas excepciones, treintañeros que comparten un piso de setenta metros cuadrados, odian su trabajo y, en la pirueta de la autoficción sin talento, emocionalmente incapaces de mantener un compromiso que dure más de un fin de semana. No hay catarsis en sus páginas; solo hay automedicación.

Es una epidemia estadística. España lidera, por tercer año consecutivo, el ranking mundial en consumo de benzodiacepinas, según los últimos informes de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE).

Las cifras son demoledoras: cerca del 60% de los españoles de entre 25 y 29 años consume fármacos hipnosedantes para tratar la ansiedad o poder dormir.

Repito: seis de cada diez jóvenes rozando la treintena necesitan doparse para tolerar la realidad.

Hemos convertido la medicalización de la vida en el deporte nacional de una juventud que ha encontrado en la pastilla el chupete perfecto contra la madurez.

La precariedad económica de nuestra época es innegable, los salarios son raquíticos y acceder a una hipoteca es ciencia ficción.

Pero lo que hace esta nueva literatura de la precariedad va en contra de la intelectualidad.

No aprovecha el recurso estilístico en denunciarlo, sino en regodearse en la miseria con una complacencia que da pudor. Han elevado la rendición vital a la categoría de bestseller.

El nihilismo ya no es una crisis existencial o filosófica que el protagonista deba superar con furia; es una pose intelectual, una zona de confort adornada con cajas de pizza vacías, tuits victimistas y blísteres de Lorazepam.

Es el pesimismo de salón llevado a su máxima expresión. Les encanta leer que el mundo se acaba, que el sistema capitalista los ha triturado y que no hay esperanza, siempre y cuando puedan tuitearlo bajo el edredón mientras piden un delivery desde su iPhone Pro.

Sírvase, si usted que comparte mis ideas de una frase para ilustrar el caso: “aparta tu boina de Laforet”.

Al convertir el fracaso y la ansiedad en una identidad estética, esta literatura cobarde los absuelve de la incómoda responsabilidad de rebelarse.

Es mucho más fácil abrazar el buenismo, dar lecciones morales sobre el autocuidado, diagnosticarle toxicidad a cualquier situación que exija esfuerzo y tomarse la pastillita con el desayuno, que bajar al barro a pelear. Aunque se pierda.

Pero claro, para batallar hace falta entender la derrota como parte intrínseca de la vida. Y, eso de perder es algo que los pobrecitos no han querido aprender, que es más calentito quedarse en la atrofia intelectual de que la culpa es de lo exógeno.

En Epidauro, los antiguos se enfrentaban a la tragedia de frente para salir fortalecidos. Nosotros, armados con más herramientas que ninguna otra generación, nos hemos rendido.

Nos quejamos porque hemos descubierto que es mucho más rentable, estético y descansado llorar y medicarse que luchar.

La catarsis exige valentía; el Lexatin, solo un vaso de agua.